Pedro el apóstol tiene un propósito supremo al escribir sus cartas; animar a los creyentes, fortalecerlos en las promesas divinas y comprobar que éstas son fieles y verdaderas. Mayormente la promesa del regreso del Señor. Una y otra vez Pedro toca el punto del sufrimiento y lo relaciona con el ejemplo del Señor Jesucristo. El discípulo debe seguir los pasos de su Maestro. Los cristianos son gente que pertenece a otro reino

En la teología petrina la concepción es que los cristianos no son gente de este mundo. Poseen una ciudadanía de otro reino. No debemos esperar a que el mundo nos acaricie y nos comprenda.

Es posible que Dios permita tribulación y aflicción a nuestra vida y no tenga necesidad de darnos una explicación de lo que nos está sucediendo.

El hecho de que Dios permita el dolor en nuestra vida, no nos quita la responsabilidad de cumplir los códigos de ética que debemos observar como creyentes.

Las crisis no nos exentan de ello, ni nos autorizan a prescindir de la cruz para alivianar la carga. Muchos motivos tenemos para esperar en Dios. Conviene que recordemos el exhorto paulino: El Señor está cerca (Filipenses 4:5). Santiago afirma también La venida del Señor se acerca (Santiago 5:8). Cuando vemos el tenor de la carta de Pedro, resuena con intensidad la espera en Cristo, quien viene a redimirnos; motivo suficiente para perseverar en la fe y aceptar los sufrimientos por los que estamos pasando y los que vayan a venir, siempre con la certeza y la seguridad del amor de Dios que derramó en el corazón como bálsamo esperanzador. No perdamos de vista que no sabemos el día ni la hora del retorno del Señor: Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre (Marcos 13:32).

Ante esa incertidumbre asume Pedro: Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración (1 Pedro 4:7). ¿Debemos tomar estas palabras literalmente? ¡Claro que sí! El Nuevo Testamento surgió en un momento histórico marcado por un espacio de tiempo clave. No es un vacío histórico el que vieron los primeros creyentes mayormente tratándose de la comprensión sobre la aflicción que vivían por la persecución. Cada vez que un cristiano moría por causa de la espada o hecho pedazos por la garras de los leones, se anhelaba más la redención cristiana. El dolor por el que podemos llegar a pasar no es fortuito ni causal, está ubicado en un momentum (Momento y momentum son palabras directamente tomadas del latín momentum, término derivado del verbo movere ‘mover’) de nuestra vida; llega en el momento exacto que Dios permite y surte los efectos que él ha prescrito. Un creyente devoto no caerá en la desesperanza, menos en el abandono, tampoco en el reclamo ácido o acusador. Dios sigue obrando a través de lo humano y sus planes y propósitos trascienden más allá de nuestra comprensión, y para muestra un botón: La encarnación de Cristo revela a un Dios presente y compasivo. Cuando la gente del mundo sufre se aterra y reniega. Cuando un creyente se duele por el infortunio o la enfermedad es la oportunidad de abrirse a la misericordia viva y a la compasión de un Padre que camina al lado, que comprende y se une a la pena. Sufriendo también se da fruto y en abundancia.

fuente: revista AVIVA – Revista Aviva / Edición 020

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