Durante décadas los evangélicos pentecostales no hemos podido enfatizar lo suficiente acerca de la enseñanza bíblica sobre las riquezas. Nuestras predicaciones y cantos exaltan la realidad de un hogar celestial, de modo que, aunque en esta vida no tengamos riquezas sabemos que en la gloria tenemos una mansión.

Hemos invertido mucho en los tesoros eternos que algún día recibiremos, sin duda. Esta situación ha hecho que muchos creyentes vivan en escasez económica, sin planear, sin ahorrar, sin desear más bienes materiales. En ocasiones se exalta la austeridad como símbolo de humildad, y se critican los lujos como señal de vanidad.

Para ellos la oración de Agur hijo de Jaqué es modelo: Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios (Proverbios 30:8-9).

El apóstol Pablo años mas tarde escribiría a los Filipenses para agradecerles la ofrenda que mandaron a través de Epafrodito. En esta carta expresaría el modelo cristiano de finanzas: Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:12, 13).

A diferencia de Agur, que pedía únicamente lo básico para la vida, Pablo dice saber vivir en cualquier situación. Él sabe vivir en pobreza y en abundancia, sabe tener de sobra o no tener nada. En ese contexto de abundancia o escasez se da una de las declaraciones más hermosa de la Biblia: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

El modelo de Cristo

Nació en pobreza por humillación, porque de cualquier manera el lujo más glorioso de la tierra sería para él humillante. No obstante, le plació al Padre cambiar las finanzas de su Hijo y darle al padre adoptivo de Jesús muchos tesoros en especie, como oro, incienso y mirra, traídos por los sabios del oriente. Con esta estabilidad económica la nueva familia del carpintero se iría a vivir a Egipto, una de las ciudades más caras de su época.

Cada vez llama más la atención el ministerio por la estabilidad económica que se ha logrado. Hubo un tiempo en que las jóvenes que se casaban con un pastor eran advertidas de lo que les esperaba, e hijos de ministros no quisieron dedicarse al servicio por las carencias que les tocó vivir con sus padres. Ahora la situación económica de muchos ministros ha cambiado radicalmente. No obstante, debemos tener presente siempre el consejo de Pablo en Timoteo: Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores (1 Timoteo 6:9, 10).

Efectos del amor al dinero

  1. Creer que la bendición de Dios se ve por los bienes materiales.
    Jacob compró la primogenitura, engañó a su padre Isaac y obtuvo la bendición; pero se fue sin nada material. Esaú, que menospreció lo que Jehová le había dado, se quedó sin la bendición, pero con todo lo material de Isaac su padre. No es lo mismo tener bienes materiales que tener el favor divino. Si se diera a elegir entre lo que obtuvo Esaú y lo que obtuvo Jacob muchos preferirían lo que le quedó al primogénito natural de la familia.
  2. Olvidarnos de los valores que nos dieron bendición.
    Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre (Deuteronomio 6:10-12). Entre las formas que Jehová usaría para que su pueblo recordara su dependencia de él estaba una fiesta, la de los tabernáculos. Hasta el día de hoy, entre septiembre y octubre los judíos instalan sus cabañas por 7 días para que no se les olviden las carencias que tuvieron sus padres en el desierto antes de que su situación material cambiara.
  3. Dejar de invertir en la obra.
    No es extraño que los líderes de las iglesias sean los que pongan el ejemplo silencioso de dar. Muchas veces lo dieron todo, vendieron casas, autos, y sacrificaron los ahorros al dar para la obra. En las Asambleas de Dios esto se hace para el Señor, pues los pastores no son dueños de la iglesia. La práctica de dar para la obra debe seguir haciéndose. Sin duda, la generosidad de esas familias ha sido pagada por la bendición de Dios a sus siguientes generaciones.
  4. Degradar el ministerio.
    El amor al dinero ha perdido a muchos ministros. A Balaam el profeta, lo movió la ambición para servir con sus dones al rey Balac. Tenemos también el caso de Judas, el administrador del Señor. Simón el mago creyó que con dinero podía comprar los dones (a la compra o venta de puestos eclesiásticos, se le conoce en su “honor” como “simonía”).

Qué bendición servir en una denominación en la que se eligen tesoreros por mayoría en todos los niveles, donde el presupuesto de egresos se discute en pleno y se informa en su tiempo, donde los ministros cumplen también con su mayordomía diezmando a sus respectivos distritos. Es un privilegio pertenecer a una denominación en la que las propiedades materiales de la iglesia son de ella, y los pastores son sólo servidores del Rey

fuente: aviva 22 edición Enero 2017

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