E l fruto del Espíritu es un término bíblico que resume los nueve atributos de una vida cristiana verdadera. Estos atributos son: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22-23).

Aprendemos de las Escrituras que esos no son frutos individuales que nosotros escogemos. El apóstol Pablo utiliza la expresión en singular, en contraste con el plural de las obras de la carne que surgen de muchos deseos diferentes. Después de dar el apóstol esa lista nauseabunda de obras carnales, ahora resalta estas virtudes del Espíritu como sumamente atractivas, deseables, en la vida del creyente. Este fruto es el que todo cristiano debe producir en su nueva vida con Jesucristo. El fruto del Espíritu es una manifestación de una vida cristiana transformada. Podemos agruparlas en tres partes de tres cada una.

El primer grupo se refiere al creyente en su relación con Dios Amor.

Es resultado del Espíritu divino obrando a través del espíritu humano. La lista del apóstol Pablo forzosamente principia con el amor ágape, porque éste es más grande que todas las demás virtudes (1 Corintios 13:13). El amor cristiano es una categoría que incluye a todo lo demás. Es la fuente del resto del fruto, así como un tronco del que salen las ramas. El amor es sumamente importante (1 Juan 4:8; Gálatas 5:13, 14).

Las otras dos virtudes son el gozo y la paz, y están vitalmente relacionadas entre sí.

Gozo (chara).
Es la alegría y la felicidad que irradian de la vida del creyente. No se refiere a un gozo momentáneo o superficial producto de las circunstancias externas, sino a una vida gozosa como resultado de la presencia del Espíritu en nuestro ser. El gozo le añade lustre a todas las virtudes cristianas e ilumina cada experiencia de la vida, pero su fulgor nunca brilla más vivamente que en medio de la adversidad. Todo creyente debe aprender que no basta tolerar o sufrir las pruebas, y ni siquiera vencerlas, puesto que ningún triunfo está completo sin el gozo (Colosenses 1:11, 12). En efecto, el gozo es como una planta resistente que prospera hasta en los ambientes más hostiles.

Paz (eirene).
La vida cristiana debe caracterizarse por la paz porque es el don de Cristo (Juan 14:27). Esta incluye el reposo interior (Filipenses 4:6), y las relaciones armónicas con los demás. Contrasta con lo que se describe en Gálatas 5:15, 20. Esta paz interna no es la ausencia de los problemas o de la preocupación, más bien es la serenidad que resulta de vivir en la relación debida con Dios, con los demás miembros del cuerpo de Cristo y con todos los hombres (Romanos 12:18; 14:19; 1 Corintios 7:15; 14:33; 16:11).

El gozo es la manifestación externa de la paz interna. El gozo es amor transportado de alegría. La paz es amor en reposo.

El segundo grupo se refiere al creyente en su relación con otros Paciencia (makrothumia).

Es definitivamente una virtud que hace que el creyente sea como Dios, pues él es paciente con los hombres (Romanos 2:42; Pedro 3:9). Nos impide actuar precipitadamente en cuestiones que pudieran herir a otros, a pesar de nuestras diferencias y fallas (Efesios 4:2). La paciencia no es una simple prolongación de la paciencia humana, sino la que viene de Dios, operada en el interior del creyente. Es una virtud que soporta con madurez las adversidades (Santiago 5:7, 8). Es el antídoto divino para la impaciencia humana.

Benignidad (chrestotes).
Se traduce también como amabilidad. Es mostrarse benignos los unos con los otros. La dureza de trato y las palabras cortantes no son el estilo del cuerpo de Cristo, sino el cariño mutuo que hace desaparecer las diferencias y nos une, sin llegar al sentimentalismo de usar exageradas expresiones insinceras (Efesios 4:32).

Bondad (agathosune).
Este término es propiamente paulino (Gálatas 5:22; Efesios 5:9; 2 Tesalonicenses 1:11). Es una virtud que emana generosidad, en vez de una actitud envidiosa o mezquina que otorga solamente lo que alguien merece o se ha ganado. A la benignidad y a la bondad se les ha considerado como los frutos gemelos, porque son grandemente parecidos. La paciencia es amor sufrido; la benignidad es amor refinado, y la bondad es amor en acción.

El tercer grupo se refiere al creyente en su relación consigo mismo

Fe (pistis).
Significa fidelidad. En este caso la fe no se refiere a la confianza en Jesucristo para la salvación, ni tampoco como una doctrina teológica. Es una virtud ética que distingue al cristiano en sus relaciones y vivencias. Pistis aquí no significa fe de creer, sino que es usada esta palabra en sentido de fidelidad.

Se refiere a una persona fiel en sus palabras y promesas. Alguien en quien se puede confiar y creer. Alguien fiel, honesto y leal como como vecino, amigo, cónyuge, padre, hijo o miembro de la iglesia; fiel en sus contratos y en sus promesas. Así se describe en la Palabra a los fieles servidores de Cristo y de su evangelio (Lucas 16:10-12; 1 Timoteo 1:12; 2 Timoteo 2:2).

Mansedumbre (prautes).
Significa gentileza, afabilidad, amistad dulce. Es lo opuesto a la aspereza, mal temperamento, enojo repentino y continuamente descontrolado. La mansedumbre soporta la incomodidad. Este fruto se puede manifestar cuando están totalmente rendidos a Dios. La mansedumbre no implica debilidad. El creyente lleno del Espíritu Santo manifestará mansedumbre. Él puede conocer el poder de la indignación, pero también será manso. El elevado lugar que se concede a la mansedumbre en la lista de las virtudes humanas se debe al ejemplo y a la enseñanza de Jesucristo (Mateo 11:29). El que tiene mansedumbre soportará a los demás. Con sus palabras y con sus actos demostrará esta virtud. Podrá reprender sin rencor, discutir sin intolerancia, encarar la verdad sin resentimiento, enojarse sin pecar y ser amables sin ser necesariamente débil. Por ser fruto del fruto del Espíritu, es evidente que las personas solamente la podrán manifestar cuando estén rendidas a Dios y cuando la presencia del Espíritu Santo los domine en su totalidad (Gálatas 6:1; Colosenses 3:12).

Templanza (enkrateia).
Significa el control de uno mismo. Conocido también como dominio propio, es una de las virtudes cristianas cardinales. Nos permite ser moderados y equilibrados en nuestra conducta. Es el control en el pensamiento, en nuestro enojo, nuestro hablar y refleja el poder de Dios en nuestra vida. El apóstol Pablo emplea el término en relación con el obrar del Espíritu de Dios, así que no ensalza la voluntad del hombre, sino que nos hace ver que la vida espiritual abarca el control de las pasiones y los impulsos que son propios de la vieja naturaleza. Es claro entonces que se usa en oposición a la impureza que se menciona previamente como obra de la carne. El dominio propio contra los apetitos sensuales. Una vida de intemperancia y libertinaje en cuanto a los apetitos carnales ofende al Creador del universo, devasta la vida del creyente y afecta la salud de la iglesia. El mandato paulino es categórico, se insta a no satisfacer los deseos concupiscentes de la carne (Gálatas 5:16). La fe es amor que confía, la mansedumbre es amor sumiso, y la templanza es el verdadero amor de sí mismo.

El fruto del Espíritu es una manifestación de una vida cristiana transformada

El fruto no es lo que el creyente hace, sino lo que realmente es. Hacer algo para Dios es bueno, pero ser como él quiere que seamos es mejor. Si usted quiere saber la voluntad del Señor para su vida, no trate de descubrir dónde quiere él que vaya, o lo que desea que haga. Descubra primero lo que Dios quiere que usted sea. Cuando hay escarcha, el fruto se congela. Un árbol no puede sobrevivir si el tiempo no es bueno. Pero lo grandioso acerca del fruto del Espíritu es que nada puede matar el desarrollo del carácter de Cristo en nuestra vida. Éste crece en todo tipo de temperatura, atmósfera y circunstancia. El fruto del Espíritu es la manifestación en la vida práctica del carácter de Cristo que como hijos de Dios debemos tener. Recibimos los dones del Espíritu a través de su milagrosa provisión. Algunos tal vez deben desarrollarse. El bautismo en el Espíritu Santo a menudo sucede en un momento. Pero el fruto del Espíritu crece conforme afianzamos nuestras raíces en Cristo. La clave para desarrollar fruto es permanecer en Jesucristo: el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto (Juan 15:5).

fuente: aviva 23 edicion abril 2017

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