E n el apasionante estudio de la neumatología es necesario sacar completamente de nuestra mente la idea de que el Espíritu Santo tuvo su advenimiento en la esfera terrestre el día de Pentecostés, ya que la gloriosa tercera persona de la Trinidad ha estado activo en cada dispensación y presente dondequiera que Dios ha sido revelado.

Por otro lado, no es tan sencillo distinguir entre la obra del Espíritu Santo de la del Padre y del Hijo. Dios es uno y la interrelación entre las diversas actividades de cada persona de la Deidad es tan cercana que no siempre podemos discernir una de la otra. A pesar de ello, abordaremos en esta sencilla colaboración la obra del Espíritu Santo como creador, específicamente con el universo material.

El Espíritu Santo como agente en la creación

Tenemos fundamento bíblico para señalar que cada persona de la Trinidad actuó como agente en la creación: El Padre: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (Hebreos 1:1, 2). El Hijo: Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho (Juan 1:3). El Espíritu Santo: Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra (Salmos 104:30). Obviamente que estos pasajes no son contradictorios, sino una evidencia del principio que permanece a través de las Escrituras, de que las tres personas de la Trinidad trabajan juntas para el logro de la voluntad divina. Lo anterior es comprobado con la primera declaración que encontramos en la Biblia: En el principio creó Dios los cielos y la tierra, ya que es ampliamente conocido que la palabra “Dios”, Elohim en hebreo, es una palabra uni-plural, e indica más de una personalidad. Por esta ocasión nos concentramos en la obra creadora del Espíritu Santo señalando tres aspectos de ella.

Áreas específicas de la creación

En la narración de la creación dada por Moisés en Génesis 1:1-27, la palabra hebrea bara que significa “crear” o “hacer de la nada”, similar a la expresión latina ex-nihilo, aparece tres veces. Estas tres ocasiones representan a los tres reinos claramente distinguidos: Los cielos y la tierra (Génesis 1:1), la vida animal (Génesis 1:21), y la vida humana (Génesis1:26-27). Al respecto los evolucionistas tratan de confundir a la gente afirmando que cada reino es el desarrollo gradual de un reino menor, pero la Palabra de Dios es clara al enfatizar que un reino nuevo es un acto especial de creación divina. El énfasis en esta ocasión es referente a la actividad creadora del Espíritu Santo.

  1. Los cielos y la tierra
    En Génesis 1:2 leemos: Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Ciertas escuelas de interpretación argumentan que en realidad esto se refiere al viento poderoso de Dios, no al Espíritu Santo, pero la palabra original se aplica a alguien que posee carácter e identidad, no a algo impersonal. Job 26:13 dice: Su espíritu adornó los cielos. En el lenguaje de la poesía hebrea, al decir adornó los cielos, se está refiriendo a la creación de los cuerpos celestes, las estrellas, los planetas y todo lo que conforma el espacio. Salmos 33:6 señala: Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca. La versión Torres Amat traduce este versículo: Por la palabra del Señor se fundaron los cielos, y por el espíritu de su boca se formó todo su concierto y belleza. Aunque el salmista no tiene idea de la enorme cantidad de estrellas y de cuerpos celestes que ha descubierto la astronomía moderna, sí sabía del poder creador del Espíritu Santo.
  2. La vida animal
    Salmos 104:30 Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra. En este pasaje el salmista no solamente resalta la intervención creadora del Espíritu de Dios, sino su poder renovador, que requiere todo ser viviente para su existencia en la tierra. El salmo 104 tiene como tema principal el cuidado sobre su creación. La mención del Espíritu Santo es clara en relación a la obra creadora. El agente de ejecución del poder de Dios es su Espíritu.
  3. La vida humana
    Job 33:4 expresa: El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida. El verbo “hacer” que aparece aquí es asá en hebreo, que en otros pasajes se le atribuye a Dios; esto nos muestra la deidad del Espíritu y su poder creador del ser humano. Como es de notarse, tenemos mucho sustento bíblico que demuestra la obra creadora del Espíritu Santo, que sería imposible abordarle en esta sencilla colaboración.

A manera de epílogo subrayo lo siguiente: Normalmente los pentecostales hacemos mucho énfasis en otras funciones del Espíritu Santo por encima de su obra creadora. Nos gusta hablar mucho de su cooperación en la función salvífica, de su obra en relación a Cristo, de su ministerio en los creyentes, de los dones, del fruto, de los ministerios del Espíritu Santo, y todo ello es extraordinario; pero también su labor creadora es de gran relevancia.

Lo explico con un ejemplo, cuando un artículo, digamos electrónico, se descompone, lo ideal sería que lo reparara quién lo fabricó, porque es el creador de dicho aparato. De la misma manera, si nosotros vivimos dependiendo del Santo Espíritu, en el momento en que algo no está bien en nuestra vida, nuestro creador también habita en nosotros y nos ayuda a lo que nos conviene. ¡Gloria a Dios!

fuente: aviva 26. abril 2018

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