Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo (Lucas 10:30-37).

Jesús enfrentó toda clase de enemigos, especialmente aquellos que creyeron tener la capacidad para probarlo y hacerle tropezar. Un intérprete de la ley formuló una pregunta, no por tener un genuino interés en la vida eterna, sino con el mero fin de tentar al Maestro: ¿haciendo que cosa heredaré la vida eterna? (v 25). El religioso no buscaba la verdad, no tenía el más mínimo interés en conocer el camino al cielo. Su propósito era el de sorprender a Cristo y orillarlo a cometer un error para desacreditarlo ante todos sus seguidores.

Observemos que la interrogante del intérprete enfatiza las obras, la creencia de que la salvación se obtiene por méritos personales: ¿Haciendo qué cosa? Esto nos lleva a reflexionar en cómo tantas personas están cerca de la religión, pero muy lejos de Dios. Hay quienes consideran que por medio de su propio esfuerzo podrán alcanzar un lugar en la patria celestial. Éstos, al igual que el maestro de la ley, ignoran que la vida eterna se recibe por la gracia del Señor: porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8, 9).

Jesús tuvo la destreza para guiar la conversación y llevar al religioso a conocer el camino a la vida eterna. El Señor lo condujo a reflexionar respondiéndole con otra pregunta: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Con esta interrogante, el Maestro lo obligó a una reflexión más profunda en la palabra escrita, de tal manera que el experto en la letra de la ley descubriera el espíritu de la misma: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo (v. 27).

De entrada, se muestra lo fundamental que es la relación personal entre el hombre y su Creador. El primer mandamiento exige amar al Padre con la totalidad de ser, de modo que su esencia impregne cada uno de nuestros pensamientos, acciones y relaciones. En segundo lugar se nos demanda amar al prójimo con la misma intensidad y calidad que uno procura para sí mismo. No podemos ser apasionados de Dios y aborrecedores de nuestros semejantes; es inaceptable presumir una fe auténtica cuando no se tiene compasión por los necesitados. El amor a nuestro prójimo demuestra cuánto amamos a Dios. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1 Juan 4:20, 21).

El intérprete de la ley recibió una lección del mejor Maestro del mundo. El impacto de las palabras de Jesús retumbó en lo más profundo del corazón del hombre. Quien es consciente de que la vida eterna es producto de la sola gracia de Dios, no tiene otra opción que responder con amor. Enseguida el Señor aplicó la verdad: Haz esto y vivirás.

Al quedar sin argumento ante la sabiduría del Maestro y en el afán de auto justificarse, el religioso lanzó una segunda pregunta fingiendo ignorancia: ¿Y quién es mi prójimo? Jesucristo aprovechó la oportunidad de ilustrar la verdad con un sencillo y práctico ejemplo.

En los tiempos del Nuevo Testamento, la ruta de Jerusalén a Jericó era un camino sumamente peligroso, pues los maleantes acechaban de continuo para cometer toda clase de atracos. Un día, cierto judío se vio en la necesidad de transitar por esa vía. En el recorrido cayó víctima del despojo de unos ladrones, los cuales le quitaron todo lo valioso que llevaba. No conformes con el robo, los violentos lo golpearon con brutalidad, dejándolo casi muerto.

Aconteció que descendió un sacerdote por aquél camino y viéndole, paso de largo. Con todo y que conocía y enseñaba los mandamientos y principios de la Palabra de Dios, aun así al religioso no le interesó el hombre herido. Continuó su camino, dejando al moribundo en el dolor y la angustia. Resulta difícil comprender la acción del ministro del santuario. Posiblemente consideró el peligro que representaba detenerse a brindar ayuda. Lo cierto es que antepuso sus intereses personales y decidió alejarse del necesitado.

Hay momentos oportunos para hacer el bien. Existen circunstancias propicias para ayudar a otros en la vida. No obstante, si decidimos pasar de largo ¿Agradará a Dios que lo ministremos mientras dejamos tirado al prójimo? …y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado (Santiago 4:17).

Pasó también un levita por aquél camino y sucedió lo mismo.
Este otro religioso, de la misma forma, antepuso su seguridad personal a la compasión. Determinó hacerse de la vista gorda, a pesar de estar tan cerca como para ver las heridas y escuchar el clamor del judío moribundo. Muchas personas se atreven a ayudar sólo donde se puede aplaudir o admirar sus buenas obras. En el lugar no había espectadores, era un camino solitario y peligroso. Otros se animan a dar únicamente cuando estiman que recibirán algo a cambio; y como a este pobre le habían robado todo, nada tenía para ofrecer, el levita se desvió y también pasó de largo.

Finalmente llegó un tercer personaje. El buen samaritano. Este extranjero mostró varias actitudes bondadosas en su trato con el hombre herido y abandonado en medio del camino.

Fue portador de misericordia

Este hombre representa a aquellos que dan sin esperar nada a cambio. Quienes traducen su amor en acciones de bondad para bendecir a otros, son como él. Los que lejos de vivir esclavos del egoísmo son libres para dar, son capaces de ayudar a sus semejantes como resultado de su gratitud para con Dios.

El buen samaritano nos enseña quién es nuestro prójimo.

Las razas representadas por el herido y su ayudador sostenían un odio y desprecio mutuo. Entre estos pueblos jamás existió armonía en el trato. Su rivalidad se había acentuado con el transcurso de las generaciones. No obstante, este samaritano no guardaba en su corazón resentimientos, ni desprecios. Vio a la víctima de los ladrones como un ser que requería ayuda con urgencia, como una persona agonizante en medio del dolor. Hizo a un lado las barreras raciales y se dispuso a darlo todo a favor del judío moribundo. El amor es más fuerte que el racismo; la compasión supera las barreras sociales. Las dádivas del samaritano son un desafío para nosotros hoy.

El samaritano sacrificó su agenda e interrumpió momentáneamente su viaje a pesar de que el herido era un perfecto desconocido para él. El judío estaba en muy malas condiciones y demandaba muchos cuidados para poder recuperarse. Los primeros auxilios no serían suficientes; requería un sitio donde ser puesto a salvo, traslado, hospitalización y un enfermero de guardia que le brindara las atenciones necesarias. ¿Cuánto tiempo da usted para otros?

Algunos de nuestros prójimos necesitarán que alguien los escuche. Debemos estar dispuestos a darles los minutos suficientes para oír sus fracasos, dolores, angustias, y si es posible, compartirles una palabra de consuelo.

Puso su amor en acción

El varón compasivo se acercó, bajó de su cabalgadura, vendó al herido y alivió su dolor. Derramó aceite y vino en el cuerpo lacerado para quitar su aflicción. Cuando el amor de Dios es una realidad en el corazón del creyente, no se puede ser indiferente al sufrimiento o la necesidad de otros. Todos los portadores de la gracia que viene del Señor jamás podrán negarse a compartir sus recursos para mitigar los padecimientos del prójimo.

Los dos elementos que utilizó el samaritano fueron remedios curativos para sanar el dolor. Es admirable que el hombre que iba de viaje se desprendiese de aquello que podía servirle en el camino. El riesgo era demasiado. Sin embargo, cuando se tiene misericordia, nada puede frenar las dádivas ni detener la bondad. Cuando la compasión rodea nuestro ser entero, nada será capaz de obstruir la ayuda.

¿Cuántas veces el prójimo ha necesitado el aceite y el vino que nosotros tenemos? En ocasiones nos negamos a dar, justificando nuestra acción de alguna forma. Lo cierto es que Jesucristo acudió justo a donde nos encontrábamos. Nos halló víctimas del salteador mentiroso, tirados y heridos por los golpes del pecado, sin valor ni esperanza, destinados a padecer en una condición lastimosa. Pero Jesús bajó de su trono de gloria y se acercó para curarnos. Vertió sobre nosotros el vino de su poderosa Palabra, derramó en nuestro ser el aceite de la unción del Espíritu Santo y vendó el corazón destrozado por el fracaso.

Se comprometió hasta la plena restauración de su prójimo

Después de vendar las heridas, el samaritano subió al moribundo en su cabalgadura y lo llevó a un mesón en donde cuidó de él. A la mañana siguiente, antes de reanudar su viaje, el hombre compasivo puso en manos del mesonero como anticipo el equivalente de los gastos que se generarían por el hospedaje y la alimentación del enfermo en los próximos dos días. Asimismo, ordenó atender debidamente al huésped y empeñó su palabra de cubrir a su regreso la deuda resultante.

Podemos pensar que entre el samaritano y el mesonero había una amistad que les permitía hacer tratos comerciales. Existía entre ellos una confianza plena, donde la traición y el fraude jamás les acompañaron. El buen prójimo gozaba de prestigio y calidad moral, así que se tomó la libertad de dar los dos denarios. Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese (v. 35).

La generosidad no pone límites a las dádivas. El samaritano se comprometió a saldar cuanto se acumulara de más, por concepto de hospedaje, alimentación, remedios curativos y lo que resultara. Cuando se quiere dar no se inventan pretextos, no hay excusas o evasivas. Simplemente se dispone del capital con que uno cuenta y se disfruta la satisfacción de ayudar al prójimo. Las oportunidades de compartir se presentan de continuo en la vida. En el camino de Jerusalén a Jericó siempre encontraremos personas necesitadas, hombres y mujeres que atraviesan por momentos difíciles y han quedado en una condición lamentable.

Los generosos siempre ven el dolor ajeno, mientras que los mezquinos desvían su mirada. Los bondadosos consideran cada necesidad como una oportunidad para compartir, en tanto que los avaros padecen de miopía y cierran el corazón ante las carencias del prójimo.

El hecho de compartir con el que padece necesidad es un testimonio de una fe auténtica. Al ayudar con nuestros bienes al prójimo manifestamos el amor de Dios en nuestra vida. El vino, el aceite, la cabalgadura y los denarios representan los recursos que todos podemos aportar. Esa es la forma de mostrar que verdaderamente conocemos al Señor. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor (1 Juan 4:8). Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1 Juan 3:17).

EL MANDATO DE JESÚS

La parábola termina con un mandato que el Señor Jesús da al intérprete de la ley: Ve, y haz tú lo mismo. Ahora no existen dudas sobre quién es el prójimo, sólo resta traducir el conocimiento a la acción. Las necesidades de otros no se resuelven con promesas y confesiones positivas, se requieren hechos concretos. Sobran en la gente heridas y sufrimiento; lo que falta es el amor manifestado en obras de bendición y ayuda oportuna.

Nuestro Señor dejó en claro el mandato de ir y actuar tal y como lo hizo el buen samaritano. La esencia de la enseñanza consiste en demostrar el amor a nuestro prójimo dando para suplir las necesidades de otros. Y cuando tu hermano empobreciere y se acogiere a ti, tú lo ampararás; como forastero y extranjero vivirá contigo (Levítico 25:35). Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber agua; porque ascuas amontonarás sobre su cabeza, y Jehová te lo pagará (Proverbios 25:21, 22).

En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir (Hechos 20:35).

 

fuente: aviva 22, edición Enero 2017

Comentarios