«Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.»  (Génesis 2.22)

 

Adán había estado buscando algún ser entre toda la creación, con el cual pudiera tener comunicación y compañerismo. Alguien con quien pudiera relacionarse en forma íntima y humana.
Pero entre todos los animales no encontró ninguno que tuviera esas características.
Su labor manual en el jardín tampoco llenaba ese vacío. De modo que habló de ello con Su Creador. Y, en forma milagrosa y extraordinaria, Dios creó una perfecta mujer para Adán.
¿Habéis pensado alguna vez en el significado de que Dios usara una costilla de Adán para formar a la primera mujer? La costilla de Adán demostraba que la mujer era un ser humano igual que el hombre y que a su vez era un complemento para él.
No significaba que ella era igual al hombre en lo que se refiere a los propósitos en la vida, pero si que Dios la había preparado para algo muy especial.

Las costilla de Adán le cubría el corazón: el órgano de la vida.

El entregó esa protección y se volvió vulnerable a los encantos y la personalidad de la mujer. Ahora ella sería un objeto de su amor y su cuidado. Puesto que era un vaso más fragil, físicamente hablando, sería parte de su propio ser y digna de recibir su atención y sus cuidados.
Para una mujer, el descubrir lo especial que es ella en su papel femenino, equivale a encontrar la paz para su corazón y acabar las luchas contra la marea del mundo que la arrastra hacia la creencia de que en todo y para todo es igual al hombre.
Nosotros nunca podremos ser iguales porque fuimos creadas para ser diferentes. Y la diferencia es algo muy bello y maravilloso cuando la vemos desde el punto de vista de Dios.
Permitamos que nuestros hombres sean hombres y nosotras concentrémonos en ser mujeres. Mujeres con propósito, valor, inteligencia y encanto. Mujeres creadas por Dios.
fuente: Laurel Slade – libro 175 bosquejos para Señoras.

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