T res balazos en la panza del diablo, para hablar de la tentación del Señor; Dos mujeres un camino, para predicar sobre Noemí y Ruth; Una noche más con las ranas, sobre la plaga de ranas en Egipto; o Bailando con la más fea, para hablar de Raquel y Lea, y otros títulos sugestivos que hemos escuchado en labios de predicadores que al utilizarlos, pretenden llamar la atención de los oyentes. Es común también escucharlos decir incoherencias, hacer payasadas, bromas o chistes bíblicos ofensivos, como el caso reciente de un pobre cantante metido a predicador que en su limitada hermenéutica hace mofa de la institución de la Santa Cena diciendo que el Señor Jesús decía: la última y nos vamos. Otros acostumbran utilizar el doble sentido, tatuarse, usar ropa estrafalaria, entrar en moto a la plataforma o revolcarse en el lodo. Existen colegas dispuesto a todo, a lo que sea por llamar la atención. Porque después de toda la preparación previa a la hora de predicar, horas de devoción e investigación y organización de ideas pueden descarrilarse si el tema que está ardiendo y brincando en el corazón del predicador, no es interesante para la congregación. Y este fenómeno pasa a menudo. Predicadores con mucho contenido, de pensamientos profundos pero que no producen interés, son superados a la hora de la exposición por predicadores entusiastas, amenos, aunque carentes de teología y de hermenéutica bíblica.

No despertar el interés del auditorio es un peligro real y un riesgo que debemos evitar. A veces los predicadores cometemos el error de no prever que debemos ganar o captar la atención. Asumimos en automático que podemos por nosotros mismos hacerlo, que con nuestra sola presencia o sagacidad en el manejo del auditorio podemos salir avante en el momento de la predicación.

El predicador debe tener una preparación contextualizada. La homilética de nuestro tiempo debe ser actual; no podemos ni debemos ceñir nuestros bosquejos y temas a estructuras sermonarias antiguas, aunque sí debemos estudiarlas, conocer los formatos clásicos de autores tan reconocidos entre nosotros como James D. Crane, cuyo libro El Sermón Eficaz tuvo su primera edición en el año de 1959, u Orlando Costas, que escribió Predicación por medio de la comunicación cerca de 1972. Son necesarios por formativos, pero no debemos detenernos en ellos, más bien hemos de buscar un modelo propio actualizado. Hoy recitarle a la gente el título de cada división y subdivisión, la palabra clave de cada división y subdivisión, la oración de transición, el propósito general y específico del bosquejo y de cada división, decirle que voy a concluir pero antes les voy a recapitular, resumir, concluir y hacer el llamado ya no es atractivo. La estructura sermonaria es muy necesaria, debemos usarla pero recubrirla de contenido y de formas de predicación actuales, que nos permitan hacer atractivos y no fuera de la realidad nuestros bosquejos.

Ayuda a hacer atractiva la predicación el uso de un lenguaje actual y directo. La gente hoy espera claridad. Gran parte del éxito de los predicadores-motivadores actuales, es que son directos en lo que quieren decir, aunque sin contenido ni doctrina sana ni soluciones cristocéntricas. Evitemos el uso del vosotros y de otras expresiones antiguas y de ilustraciones arcaicas que no le dicen nada a la gente de hoy, la exageración en las fábulas antiguas, historias que no son atractivas para nadie.

Hace un tiempo escuché una predicación para jóvenes en la que el expositor utilizó una ilustración de cómo se preparaban antiguamente los frijoles refritos con manteca de cerdo, cebolla, algo rico y tradicional para comer, pero en verdad fuera del contexto de una generación que compra los frijoles ya preparados, del sabor que quiera y en un instante los tiene servidos. El tono de nuestra voz, también es buen gancho para captar la atención de los oyentes, si nuestro tono es aburrido y no entusiasta, si el volumen de nuestra voz es bajo, o si nuestra voz es fingida y no natural, terminaremos por hacer nada atractiva la prédica. No copiemos a otros su estilo, su voz, desarrollemos nuestra personalidad y forma de predicar.

Mata el interés del auditorio el énfasis sin medida que hace el predicador en su propia persona. La gente se interesa en el mensaje, no tanto en el mensajero. Resulta aburrido oír de las glorias de los predicadores, cuando la gente lo que quiere es oír de Dios, de Jesús y cómo actualmente puede ayudar al necesitado. Amén de que el único que merece la gloria, es el Señor. También hace que pierda el interés en la predicación el uso desmedido de la tecnología o multimedia, se puede usar pero con límites.

Es mejor despertar el interés de la gente para que luego ellos por sí mismos busquen en internet, que llenar el mensaje de videos o imágenes que distraigan al auditorio de la predicación hablada, del mensaje bíblico y clásico de la predicación. Aburre a las personas ir a ver videos en lugar de mensajes. Es recomendable la moderación en este aspecto actual.

Por último, hace atractiva la predicación que el expositor del mensaje sea breve. Los sermones kilométricos, maratónicos, son aburridos. Bien dicen que hay casos en los que se dice que se sabe a qué hora comienza la predicación, pero no a qué hora termina. Uno de los peores enemigos del predicador es el tiempo. Hoy la gente después de media hora o cuarenta minutos se aburre, se levanta, se sale.

Hasta los mismos predicadores cuando oyen a otros no aguantan mucho. Cuánto más los miembros. Tenemos que aprender a que en un mensaje no podemos enseñar todo al oyente. Seamos concisos, breves, impactemos con mensajes atractivos y actuales a nuestra generación

fuente: aviva 2015 edición 15

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