Cuarenta menos uno

Este año el Señor me permite cumplir treinta y nueve años en el ministerio.

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La expresión cuarenta menos uno tiene que ver con el castigo a un infractor.

2 Corintios 11:24
De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.
Pablo menciona que él había sido recibido esta clase de castigo en cinco diferentes ocasiones.

La ley decía que cuarenta azotes era lo máximo. La cantidad dependía del delito. Deuteronomio 25:1-3
25 Si hubiere pleito entre algunos, y acudieren al tribunal para que los jueces los juzguen, éstos absolverán al justo, y condenarán al culpable.
2 Y si el delincuente mereciere ser azotado, entonces el juez le hará echar en tierra, y le hará azotar en su presencia; según su delito será el número de azotes.
3 Se podrá dar cuarenta azotes, no más; no sea que, si lo hirieren con muchos azotes más que éstos, se sienta tu hermano envilecido delante de tus ojos.

Mientras que en la tradición judía lo interpretaban de otra manera:
“¿Cuántos azotes reciben? Cuarenta menos uno, porque está escrito: en número de cuarenta, es decir, un número cercano a los cuarenta.” (Makkot 3:12-14, 10.)

Parece ser que los judíos no siempre se limitaron a la vara, sino que más tarde emplearon el azote. (Heb 11:36.) Este era un castigo más severo que el de golpear con vara, y aunque en el tiempo de Jesús estaba legalizado, no tenía base en la Ley. (Mt 10:17; 23:34.) En la Misná, una elaboración de la tradición oral judía, se describe el castigo del azote en estos términos:

“Se le ataban las manos a una columna a ambos lados, luego el servidor de la sinagoga le agarraba los vestidos y si se desgarraban, se desgarraban y si se destrozaban, se destrozaban, hasta que le quedaba el pecho descubierto. Tras él había colocada una piedra y sobre ella se subía el servidor de la sinagoga teniendo en su mano una correa de ternero. Esta estaba primeramente doblada en dos y las dos en cuatro; otras dos correas subían y bajaban en ella.

”Su empuñadura tenía un palmo de largo y otro palmo de ancho; el extremo llegaba hasta la mitad del vientre. Se le azotaba un tercio por la parte delantera y dos por la trasera. No se le azotaba ni de pie ni sentado, sino inclinado, como está escrito: el juez lo dejará caer. El que azotaba, lo azotaba con una mano con toda su fuerza.

La cantidad de varazos estaba limitada a cuarenta. (Dt. 25:2, 3.) La razón que daba la Ley para esta limitación era que un número mayor de golpes deshonraría a la persona a los ojos de sus compatriotas. Este es uno de los ejemplos que muestran que la Ley dada por medio de Moisés no permitía que los castigos fuesen crueles o excesivos. El castigo tenía un propósito correctivo, no era vengativo ni cruel, como los que administraban las naciones. El que daba los golpes debía ser castigado si se excedía del número que permitía la Ley. Por lo tanto, los judíos restringieron los golpes a treinta y nueve, para no ir por error más allá del límite, y violar la Ley. (2 Co 11:24.)

Estas referencia de cuarenta menos uno, para mí, por un lado, ilustra las penalidades del ministerio. Pablo dice que él recibió cinco veces cuarenta azotes menos uno. Cada año vivido en el ministerio ha tenido sus propias vicisitudes, pero de todas ellas me ha librado el Señor.

Pero por otro lado, el hecho de los azotes me conmueve al pensar en la sustitución. Cristo ocupando nuestro lugar. Aunque no fueron los judíos los que lo azotaron, sino los romanos. El hecho es que fue azotado. Azotado en lugar de Barrabás y de nosotros. Él llevó nuestras culpas. Seguramente la cantidad de azotes por parte de los romanos, fue más cruel. Eso hace que admiremos más la entrega de nuestro Señor.

Bien puede tomar el número treinta y nueve para recordar la sentencia de los azotes. Si Jesús se identificó conmigo en el castigo, es poca cosa si yo me identifico con él, en su servicio.

Gracias Señor por ocupar mi lugar, ayúdame a seguir adelante en la edificación de tu reino, hasta que se me acaben las fuerzas o hasta que tú vengas.

Edelmiro González

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