LA MIRA EN LAS COSAS DE ARRIBA

Col 3:1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

El apóstol Pablo, siempre pendiente de las iglesias que había fundado, instruía a veces con su presencia física y otras mediante hermosas cartas que enviaba a sus oyentes sobre la doctrina y comportamiento que un creyente debería de tener en su vida diaria. Ser cristiano verdadero conlleva un testimonio que debe estar a la altura de ser una nueva criatura transformada por el poder del Espíritu Santo, por lo tanto, la enseñanza y el discipulado representaba algo muy importante para el apóstol así que no cesaba de hacer las indicaciones pertinentes siempre que podía.

En tiempos difíciles la fe nuestra se ve probada, puesto que pudiéramos sentirnos desamparados y solos, sin respuesta. Los creyentes sienten temor mirando a la sociedad que los rodea descomponerse y nada parece detener esa caída de valores. Hoy no es muy diferente, puesto que en las noticias digitales y redes sociales todo parece confuso y amenazante. Mucha información, hiperinformación, no parece darnos tiempo de encontrar quién tiene la razón causando mucha confusión y zozobra en más de uno.

Pablo nos insta a mirar las cosas de arriba, allá donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Esto es especial y alentador. Aquí, abajo, en nuestro propio horizonte las amenazas a nuestra tranquilidad y paz se ven reales y poderosas, pero si movemos la cabeza hacia nuestro verdadero hogar veremos que quién está sentado en el trono es Jesús. En el trono de poder no está un hombre con toda suerte de caprichos cambiantes, no está un ser llamado “Destino” que según se le antoje muda de opinión y nos hace tener miedo. En el trono está Jesús, y todos los que hemos nacido de nuevo tendremos seguridad plena en él, no buscamos las “cosas de abajo”, no, no en humanismos, o en engaños.

Nosotros, los creyentes, los que hemos sido lavados con la sangre del Cordero buscamos “las cosas de arriba” lo noble, lo leal, lo que es fruto del Espíritu, emanado todo de él. El Espíritu Santo hace real el fruto y las promesas descritas en la Biblia y en nuestro expresar diario podemos ver manifestado la calidad de ese fruto. Con toda seguridad podemos afirmar que Jesús tiene control de todo, pues si en sus manos están los inmensos e infinitos cielos, también tiene control de su iglesia en la tierra y, por supuesto, de nuestra propia vida, la cual no caerá por capricho humano, pues como dice Pablo “mi vida está escondida con Cristo, en Dios”.

Curiosamente quizá aparece una contradicción en el texto. Efectivamente, Pablo primero nos dice en el v.1 “si habéis resucitado con Cristo” y en el v. 3 expresa “por que habéis muerto”. Esta aparente contrariedad es perfectamente explicable por el contexto con el que habla el apóstol, puesto que al estar en el Señor estamos en vida nueva y Cristo es el que tiene el control y gobierno de nuestras vidas y para allá somos atraídos, a nuestro verdadero hogar; por el otro lado, en realidad estamos muertos a esta vida, el mundo nos va a desconocer, nos darán la espalda y las tentaciones no podrán dominarnos puesto que esa carne malvada que nos arrastraba hacia lo malo ahora ha sido transformada por el poder el Espíritu Santo, y ahora, por iniciativa propia, después de esa resurrección, buscamos con amor las cosas de arriba, donde está el Señor.

No temamos al mañana, como si todo se saliera de control. Toda amenaza a la iglesia del Señor, en la cual nosotros estamos incluidos como miembros de ella, tendrá que pasar primero por la aduana del Señor. No perdamos la paz sabiendo que nuestra existencia como creyente y como iglesia está escondida junto con el mismo Señor Jesús, en un plan perfecto, pues bien sabe nuestro Señor los horribles momentos que podemos estar pasando ahora, pero nos alienta el Espíritu Santo a que sepamos que venga lo que venga, de aquí o de allá, del diablo o del hombre, nuestra vida está bien resguardada, bien escondida, como si estuviera dentro de un castillo inamovible, un castillo que las fuerzas del diablo y sus demonios no podrán jamás destruir.
Pueblo del Señor, tengan paz, ¡miren a Jesús!, ¡alcen los ojos!, ¡no los bajen!, no miremos al hombre, ni a sus amenazas, pues quien pagó por nosotros nos habrá de cuidar hasta el fin.
-Jorge Canto.

fuente: de su perfil en facebook

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