¿Sano es el que no está enfermo? Bueno, no necesariamente. De hecho, la Organización Mundial de Salud (OMS) define a la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades.

La definición es apropiada y aclara dudas al respecto, porque a veces se puede pensar que sano es el que no está enfermo. Pero según esto si la persona no goza de ese completo bienestar, entonces no encuadra del todo en un estado saludable. Le falta algo.

No obstante, a mi parecer, quien mejor define la salud integral no es la OMS sino la palabra hebrea shalom, que en algunas partes del Antiguo Testamento se traduce como paz, lo cual es correcto, pero que además conlleva la idea de plenitud en la salud, bienestar, armonía, paz interior, calma y tranquilidad, de donde Dios es fuente de todo esto. En shalom se incluye, por consiguiente, la salud en las finanzas.

Lo contrario a la salud financiera es la enfermedad en las finanzas. Es vivir enfermo de la mayordomía. Pero así como en el caso de la medicina se considera que la mejor de todas no es la que cura sino la que evita la aparición de enfermedades, en el caso de las finanzas, por consiguiente, hay que evitar que surjan las enfermedades y plagas que terminan por arruinar no únicamente la salud financiera, sino que en ocasiones, la vida misma. Veamos en el siguiente prontuario de enfermedades financieras algunos casos que sí terminaron en tragedia.

1. Caínitis

El contexto de Génesis 4:2-7 revela que Caín (cuyo nombre significa posesión) trajo una ofrenda a Jehová (por cierto que desde entonces ya se ofrendaba a Dios) y que Abel hizo lo propio. Pero si éste se dice que era justo (Mateo 23:35) y que ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín (Hebreos 11:4), deja entonces a Caín en calidad de injusto por las pobres actitudes de su más pobre ofrenda.

Es obvio que a Dios no lo impresionamos con la cantidad, sino con la motivación correcta, con el dar con alegría y liberalidad. De aquí que estas descripciones ubican a Caín como un ofrendador enfermo de mediocridad, que dio por motivos impuros; únicamente para cumplir; por compromiso; porque había que hacerlo, y no porque tuviera gozo y gratitud en el ofrendar. Por esto Dios no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya (Génesis 4:5). En realidad, más le hubiera valido no ofrendar que hacerlo como lo hizo. ¡Fue su ofrenda lo que deshonró y ofendió a Dios! Pensó que Dios iba a recibir cualquier cosa que se le presentara.

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Es el Dios todopoderoso, hay que hacerlo con plena y muy limpia conciencia. Aún así, el Señor le dice: el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él (Génesis 4:4). ¡Le está dando una oportunidad de arrepentimiento! Le advierte que había tomado un camino al que su propia maldad lo había llevado, pero que se debía de corregir; dominar sus emociones; controlar su vida; enmendar sus pecados… cosas que no hizo. Entonces la historia tiene un final trágico para Caín: es el lamentable final de quienes actúan mal, persisten en ello y terminan peor. ¡Cuidado!, no se le ofrende al Señor de lo marginal, cualquier cosa, con ligereza.

2. Acanitis

Acán hizo a las riquezas más importantes que al Dios de las riquezas. A consecuencia de que este hombre tomó tesoros materiales (Josué 7:21) destinados a la destrucción, Dios dice: Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres. En forma similar, al estar en posesión de lo que antes no se tenía, puede ocasionar desvíos en algunos que no están cimentados en los valores de la fe. El codicioso y débil espiritual, cuando es acercado a dineros ajenos, se le despierta la infidelidad y la enfermedad de la codicia, que deslumbra y mueve el tapete a quienes administran de acuerdo a sus propósitos egoístas y no según las instrucciones divinas. Además, al hurto añaden la mentira para ganarse la pena ajena y pretender la absolución, sin arrepentimiento ni restitución.

Al ser confrontados con su pecado se les endurece el corazón y las fatales y previsibles consecuencias alcanzan también a quienes los rodean. ¡Son hijos de Acán! No hay tratar con ligereza las instrucciones del Señor acerca de la fidelidad en el manejo de las finanzas. Acán no pensó que la obediencia sí acarrea prosperidad y actuó con desobediencia; desconfió de Dios; desobedeció el mandato. La codicia, el amor al dinero, lo consumió a él y a su familia. Así terminan los que toman lo que no deben, y sus familias por consiguiente. Ha dicho el Señor: yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco (1 Samuel 2:30).

3. Ananitis y safiritis

Ananías y Safira (Hechos 5:1-11) son dignos representantes de la liviandad espiritual de quienes únicamente procuran dar para obtener prestigio, reconocimiento y fama. Al desastre de su vida espiritual se siguió el desastre en el manejo de sus finanzas y sus vidas terminaron en enfermedad desastrosa y muerte, que se cuentan en cada generación de creyentes.

La enfermedad por causas financieras y su falta de arrepentimiento los alejaron de la cobertura divina y empeoraron al grado tal, que el adversario les llenó el corazón de su maligna mentira. Primero él y después ella. Quizá entró Safira a la estancia esperando escuchar el aplauso, el agradecimiento, el reconocimiento por su ofrenda generosa, pero nada, fue confrontada por su pecado financiero. Pudo escapar de la muerte pero hasta el final se apegó al guión de la mentira urdido junto a su esposo. Por eso es la pareja de cómplices más memorable; sólo la muerte los detuvo; lo suyo era enfermedad de muerte porque el dinero competía por la primacía en sus vidas. Ellos sustrajeron del precio. Se pusieron de acuerdo para pecar juntos, para aparentar lo que no eran. Dieron menos por más.

Pretendieron imitar a Bernabé pero sin la espiritualidad de Bernabé. Entraron en competencia con quien sí tenía grandeza en su corazón; quisieron dar más, pero su pretendida generosidad no les alcanzó para más, sino para la muerte misma.

4. Simonitis

Simón el mago se confundió. Aunque quería impartir mediante imposición de manos el don del Espíritu Santo (que es en sí algo encomiable), pensó que con dinero podría adquirir ese poder de hacerlo, y le ofreció dinero a Pedro y a Juan a cambio de recibir ese don.

De él toma nombre la simonía. Dice el diccionario que, en efecto, la palabra proviene de Simón el mago, y que es la compra o venta deliberada de cosas espirituales o temporales, como los beneficios eclesiásticos. En otras palabras, es dar dinero a cambio de un favor o de un voto dentro de la iglesia. Hay quienes sí se dejan seducir en esta especie de compra de conciencias y de cargos. La misma idea ya es perversa, pero estos perversos ya desde los inicios de la era de la iglesia se entremezclaron para corromper con su dinero las frágiles conciencias de los frágiles en la fe.

Pero no fue el caso de Pedro y de Juan, quienes lo confrontaron y llamaron al arrepentimiento: Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás (Hechos 8:22-23).

El arrepentimiento que en ese momento mostró no fue sincero y bien pudo ser algo actuado, de teatro, una mera representación escénica de contrición y llanto, porque dice Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica que Simón fue el primer iniciador de toda herejía. Terminó mandando construir en Roma un obelisco en su honor con la inscripción: A Simón el samaritano, el dios de todas las cosas.

Empezó queriendo usurpar un don que no tenía, recibir un poder por el poder mismo, ganarse con el dinero el favor de los apóstoles, queriendo usurpar las decisiones de Dios, y terminó enloquecido por el poder. La simonía es todavía una grave enfermedad financiera que termina por hacer desviar del camino de la fe a los ambiciosos del poder y de los cargos. Evidentemente, el uso que demos a las finanzas es reflejo de nuestra comunión con Dios. Por lo mismo, no hay que perder de vista que para la Biblia lo material también es espiritual. A través de ella se hace notar el aspecto material de la espiritualidad.

Precisamente el punto de vista redimido afirma que el trabajo es el medio de Dios para llevar la provisión a nuestras familias, pero hay que hacerlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres (Colosenses 3:23), alejándose del materialismo (Lucas 12:16-18), de la avaricia, que es el deseo insaciable de tener más cosas (Lucas 12:15,33) y de la ansiedad (Lucas 12:22-31,), viviendo en el contentamiento (Proverbios 30:8-9; Hebreos 13:5), la generosidad (Santiago 2:14-16) y la gratitud (2 Corintios 9:12-15).

En este orden de ideas Dios no abandona a los suyos: Jehová no dejará padecer hambre al justo (Proverbios 10:3). Lo confirma el Salmo 37:25 que dice: Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan. Aunque en ciertas ocasiones Dios permite que la fe sea probada, algo quiere que se aprenda.

Empero y aparte de estos casos excepcionales, su deseo es la prosperidad de los justos: Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma (3 Juan 2). La misericordia de Dios permite que la fe sea la ocasión para el moverse suyo a favor de los suyos. Pero la sola fe no basta; se debe acompañar de expresiones prácticas para no ser sin fruto: Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma… Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17,26).

En otras palabras, la gracia de Dios produce el fruto de nuestra fe que se manifiesta en obediencia y en obras de justicia; así el creyente será tenido como justo, y no le faltará ni a su descendencia el favor y la provisión del Señor. Luego entonces, la provisión de Dios para las necesidades de los suyos está también en el cumplimiento de sus mandatos. Malaquías 3:10 describe uno: Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde, ¿Notó que quien suscribe esta promesa es Jehová de los ejércitos? No es el Señor proveedor, sino el de las batallas. ¿Por qué? A mi parecer que porque el adversario magnifica las crisis financieras para sembrar la semilla de la duda y hacer debilitar la fidelidad de algunos, que al dejar de honrar a Dios con su mayordomía se cierran por consiguiente la oportunidad de recibir la bendición de Dios.

Satanás quiere hacer enfermar las finanzas para que la gente dude del poder de Dios para bendecir, pero ¡atención!, el Señor nos pide que le honremos primero, que actuemos con fidelidad en la mayordomía y entonces nos da la promesa de que él entra a la batalla para mantener las finanzas de nuestros hogares a salvo y con buena salud, reprendiendo a las enfermedades y a las plagas financieras, como la oruga, el saltón, el revolcón y la langosta:

Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta… (Joel 2:25).

¡Gloria a Dios…! Al separar la mayordomía financiera se está testificando que Dios es el dueño de todo y de quien provienen todas las cosas; es la ofrenda de gratitud; es el sacrificio que como testimonio perdura por sobre nuestra vida.

Los ofrendadores así impactan al cielo de forma tal, que es mejor transcribir el testimonio de las mismas Escrituras, plasmado en Hebreos 11:4 para apreciarlo correctamente: Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella. Definitivamente, alabar y honrar a Dios con los bienes y posesiones, como dice la Santa Biblia: Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto (Proverbios 3:9-10), fiel y generosamente, permitirá que la Escritura de bendición sea una realidad: porque yo honraré a los que me honran (1 Samuel 2:30), y nos conservaremos en buena salud, previniendo la aparición de enfermedades por asuntos del mal uso del dinero y disfrutando del shalom de Dios también en la salud financiera. ¡Amén!

fuente aviva 22 edicion Enero 2017

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