LA ECLESIALIDAD EN EL LIDERAZGO — Pbro. Guillermo Rodríguez Herrera
TESORERO GENERAL

Aquiles es un personaje mitológico de la antigua Grecia. La mitología dice que al nacer, su madre lo sumergió en la laguna Estigia para que fuese inmortal, pero que al hacerlo lo habría sostenido de los tobillos, que por lo mismo quedaron sin sumergirse, siendo vulnerable en ellos. En una batalla fue herido en su talón y esto le acarreó la muerte. Por eso a la parte más débil de las personas se le denomina talón de Aquiles.
Hay quienes en el ejercicio de su liderazgo tienen su talón de Aquiles en cuestiones de institucionalidad eclesiástica o eclesialidad, como en este documento se le habrá de denominar a la cualidad de institucionalidad en el contexto de la Iglesia.
Ministerialmente inician bien y avanzan mejor pero en algún momento exhiben falta de solidez y ven a la eclesialidad más como una camisa de fuerza que como un trampolín que catapulta en el cumplimiento de la misión. Mientras lo necesitaron buscaron el cobijo de la Iglesia pero después, ya sin la brújula de la lealtad a la institución, pierden el rumbo.
En contraparte están quienes comprenden que en la visión de conjunto y trascendencia de la Iglesia está la fortaleza para el ejercicio ministerial, pues se saben piedras vivas en la casa espiritual que Dios hace crecer a través de las edades. Entienden que la Iglesia es subsistente y más grande que las individualidades, por más brillantes que éstas puedan resultar.
En otro orden de ideas una iglesia local tiene su personalidad de acuerdo a lo que resulte de la suma de sus integrantes; ella no puede ser más grande que el conjunto de la profundidad espiritual de cada uno de sus miembros. Si los miembros son débiles la congregación también lo sera”; si los feligreses son carnales la asamblea igualmente así será. Esta construcción de una personalidad colectiva se deja ver en las admoniciones a las iglesias del Apocalipsis. Reiterando, las acciones de cada miembro en particular impactan a la Vida de la iglesia, para bien o para mal.
Estamos unidos inseparablemente en este organismo que debe su Vida al Espíritu de Dios pero que su expresión visible es reflejo de las personalidades espirituales de sus integrantes; fortalezcamos nuestra eclesialidad personal también para ser instrumento de bendición al cuerpo de Cristo Jesús.

INTEGRACIÓN DE LA ECLESIALIDAD

Juan 1:12 describe el estado de privilegio al que ingresan quienes aceptan a Jesucristo como Salvador; este es un trato individual, íntimo e intransferible entre Dios y la persona que se le acerca, la cual obtiene una nueva identidad como hijo de Dios.
   Por otra parte 1 Pedro 2:9 examina las relaciones de los creyentes como grupo; esto tiene que ser así porque el cristianismo es comunidad de Vida. Los fieles no son llamados a vivir el cristianismo aislada ni contemplativamente sino urgidos a integrarse a una iglesia local (Hebreos 10:25), y a desempeñar ciertas tareas como miembros de la Iglesia según el don que cada uno haya recibido (Romanos 1226-8; 1 Corintios 12:4—10; Efesios 4:11—12; 1 Pedro 4:10-11).
   El resultado es que la misión eclesial avanza con la comprensión y vivencia de la eclesialidad de cada uno de sus miembros que se destacó líneas arriba: identidad, relación y servicio.
De la eclesialidad se desprende que el creyente forma parte del linaje escogido; por cierto que a un linaje pertenece no sólo la generación actual sino también los ascendientes y descendientes, los que fueron antes y los que pueden ser después. Es hecho de igual forma miembro del real sacerdocio; es útil recordar que la palabra latina para sacerdote es pontfiex, que significa constructor de puentes. La Iglesia no construye puentes para unir consigo misma sino con Dios; comparte el propósito de Dios; tiende puentes entre el perdido y Dios; intercede no ante sí misma sino ante Dios; enseña la salvación no por sí misma sino por Dios. Además, la iglesia es una nación santa, diferente a cualquier otra, sin preocupaciones por procesos electorales ni por el triunfo de ningún candidato en especial; ninguna preocupación por la Vida ni actividad febril puede ahogar el deseo de estar en la patria celestial, aunque entre tanto sus miembros sí deben participar responsable- mente en las decisiones cívicas del país.
El valor de la iglesia no reside en sí misma ni en su ministerio sino que depende del precio pagado por su redención, y de su pertenencia divina. Finalmente, la iglesia es pueblo adquirido por Dios, y su propietario es Todopoderoso para guardarla celosamente.

PERVIVENCIA DE LA ECLESIALIDAD

 ¿Evanescencia o pervivencia? A esta argumentación apuntó el consejo de Gamaliel al concilio. Le recordó de Teudas y ]udas el galileo; a pesar de que en su momento los había seguido mucho pueblo, cuando ellos hubieron muerto sus seguidores fueron dispersados, se evanescieron. Así que dijo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir (Hechos 5:38, 39).
Hoy, con el transcurso de los siglos se aprecia la pervivencia de la Iglesia porque no es de los hombres, es de Dios. La eclesialidad es garantía que se desprende de ese hecho. A cada generación en su tiempo y en su lugar le ha correspondido esforzarse y ser valiente no para engrosar un emporio comercial como algunos socios de Dios pretenden que sea la Iglesia ni para agigantar un imperio político como otros pudieran conceptualizarlo, sino para engrandecer el reino de Dios.
Es la eclesialidad la que en los procesos de relevo pastoral o de liderazgos ayuda a no mermar eficacia a la Iglesia porque su origen es divino. La sostiene y guía su Cabeza, no miembro alguno. Por eso, aunque resulte penoso el dolor de la enfermedad o de alguna otra circunstancia que afecte a sus liderazgos, la Iglesia sigue su avance triunfal sin variar en lo mínimo su rumbo ni tampoco tendríamos por qué hacerlo.

LA HERENCIA DE LA ECLESIALIDAD

La eclesialidad abona a la identidad como miembros del cuerpo de Cristo, da sentido de continuidad o eslabonamiento generacional, crea la convicción de pertenencia y determina parte de nuestros valores. No estamos solos ni nacimos de la nada ni surgimos por generación espontánea, sino que provenimos de la herencia espiritual de quienes nos antecedieron en la lucha y en la propagación de nuestra santísima fe.
La Constitución Eclesiástica de las Asambleas de Dios así lo dice: Es evidente que las iglesias apostólicas neotestamentarias participaron del compañerismo espiritual que se produce entre creyentes salvos, llenos del Espíritu Santo, y que este compañerismo propicio” permanentemente la ordenación y envío de misioneros, evangelistas, pastores y maestros, bajo la dirección del Espíritu Santo y de ellos mismos como Iglesia (Hechos 13:1-4; 15:28,- 16:4; 1 Corintios 12:28 Como Concilio, nuestro propósito primordial es reconocer y alentar los métodos escriturales de adoración, unidad, compañerismo, gobierno, obra y negocios de Dios (Constitución Eclesiástica de las Asambleas de Dios).
El hacernos sentir parte de un pueblo con pasado no es para sumergirnos en la contemplación de un ayer que ya no volverá, pretendiendo, como ciertos nostálgicos o soñadores, que todo tiempo pasado fue mejor. El propósito es valorar un legado que nos permite vivir el presente con fe y contemplar el mañana con espíritu de arrojo y determinación. Porque el evangelio se enseña también en forma generacional pero debe ser vivencial para cumplir el propósito divino en la vida del converso e impactar al siguiente eslabón sin romper con la cadena que transmite la eclesialidad.
El esfuerzo de muchos que se han desgastado en el servicio cristiano se perfecciona en la generación de hoy que se entrega a la Vida de aventura, propósito y compañerismo en el evangelio.

DIÁLOGO DE LA ECLESIALIDAD

El cuerpo de Cristo como Pablo llama a la iglesia en 1 Corintios 12:12 ha de sostener un diálogo en dos planos: consigo mismo y con el cosmos. A este último para presentarle una fe sustantiva y sustanciosa, acomodando y actualizando el lenguaje pero sin contemporizar ni demeritarlo, en un diálogo responsivo, significativo y significante. No obstante la temporalidad en la presentación del evangelio (lo que indudablemente se acompaña de una temporalidad de su metodología —o sea, de su didáctica-), los principios y su base que proclama trascienden al tiempo, esto es, son intemporales.
Es que los aspectos supraculturales del evangelio no invalidan los intraculturales sino que los contextualizan, los acotan, los ciñen a las Escrituras. Por ello se afirma que la predicación del evangelio no se da en forma intemporal ni ajena a las culturas sino en directa interacción con las personas de un tiempo y una cultura determinados. Por ejemplo: Hubo en los días de Herodes, rey de Judea… (Lucas 1:5). Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César... (Lucas 2:1). Cuando llegó el día de Pentecostés… (Hechos 2:1), son referencias que ubican a la predicación del evangelio en tiempos y lugares específicos, porque otra vez, aunque el evangelio es universal e intemporal, su predicación a los hombres se da en un tiempo y lugar definidos, en una situación de diálogo entre el evangelio y la sociedad respectiva.
En el diálogo ad intra, hacia adentro de la institución, la riqueza que la experiencia de generaciones ha dado a la eclesialidad permite a sus integrantes actualizarse para fortalecer su doctrina y Vida devocional. En Hechos 19:2-6 se habla de ciertos creyentes de Éfeso que ni siquiera habían oído del Espíritu Santo; después de que Pablo les dio curso de actualización doctrinal, hablaban en lenguas y profetizaban.
La interacción del diálogo y la convivencia acarrea riqueza espiritual para todos. De haber permanecido aislados aquellos creyentes de Éfeso no habrían enriquecido sus Vidas con el Pentecostés. En contraparte Diótrefes es la definición misma de quienes no practican la eclesialidad dialógica; rehusaba recibir a los apóstoles; se había encumbrado a sí mismo; expulsaba de la congregación a los que entendían la necesidad de las relaciones eclesiales; él mismo se había alejado y pretendía separar a la iglesia local de la fraternidad. Por eso 3 Juan 11 nos pide no imitar esos malos esquemas segregacionistas que se encierran en sí mismos sino imitar lo bueno de los integracionistas, de quienes construyen no en sus reinos personales sino en el reino de Dios.

REFORZAMIENTO DE LA ECLESIALIDAD

Reconocer a quienes nos presiden es un principio escritural que puede ser magnificado en su comprensión y desvirtuar el mandato escritural. En ocasiones los líderes pueden ser vistos como seres cuasi angelicales y así hacerlos perder el piso. Ya encarrilados algunos de ellos dicen tener una revelación superior propia de hombres espirituales que afirman tener una revelación exclusiva, la cual comparten con sus seguidores en una suerte de gnosticismo contemporáneo y terminan por alejarse de la fraternidad. Pero la convivencia en el seno de la eclesialidad es como el hierro que aguza al hierro (Proverbios 27:17) para no abollarse ni oxidarse ante la tentación o las circunstancias de la vida natural. O sea, para no oxidarse hay que buscar la convivencia fraterna.
   En otros la adversidad es ocasión para la inacción o la deserción. Hay una variedad de plantas que se llama mimosa púdica; también se conoce como dormidera. Al mínimo contacto con sus hojas éstas se cierran… sin embargo, hay quienes no se cierran ante la adversidad ni se les cierra el mundo. Saben de quién son hijos y dónde está el fundamento de su fe.
A esa estirpe perteneció Pablo. Las adversidades antes que derrumbar son ocasión para la renovación. 2 Corintios 4:16 así dice: Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstan- te se renueva de día en día. Jeremías escribió Lamentaciones 3:22, 23 cuando las ruinas de Jerusalén humeaban por el saqueo y la devastación. En la expresión de su elegía afirma acerca de Dios que nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.
   Únicamente el que mantiene su alma en la frescura de la renovación y del compañerismo espiritual es capaz de transmitir esperanza en medio de la adversidad; de compartir pensamientos de paz; de confirmar en la fe, como Pedro lo habría de hacer con sus hermanos (Lucas 22:31, 32). Todavía hay nuevas alturas que alcanzar; todavía Dios seguirá haciendo sus prodigios y maravillas en medio de nosotros. Para ello podemos decirle: renuévame, Señor Jesús…

LA DOCTRINA EN LA ECLESIALIDAD

Herejía es el error en materia de fe sostenida con tal pertinencia que puede terminar en el alejamiento y renuncia de una doctrina fundamental del evangelio. ¡La santidad en la predicación de la sana doctrina nunca debe diluirse en el mar de modernismo ni de presiones para adecuarse a los nuevos tiempos! La alta valía del púlpito pentecostal es más grande que cualquier profeta del momento. Eclesialidad es igualmente cierre de filas en torno de la defensa de la fe.
Además la esperanza en la parusía de Jesucristo alienta nuestra fe y nos llama a esforzamos en la tarea de predicar. Pero no con una predicación sujeta a las variaciones de las modas teológicas sino de una que se mantiene fiel a los principios bíblicos. Este ideal también es una herencia del pensamiento paulino expresado en 2 Timoteo 4: 1—8. El apóstol Pablo no acude aquí a la necesidad de predicar con fidelidad la Palabra aduciendo gratitud o correspondencia al amor divino. Llama a hacerlo ante la inminencia de juicio y la posibilidad de recompensa escatológica (o de pérdida de ella) para quienes predican con toda paciencia y doctrina, prosiguiendo con la sobriedad y fidelidad de quienes todo lo soportan, con tal de ser hallados fieles delante de Dios.
En el sincero deseo de ser instrumento de bendición para la conversión de los incrédulos y el discipulado de los fieles a ningún creyente o líder pentecostal que se precie de serlo le gustaría ser impedimento para el libre fluir del Espíritu Santo. Antes haría todo lo posible porque tal presencia manifiesta siempre estuviera presente. Pero algunos equivocan el camino y recurren a esta o aquella extravagancia con tal de encender el fuego en sus vidas o en sus congregaciones. El deseo por estar al día en liturgia o en doctrina, de subirse a la parte más alta de la ola, ha llevado a algunos a adoptar lo más reciente o popular sin discernir su autenticidad bíblica. Por estar abiertos al cambio y convertirse en seguidores del avivamiento de moda se han metido a terrenos pantanosos y lo que es peor, causan daño al pueblo de Dios. Los ha influido el reciclado espíritu de los atenienses (Hechos 17:21).
   Aunque soplen los Vientos huracanados de las corrientes doctrinales con su prédica de manifestaciones espirituales heterodoxas, no nos moverán ni seremos confundidos, porque tenemos la unción del Santo que nos enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, la cual está y permanece con nosotros, hasta el fin del mundo.

LA RENDICIÓN DE CUENTAS EN LA ECLESIALIDAD

La rendición de cuentas es un valor en la eclesialidad. No hay islotes aislados sino miembros vinculados por el amor de Dios. Por cierto que la forma en que Jesús ministraba a sus discípulos conlleva el principio de la responsabilidad mutua y la rendición de cuentas según se infiere de Lucas 9:10, que dice: Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían hecho. Contaron es traducción de un vocablo que significa dar un informe completo. Está claro. No es posible permanecer aislado o evitar la entrega de cuentas a las respectivas instancias eclesiales.
   Asimismo, como una estrategia imprescindible para mantener el testimonio de la fe y vivir en santidad de una forma éticamente responsable, el texto bíblico nos exhorta a practicar la responsabilidad mutua: soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor (Efesios 4:2); someteos unos a otros en el temor de Dios (Efesios 5:21); exhortaos los unos a los otros cada día (Hebreos 3:13).

CONCLUSIÓN

Hay de diques a diques. Los hay de láminas de acero, de concreto, de tierra compactada y hasta de sacos de arena. Ayudan a evitar que las aguas se desborden y arrasen con todo lo que encuentran a su paso. El líder tiene en la integración, pervivencia, herencia, diálogo, reforzamiento, doctrina y rendición de cuentas los elementos de la institucionalidad eclesiástica que como si fueran diques lo ayudan a que sus valores no se vean desbordados por las aguas torrenciales de la Vida diaria.
   Revisémoslos y démosles el mantenimiento necesario para que nuestras vidas no se vean afectadas, y si este fuera el caso, el que secó las aguas del mar Rojo y del río Jordán también hoy nos ayudará a que nuestras Vidas no sean anegadas.
Reformemos lo necesario, lo que deba ser reformado, pero mantengamos lo esencial sin cambio alguno. Atesoremos lo que hemos recibido de Dios, perseveremos en la didajé de los apóstoles, en la koinonía unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones, como nos lo exige Hechos 2:42, contendiendo ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Judas 3), con alegría y sencillez de corazón, ofreciendo ejemplo de eclesialidad digna de ser imitada, abundando en toda buena obra, perfeccionando a los santos en el conocimiento, la devoción y el servicio. Amén.
fuente: Manual de Liderazo – Transcripción – OCR.
para bendecir la iglesia

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