¿Puede la vida devocional marcar alguna diferencia en el ejercicio ministerial?

En ese sentido el desempeño de Aarón, el hermano de Moisés, es altamente instructivo. Aarón era superior a Moisés en elocuencia; la facilidad de palabra era lo suyo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? (Éx. 4:14). Además, de él igualmente dice Dios que era levita, linaje del que no se declara al hablar de Moisés; como si se quisiera hacer notar el respeto y la fama de los que Aarón disfrutaba.

Aarón es nombrado vocero de Moisés, el hombre de la palabra, el interlocutor, pues, con el pueblo y ante Faraón. Y es el propio Aarón el que ante los ancianos de los hijos de Israel hace las señales que Dios había mandado como identidad, sello, promesa y garantía de su mandato (4:28-31), las cuales igualmente reproduce ante Faraón (7:10-12).

Aarón es identificado y encumbrado por Faraón como líder junto con Moisés, puesto que en la orden liberadora es requerido para escucharla: Entonces Faraón llamó a Moisés y a Aarón… (8:25). El enlace de Dios es Moisés, a él comisiona y da las instrucciones pertinentes. No obstante, es Faraón y no Dios quien distingue a Aarón como caudillo.

Aarón, en la batalla contra Amalec, sostuvo junto con Hur las manos de Moisés y le acercaron una piedra para que a causa de su cansancio Moisés no tomara el descanso que hiciera prevalecer a las tropas amalecitas. Desde la cumbre de la colina los tres presenciaron que la victoria era debida a la gracia de Dios y no al poderío de la tropa.

Aarón es divinamente designado como profeta de Moisés (7:1), y más tarde es nombrado sumo sacerdote (28) para presidir los actos litúrgicos del pueblo y encabezar el culto a Dios. Lo mejor que el profeta puede hacer es no alejarse de la fuente de su oráculo y seguir las instrucciones recibidas. También es de esperarse que el sacerdote, y cuanto más porque es el sumo, dirija al pueblo y conserve la comunión con el Dios al que se sirve.

Esas expectativas fueron incumplidas en Aarón. Las circunstancias lo rebasaron. No estaba preparado para ello… le faltaba vida devocional. El paradigma de Aarón es del líder que únicamente a trasmano ha tenido trato con Dios. Es de quien privilegia el trato con las multitudes y se olvida de su vida de oración en lo secreto. Es de quien sacrifica la centralidad para privilegiar la periferia. Hablamos de quien ama el reflector de lo pú- blico, del populismo, y se aleja de la luz del Eterno, de quien ilumina nuestras almas con su luz de eternidad.

El contraste es la vida de Moisés

Moisés había enriquecido su vida espiritual en el retiro y el silencio del desierto, pero para Aarón la zarza ardiente era un relato de oídas, una anécdota lejana. Mientras que para Moisés era eje que gobernaba su vida y lo hacía conservarse en la cercanía de la comunión. Los momentos sublimes de la devoción son gozne seguro para no alejarse de la fuente de autoridad.

Moisés se vuelve a Jehová en oración para buscar respuestas (5:22-23), y así en cada ocasión entre plaga y plaga. En tanto que Aarón no mostró preocupación por el pueblo cuando Faraón endureció las condiciones de esclavitud. La vida devocional acrecienta la solicitud hacia el pueblo, y más cada día.

Moisés aparece junto con Aarón en el 12:1; Habló Jehová a Moisés y a Aarón… Pero de nueva cuenta el que invoca a Dios ante la persecución de los egipcios es Moisés.

La vida devocional aflora en los tiempos de prueba. El abatirse ante la crisis, la queja fácil y el reclamo agudo son silenciados con el poder de Dios que responde ante la oración de ruego.

Moisés sube a la cumbre del Sinaí y Aarón se queda con el pueblo. Esto es desconcertante porque la orden era: subirás tú, y Aarón contigo (19:24). Pero Aarón se dejó envolver por el temor colectivo a la presencia de Dios y adhirió al consejo de la mayoría: y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos (20:18). Mientras que Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios (20:21). El que conoce la presencia ama la comunión. Moisés permanece en la cima del monte y el pueblo no se contenta con mantenerse al límite (19:24) sino que se aleja de la presencia de Dios (20:21). Mientras tanto, ¡qué contradicción! Dios llama a Aarón como su sacerdote y el pueblo lo convierte en su líder y le manda: haznos dioses que vayan delante de nosotros (32:1). El rumbo se pierde. Aarón era cercano a Moisés pero sin los valores espirituales del líder. La vida devocional no se adquiere por ósmosis ni por cercanía o familiaridad.

Moisés, ante el pecado del pueblo, ora a Dios: Te ruego… que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito (32:31-32). Aarón elude su responsabilidad, condena al pueblo e infantilmente pretexta acerca del oro: lo eché en el fuego, y salió este becerro (32:24); los demás son los culpables, incluso el fuego, pero él es víctima del pueblo y de las circunstancias. ¡El extremo al que se puede llegar ante la ausencia de vida devocional!

Lo último, el golpe de estado que Aarón y María tramaron. Golpearon argumentativamente para debilitar la posición de Moisés. La falsa piedad de sus palabras huye ante la verdad atrás de la intriga: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? (Nm. 12:2). La falta de vida devocional asalta más las frágiles mentes de quienes están en el círculo del liderazgo. Al final del episodio no hay retaliación, sólo pena cumplida y perdón. Así se deja de ver la profundidad devocional de Moisés, no mete las manos para defenderse. La murmuración es acompañante ineludible para el siervo de Dios; eso no puede evitarse. Lo que sí se puede evitar es reaccionar con ánimos represores o de otra índole.

Es entonces que de las cenizas de su relación con Dios emerge un Aarón transformado. ¿La razón del cambio?

  1. Ya no desobedece para alejarse, ahora se acerca al lugar de la reunión (12:4). La obediencia es precepto escritural incluso mejor que el sacrificio.
  2. Oye personalmente la voz de Dios (12:6), sinónimo de vida devocional para todas las generaciones de los que aman a Dios. Escuchar la voz de Dios no es más anécdota que otros cuentan, es vivencia que lo marca.
  3. Asume su pecado y pide perdón (12:11). No hay elusión ni disimulo; es reconocimiento pleno y súplica auténtica.
  4. Reconoce el liderazgo de Moisés como ordenado por Dios (12:8,11). Tomar el lugar propio implica reconocer el lugar que a otros Dios ha otorgado.
  5. Intercede por María (12:12) y más tarde se expone a la muerte al hacerlo por todo el pueblo (16:46-48). Es típico de una vida devocional sólida cuando alguien ora agónicamente por los demás.

Es por ello que en la contradicción de Números 17 se deja ver al Aarón verdaderamente paragdimático. De un Aarón meramente destacable por su facilidad de palabra al Aarón que trasciende por su vida devocional. Ahora ya no sólo como el que recibe el mensaje de Dios sino como uno a quien Dios también habla. De este legado de transformación se deja constancia y memorial en el lugar más sagrado, en el lugar santísimo, pues dentro del arca del pacto, junto a la vasija de maná y las tablas del pacto, Dios ordenó resguardar la vara de Aarón que reverdeció, y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio (He. 9:5).

¿Algo de alegoría?

La vara de Aarón que el desierto había secado, pero que figurativamente representa lo del sequedal: la ausencia de agua fresca, el estar separado de la savia vivificadora, el envejecimiento de la rutina, el dolor de las crisis, el calor de la incomprensión, la relativa escasez del recurso, la confrontación ante el estilo de liderazgo, el cuestionamiento de la personalidad. Todo ello queda en el olvido ante la intensidad de la vida devocional que hace reverdecer la vara, el mando; lo seco cede el paso al agua del cielo; hay renovación espiritual; viene la confirmación celestial. El desierto agobia pero no destruye… ¡Oh, gloria, porque además la vara que simboliza el ministerio reverdece, echa flores, arroja renuevos, produce frutos! (Nm. 17:8).

fuente: aviva 2013 – 7 abril

Comentarios