Recientemente escuché a un destacado predicador pentecostal contar una experiencia impactante. Explicó que el Espíritu Santo le reveló acerca de connotados y famosos predicadores cuyas audiencias se cuentan por multitudes, pero que tenía algo contra ellos, y esto es que no predican la cruz de Cristo.

¡Qué gran verdad! Hoy muchos predicadores en su afán de ganar a las masas les ofrecen un evangelio “atractivo” y “cómodo”, con soluciones instantáneas cuyo único requisito es confesar o declarar para recibir salud física y espiritual, prosperidad, éxito, rompimiento de maldiciones generacionales y otros aspectos más. En ocasiones condicionan también el cumplimiento de “pactos” normalmente de índole económico para recibir lo que la persona anhela.

Es urgente que volvamos a la predicación evangelística, recordando que los principios básicos de la homilética nos dicen que el sermón evangelístico toma su nombre no de la estructura del discurso, sino de su propósito, y éste sencillamente es el de persuadir a los perdidos a recibir a Cristo Jesús como su Salvador personal.

Los tratados más elementales del arte de preparar y exponer sermones señalan cuatro rasgos distintivos de la predicación evangelística:
Declarar la condición perdida del hombre natural.

El hombre está en tinieblas y necesita iluminación espiritual; se halla en un estado de condenación y necesita la justificación; es un cautivo de Satanás y necesita libertad; tiene un corazón perverso y necesita regeneración.

Proclamar los hechos verídicos de la obra redentora de Cristo.
Dios, en la persona de su Hijo, de manera sobrenatural entró en el curso de la historia humana para identificarse plenamente con el hombre, cumpliendo con todas las demandas de la ley divina. Asumió voluntariamente la culpa ajena y pagó con su muerte en la cruz el precio completo de la redención del hombre, además triunfó sobre la muerte en el hecho glorioso de la resurrección.

Pregonar las condiciones con las cuales el hombre puede obtener la salvación.
Como sabemos, éstas son pocas y sencillas: arrepentimiento para con Dios y fe en nuestro Señor Jesucristo. El arrepentimiento verdadero implica un cambio que afecta toda la personalidad; es un cambio intelectual, emocional y volitivo. La fe es la entrega de nuestra vida en las manos de Jesús, es la sumisión de nuestra voluntad a la de él, reconociéndolo como soberano Señor y disponiéndonos a servirle con obediencia y lealtad.

Insistir en que los pecadores sean salvos, manifestando su decisión públicamente.
Alguien comentó: El sermón que tiene una persona inconversa enfrente no debe tener ningún mañana.

Un aspecto trascendental de todo sermón y en especial del evangelístico es que debe ser cristocéntrico. En todo el Nuevo Testamento podemos ver que Cristo era el personaje central de la predicación de la iglesia. Por ejemplo en el primer sermón cristiano predicado por Pedro el día de Pentecostés, se exalta prioritariamente la persona de Jesús, veamos:

Demuestra que Jesús es el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel (Hechos 2:16). Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia (Hechos 2:25-28).

Proclama que Jesús de Nazaret es el Mesías esperado. Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono (Hechos 2:29, 30).

Enseña las obras de Cristo, su crucifixión y su resurrección.
Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella (Hechos 2:22-24).

Afirma que sólo en Jesús hay salvación y quien lo rechaza no tiene esperanza.
Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo (Hechos 2:21). Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38). Este aspecto importante lo están dejando a un lado algunos predicadores modernos, hoy exaltan más su propia personalidad que a Cristo. En sus santuarios aparecen fotografías espectaculares de la pareja pastoral como si la iglesia fuera de ellos. Sus mensajes giran alrededor de experiencias subjetivas y de “revelaciones secretas” que supuestamente Dios les ha dado, relevando a segundo término la persona de Jesús y su santa Palabra.

Volvamos a la cruz,
recordemos las palabras del gran apóstol Pablo: Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios… pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios (1 Corintios 1:18, 23, 24).

Sigamos predicando a Cristo, con ello podremos hacer realidad la visión de los pioneros asambleístas que cantaban: México una patria redimida, es el lema de nuestra iglesia fiel; levantemos de Cristo la bandera, mexicanos transformados se han de ver.

fuente: aviva 2014, edición 11

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