Desde las referencias orales y las marcas dejadas por quienes han transitado primero que nosotros por las rutas de la vida, hasta la creación de los mapas impresos de carreteras y ciudades, y al advenimiento del GPS, siempre ha habido personas que ayudan a otras a tener un viaje más informado, evitando en la medida de lo posible los obstáculos y sobresaltos que ellas han superado, por un lado, y por el otro, están aquellos que al iniciar sus propias jornadas de viaje desean conocer cómo es el trayecto por el que van a transitar, las rutas que deben evitar o preferir, los posibles contratiempos con los que se van a topar, incluyendo por supuesto las características del destino final.

Igual hay quienes, seguros de a dónde se dirigen, se lanzan de lleno, sin apenas detenerse para hacer un par de preguntas que les abran el panorama. En la vida cristiana, por consiguiente. En Juan 14:4 el Maestro dijo a los apóstoles que ya conocían el sitio al cual se dirigía y la ruta para llegar a él: Ustedes ya conocen el camino para ir adonde yo voy (NVI). De hecho, para Pedro ya con eso era suficiente y de plano le había dicho, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti.

No necesitaba ya más, desde su propia perspectiva. Pero otro de ellos le replicó al Maestro que no, que él no sabía el destino, menos el camino: Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Entonces, en su misericordiosa majestuosidad, Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Camino, trayecto y destino sintetizado en una sola oración.

Los pedros de todos los tiempos no necesitan preguntar más. Los tomases, sí. Ni los unos ni los otros son censurables ni mejores, sencillamente son diferentes en sus personalidades, diferentes en sus perspectivas, diferentes en sus emociones, diferentes en sus cuestionamientos. Todas estas diferencias, juntas, se complementan y han complementado a cada una de las subsiguientes cincuenta generaciones que por gracia han hallado el camino, perseverado en él y llegado a la presencia del Padre celestial, en eternidad de vida. El recién convertido, neófito en palabras de 1 Timoteo 3:6, catecúmenos de acuerdo al Reglamento de la Iglesia Local, ha surcado un abismo con su profesión de fe, expresada quizá con pocas palabras pero con muchas y muy excelentes consecuencias.

Ahora también ha adquirido una capacidad de discernimiento espiritual (1 Corintios 2:14) que debe ser ejercitado en la comunión de la iglesia para poderlo perfeccionar. Al empezar a usar este sentido del discernimiento del bien y del mal (Hebreos 5:14), que es común a todo creyente y diferente al don de discernimiento de espíritus que es otorgado en particular a ciertos hermanos, de acuerdo a la soberanía del Espíritu Santo (1 Corintios 12:10), entonces al recién convertido le vendrá una cantidad de preguntas que nunca habrán de ser tomadas por falta de fe ni flaqueza, sino como parte de un proceso de crecimiento en el camino de la fe. Es una relación inversamente proporcional.

Mientras más joven se es en la fe más preguntas asaltan a uno, las cuales no es tanto que declinen en tanto que el discernimiento espiritual se ejercita, sino que se hacen de otra naturaleza, más teológicas que vivenciales.

Lo primero que puede costar un poco más de tiempo en comprenderse son aquellos aspectos que no son necesaria ni intrínsecamente pecaminosos, pero que resultan lastre que retrasan el avance en la fe. Hebreos 12:1 pide que nos despojemos de todo aquello que sea un peso estorboso, que pienso son como un ancla que impide navegar con libertad cuando lo que se quiere precisamente es avanzar, no permanecer inmovilizado. El creyente que va siendo consciente de esto abandona aspectos de su vida que otros no encuentran estorbosos para ellos mismos. El pecado es pecado en todo tiempo y para todo creyente; el peso asedia de acuerdo a los contextos de vida y a las experiencias del ayer. La conciencia individual y modelada por el Espíritu Santo ha de ser la guía para estas decisiones de abandono, que cuando suben al corazón han de tomarse sin titubeo alguno.

En lo segundo están también las acciones que por conveniencia no pueden llevarse a cabo, incluyendo en este apartado la abstención de acciones que ofenden a las conciencias de los débiles en la fe. En la vida hay gente convenenciera, que únicamente atiende a sus provechos personales, sin otras miras ni preocupaciones. Pero la madurez espiritual nos demanda inscribirnos en las filas de lo conveniente, de quien hace lo útil, oportuno, provechoso; que está conforme y concorde a la fe; que es decente y proporcionado a las Escrituras. El creyente convenenciero acomoda la fe a su estilo de vida.

El creyente conveniente borra su estilo de vida, su forma de ser, su propio parecer, sus opiniones personales, su forma egocéntrica; todo lo borra, y escribe e inscribe su vida en hacer lo que conviene no a sus propios intereses ni a su provecho personal, sino a los intereses del reino de los cielos. Definitivamente cuestan mucho más tiempo y madurez espiritual dejar a un lado lo que pareciera ser lícito, pero que no conviene por causa de la conciencia de alguien más, pero al final llegará la comprensión plena de esto: Ninguno busque su propio bien, sino el del otro, tal como afirma 1 Corintios 10:24. Por lo demás, hermanos, les pedimos encarecidamente en el nombre del Señor Jesús que sigan progresando en el modo de vivir que agrada a Dios, tal como lo aprendieron de nosotros. De hecho, ya lo están practicando (1 Tesalonicenses 4:1 (NVI). Amén.

fuente: aviva 21, edicion octubre 2016

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