El tema del discipulado es básico en la vida de todos los creyentes. Ser discípulo debe ser una de las más anheladas metas que nos tracemos. Estoy de acuerdo con quienes opinan que ser discípulo no es sólo practicar buenas obras, ni tener un profundo conocimiento bíblico.

Es imprescindible tomar una decisión seria que provenga de una sincera convicción de la obra de Dios a nuestro favor. Se trata de comprender plenamente el sacrificio de Cristo y estar infinitamente agradecidos correspondiendo en obediencia y entrega total.

Cuando comprendemos plenamente lo que Dios ha hecho en nuestra vida, nos llenamos de pasión por él, anhelamos conocerle, así como lo señala 1 Pedro 2:2: desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación. A medida que conocemos más de su Palabra, nuestras decisiones serán tomadas en pro de agradar a Dios y con el fin de que lo glorifiquen a él. Y es ahí donde aprendemos a ser discípulos, teniendo como base una genuina relación con el Señor.

En virtud de lo expuesto, debemos entender el discipulado bíblico, más que una consolidación para nuevos creyentes –que sí lo es, pero es tan sólo el principio–, como un proceso que se inicia cuando nacemos de nuevo y nos acompaña durante toda la vida, moldeando en nosotros el carácter de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:13).

Por ello no podemos poner fin al proceso del discipulado, más bien debemos hablar de etapas en el crecimiento de la vida cristiana. Esto lejos de parecer una obviedad, al comprenderlo correctamente nos coloca en la condición de discípulos por toda la vida. Cuando nos convertimos en creyentes firmes sí podemos colaborar en la enseñanza de los recién conversos, pero sin dejar nosotros mismos de ser discípulos y reconociendo siempre a Cristo como nuestro supremo Maestro. En síntesis, el discipulado es un estilo de vida.

Hay por lo menos tres aspectos imprescindibles para lograr el discipulado bíblico:

Disciplina

Las palabras discípulo y disciplina tienen la misma raíz en común. Es decir, tanto para ser discípulo como para ser discipulador –aunque ya explicamos que nunca dejamos de ser discípulos– es indispensable la disciplina, pero entendiendo ésta como una vida de obediencia total a Cristo, poniendo por práctica las palabras del gran apóstol de Tarso: ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí. El verdadero discípulo obedece no por miedo al castigo divino, o para que le vaya bien, sino en reconocimiento al señorío de Cristo en su vida. Es una entrega diaria, es la retribución voluntaria a la gracia de Dios para con nosotros. Va más allá de cumplir como cristianos asistiendo a la iglesia, diezmando, colaborando, lo cual debemos hacer. Es sentirse parte de su pueblo; es estar comprometidos con sus planes, al punto de reflejarlos con nuestra vida.

Disposición

El apóstol Pedro en su primera epístola dice: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey (1 Pedro 5:2, 3). Aquí se señala una serie de contrastes de cómo podemos realizar el trabajo que el Altísimo nos encomienda. Nosotros decidimos si lo hacemos por fuerza, por ganancia deshonesta y enseñoreándonos; pero se nos insta a que lo hagamos voluntariamente, con ánimo pronto y siendo ejemplos. Esto lo podemos sintetizar en una palabra, disposición. Cuando no mostramos disposición para servir a nuestro Dios, entonces nuestra necesidad de ser discipulados es muy alta y no debemos ni siquiera pensar en la posibilidad de que podamos ser discipuladores. Esto tiene relación con lo que señalamos a continuación.

Idoneidad

Otro aspecto importante del discipulado bíblico es la idoneidad. Pablo lo señala excelentemente en 2 Timoteo 2:2: Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Resalto dos cuestiones de este pasaje: La primera tiene que ver con la esencia del discipulado de Pablo. Él no le indicó a Timoteo que enseñara contenidos ajenos a su propia enseñanza. La segunda es que quienes enseñaban debían ser idóneos y en ellos implícitamente estaba incluido Timoteo. El diccionario define a una persona idónea como aquella que tiene disposición o aptitud para una cosa.

No quiero poner el punto final a esta sencilla aportación sin hacer referencia a los materiales que podemos emplear en el discipulado. Actualmente vivimos en una época en la que abundan muchos materiales para esta labor y no dudo que sean de buena calidad, pero recomiendo ampliamente los materiales que ofrece nuestra editorial oficial ECCAD, que son excelentes todos ellos, “potables”, como dice el gran maestro Pepe Saucedo, elaborados por la brillante pluma de distinguidos ministros asambleístas y pensados en las necesidades propias de nuestra gente.

Que el Espíritu Santo nos ayude a participar activamente en el proceso del discipulado, hagámoslo con disciplina, disposición e idoneidad. ¡Así sea!

fuente: aviva 23 edición Abril 2017

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