E l lugar que ocupa el corazón en el proceso de transformación de un hijo de Dios es prioritario. Cuando conocemos a alguien que tiene más desarrollado el lado izquierdo del cerebro, decimos que es una persona cerebral.

Se sugiere con esto que su fuerte es el razonamiento mientras las emociones cuentan poco. O tal vez digamos que quien tiene la tendencia de vivir principalmente de sus emociones, decide las cosas sin pensar. Pero este tipo de separaciones es contrario al pensamiento bíblico. Pensar, sentir y decidir son cosas que se producen en el corazón.

El corazón y nuestro intelecto

Al contrario de lo que suele pensarse, la función principal del corazón no es la emocional. El corazón, según la Biblia es: primero, el lugar donde piensa el ser humano; segundo, donde toma decisiones y, tercero, donde siente. H. Wheeler Robinson contó ochocientos veintidós usos de la palabra corazón para hablar de algún aspecto de la personalidad humana. De acuerdo con su clasificación, doscientos cuatro de ellos se refieren a alguna actividad intelectual, ciento noventa y cinco al aspecto de tomar decisiones, y ciento sesenta y seis a algún estado emotivo.

Una buena ilustración de este tipo del uso de la palabra corazón es la que vemos cuando Moisés les dijo a los israelitas: Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír (Deuteronomio 29:4), esto atribuido al hecho de que no se habían arrepentido (Ezequiel 11:18-19). Así como los ojos son para ver y los oídos para oír, también el corazón es para entender. Cuando Job les quiso decir a sus “amigos” que él no era inferior a ellos en entendimiento, les dijo literalmente: Yo tengo un corazón, como lo tienen ustedes. La versión Reina-Valera traduce así este texto: También tengo yo entendimiento como vosotros (Job 12:3). En la Biblia, el hombre con corazón no es un hombre de sentimientos profundos, sino un hombre con entendimiento (Job 34:10-34). Y este hombre guiado por el Espíritu Santo se cuidará de guardar en su corazón toda la Palabra para aplicarla en todas sus acciones.

El corazón y nuestra voluntad

Además de ser el lugar donde pensamos, el corazón es también el lugar en el que reside nuestra voluntad, donde decidimos. Es en el corazón donde deseamos y escogemos. David se regocijaba en Dios, porque decía que le había dado los deseos de su corazón (Salmos 21:1, 2).

Cuando Dios probó a su pueblo en el desierto, Moisés dijo que era para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos (Deuteronomio 8:2). Jehová miró en sus corazones para ver si decidirían obedecer o no. Esto se debe a que el corazón es el lugar de todos los propósitos, los planes, las motivaciones, intenciones y todas las resoluciones. Después de la presencia de Dios en nuestra vida, la capacidad para escoger es el mayor poder que poseemos. Podemos decidirnos a creer o no creer. Ante esa disyuntiva Josué hace un ejercicio espiritual; inclina al pueblo a aferrarse a Dios (Josué 24:23, 24). Podemos escoger entre caminar en el Espíritu o caminar según la carne. Podemos decir que el triunfo en la vida cristiana se halla en el ejercicio de la voluntad.

El corazón y nuestras emociones

El corazón es también el lugar donde experimentamos las emociones. El amor, el odio, el gozo, el dolor, el valor, el temor y todas las demás emociones son consideradas como algo perteneciente al corazón. Por ejemplo, debemos amar a Dios con todo el corazón (Deuteronomio 6:5); gritar llenos de gozo ante él con un corazón alegre (Isaías 65:14); y hacer que nuestra fe en Cristo impida que nuestro corazón se angustie (Juan 14:1).

Las emociones no son simples experiencias de la persona interior. Se las siente físicamente, sobre todo en el corazón.

El Antiguo Testamento expresa con gran fuerza las emociones como movimientos del corazón. Si una persona pierde el valor, es que su corazón tiembla como las hojas con el viento (Isaías 7:2); es débil (Deuteronomio 20:8); se derrite como la cera (Salmos 22:14); se vuelve agua (Josué 7:5). Se describe el temor diciendo que el corazón de la persona se hunde (Génesis 42:28), falla (Salmos 40:12), se pierde (1 Samuel 17:32). Por contraste, el valor es el fortalecimiento del corazón (Salmos 27:14).

La relación entre las emociones y el cuerpo físico es la razón por la cual las Escrituras enseñan que aun la salud física se ve afectada por nuestros estados emocionales. Por ejemplo, en Proverbios 14:30 leemos: El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos.

Y Nehemías afirma que las emociones positivas son verdaderamente curativas para el cuerpo, cuando dice: el gozo de Jehová es vuestra fuerza (Nehemías 8:10). Por consiguiente; el corazón es el lugar donde se conoce, se decide y se siente; centro de nuestra personalidad. Es el sitio donde el Espíritu Santo se dirige a nosotros, y desde el cual respondemos como personas completas. El reconocimiento de que pensamiento, emociones y voluntad se hallan unidos dentro del corazón, es críticamente importante para comprender el propósito de Dios en nosotros.

Esta manera de entender da sentido a la promesa del Señor: y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Juan 8:32). Con frecuencia los creyentes conocen la verdad, pero no son libres. Esto se debe a que no conocen la verdad en su corazón; no la conocen emocionalmente, ni en cuanto a la conducta, como la conocen en sentido intelectual. Es una verdad, pero no es una verdad suya. Es en el corazón donde nuestra mente, emociones y voluntad se unen en un estilo de vida centrado en Cristo. Cuando volvemos nuestro corazón hacia Dios, dirigidos y transformados por su Santo Espíritu, comenzamos a amarlo a él y a someternos a su divina y perfecta voluntad.

fuente revista aviva 26, abril 2018

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