Amado hermano, ¿cuál es la posición que Dios le ha dado en su obra? ¿Es usted pastor, maestro, evangelista, presidente, coordinador, directivo, etc.?

Quiero aprovechar este espacio para reflexionar por qué y para qué estamos ejerciendo nuestro ministerio.

Cuando Dios nos usa, en ocasiones corremos el riesgo de pensar que somos tan buenos que creemos que las cosas suceden por nuestro carisma, esfuerzo o capacidad. Esta actitud es grave porque nos hace caer en el orgullo, la cual nos aleja del plan divino, pues nos llena de soberbia y perdemos la visión del por qué y el para qué nos llamó el Señor a la obra en la que estamos sirviendo. Fuimos llamados para servir a Dios con amor y respeto a su Iglesia, y aquella actitud sólo daña al cuerpo de Cristo y nos descalifica para dirigir a la grey.

Siervos inútiles somos (Lucas 17:10). El comportamiento que tenemos como líderes será de bendición o estorbo a lo que el Señor quiere hacer con su obra. No es por nuestra mano que se hacen las cosas, sino por la mano de Dios, no olvidemos que él nos creó y nos llamó para su gloria. Sólo somos instrumentos de él.

Dios nos llamó para servir a otros no para servirnos a nosotros mismos, ni para tratar a los demás como si fueran nuestros servidores.

El llamado es para ministrar a la grey con amor y respeto. Esa es nuestra posición, ese es nuestro trabajo, ese es el motivo por el que nos llamó a su obra. Corrijamos nuestras actitudes.

Mas los sacerdotes que llevaban el arca del pacto de Jehová, estuvieron en seco, firmes en medio del Jordán, hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar el Jordán; y todo Israel pasó en seco (Josué 3:17). Los sacerdotes tenían que tener sus pies firmes. No podían salirse hasta que todo el pueblo pasara en seco al otro lado del río Jordán. Su actitud de firmeza en los planes de Dios los llevó a bendecir al pueblo, y pasaron en seco todos. Es una actitud de protección hacia los suyos. Tenían que vigilar que todo el pueblo atravesara el río. El líder debe tener una actitud de amor hacia los demás. Nosotros como siervos tenemos la urgencia de ser guiados por el Espíritu Santo, para ser instrumentos de él, y de esta manera podamos bendecir al pueblo de Dios.

El Padre tiene grandes planes para su Iglesia, y nos ha puesto a nosotros estratégicamente para que seamos instrumentos en sus manos. La actitud de los sacerdotes también fue de sujeción a su líder porque creían que Dios estaba guiando a Josué. Queremos ejercer nuestra autoridad en la congregación, esperando que la Iglesia se sujete y obedezca, pero nos cuesta trabajo someternos a nuestras autoridades. La sujeción es un principio bíblico, y como líderes debemos ponerla en práctica.

Por sujeción diezmamos y participamos con nuestro Concilio, adorando al Señor con la obediencia y el ejemplo a aquellos que les ministramos. La iglesia debe sentirse orgullosa de tener un líder ejemplar, sujeto al Espíritu. La congregación tiene discernimiento espiritual y percibe cuando su líder está buscando al Señor o lo ha dejado de hacer.

Él puede actuar profesionalmente en su labor, buscando su propio beneficio y olvidando que lo primero es buscar el beneficio de la obra de Dios. Por ello la actitud del líder debe ser de humildad. Hemos de reconocer que el Padre nos salvó y llamó por su gracia. Ser humildes nos permite depender del Señor y no de nuestras experiencias ni de la sabiduría que adquirimos en la vida. Todo lo que hemos logrado en el tiempo de servicio no ha sido por nuestra capacidad sino por la gracia y la misericordia del Padre. No echemos a perder lo que Dios está haciendo por medio de su Espíritu Santo en nuestras congregaciones. Participemos con una actitud de humildad y respeto hacia aquellos que están bajo nuestro cuidado. Hemos de mostrar respeto a nuestros consiervos, a la iglesia y a todos aquellos que sirven y que están bajo nuestra autoridad, pues ellos son el pueblo amado del Señor. Hagamos caso al consejo paulino: …estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo (Filipenses 2:3).

Amemos lo que el Padre ama y actuemos con optimismo y fe, no perdiendo el objetivo. Es un privilegio servir a un Dios Santo, que demanda de nosotros santidad. No nos equivoquemos, nuestras malas actitudes en el servicio ofenden al Señor. Procuremos tener actitudes de amor, de respeto, de humildad y de obediencia.

La iglesia sufre cuando uno de sus líderes comete pecado. ¿En qué momento nos apartamos? ¿Cuándo comenzamos a fallar? Servimos a un Dios santo que demanda santidad. Nuestra relación con él se verá reflejada en las actitudes que tengamos hacia el Señor Jesús y su Iglesia. El ministerio es un privilegio, pero se debe desempeñar con actitudes correctas, agradables al Señor. Recuerde que él dijo: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mateo 11:29).

Dios nos ayude para no salirnos del propósito de su llamado. Que el Señor corrija aquellas actitudes que dañan a otros y a nosotros mismos.

fuente aviva 23 edición abril 2017

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