¿Al impío das ayuda, y amas a los que aborrecen a Jehová? –Vidente Jehú al rey Josafat (2 Crónicas 19:2).

E n las Escrituras, aunque no tuviéramos el detalle de instrucciones que tenemos para vivir la vida cristiana en todas sus facetas, circunstancias, bendiciones y tribulaciones, tenemos parámetros muy claros que pudieran bastar.

Son directrices, señalamientos que nos dicen de manera sencilla, resumida, pero clara y efectiva, cómo nos debemos conducir; son lo que decimos coloquialmente “nortes”. Ya desde la frase de Cristo no son del mundo, tenemos una clara definición de la vida cristiana. Otra como esta es su declaración ante los pleitos de los discípulos por ver quién sería el mayor de ellos: entre vosotros no será así. Son tan contundentes las directrices que podemos hacer ejercicios prácticos y sencillos que lo demuestran: ¿En el mundo viven con una moral relajada?… Ustedes no son del mundo. La misma frase encuentra una aplicación idéntica con la otra directriz: ¿En el mundo viven con una moral relajada?… Entre vosotros no será así.

Desde los primeros tiempos del cristianismo, a los nuestros se les dio una serie de nombres tratando de definirlos o catalogarlos. Comenzando por “los del camino”, siguió una serie de adjetivos hasta terminar en Antioquía con el mote de “cristianos”. Pero en esa espiral de términos, uno de ellos se ha preservado por casi dos siglos: “creyentes”. Y por ello, a los que no han recibido el mensaje del evangelio –que se recibe por medio del creer– los llamamos llanamente “incrédulos”. Para una pregunta tan importante como lo es la posibilidad de establecer un vínculo de amistad con un incrédulo, también la Biblia nos da parámetros y directrices que nos pueden ayudar a definir lo correcto o incorrecto de sostener una relación así, y vale la pena mencionar que todas apelan al más elemental sentido común… el que por ahí dicen que no es tan común.

Primer parámetro:

¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo? (Amós 3:3). Es un profeta menor el que nos da el primer parámetro para validar una amistad con un incrédulo con base en el más sencillo de los argumentos. Una sociedad comercial, por ejemplo, se hace realidad con personas que están de acuerdo en prácticamente todo. Cuando esta condición básica no se cumple, el rompimiento es inevitable. En las escuelas y universidades se agrupan personas que han decidido estudiar lo mismo y por ello tenemos facultades de contadores, abogados o médicos, que caminan juntos porque están plenamente de acuerdo en las bondades y afición por las carreras que eligieron. Aunque muchos comentaristas aseguran que este pasaje habla de que Dios e Israel no están de acuerdo y caminan por separado, puede aplicarse en lo que respecta a nuestras amistades, ya que la amistad siempre implica acuerdos, aficiones comunes, simpatías afines o goces idénticos.

Segundo parámetro:

¿Amas a los que aborrecen a Jehová? (Jehú; 2 Crónicas19:2). Jehú es un vidente prácticamente desconocido, pero él nos da el segundo parámetro en cuanto a la validez de una amistad con incrédulos. Este parámetro es harto importante porque no sólo nos enseña que el incrédulo no ama a Dios, sino que le aborrece, resiste su señorío y no se somete a su voluntad. El mismo sentido común nos da a entender que sería prácticamente imposible ser amigo de alguien que aborrece a un familiar o amigo a quien amamos entrañablemente. Nos sentimos profundamente indignados con los que ofenden o hacen escarnio de nuestra patria, amistades y familia. El compañerismo en semejante circunstancia es impensable. En una ocasión, en un autobús que viajaba a Monterrey, escuché a un grupo de personas hablar mal de mi ciudad. Realmente, lo que menos pasó por mi mente es que alguna vez pudiera ser amigo de esa gente. ¿Cómo es que entonces nosotros podríamos plantearnos una amistad con quien aborrece al Dios que amamos con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas?

Tercer parámetro:

No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? (Pablo; 2 Corintios 6:14). El apóstol apela de igual forma, a un evidente sentido común, para explicar que tanto en el plano físico como en el espiritual, la amistad con el incrédulo es una imposibilidad absoluta. No pueden de ninguna manera unirse bajo un mismo yugo los que caminan en direcciones diferentes. La ciudad de la destrucción se encuentra en el extremo opuesto del país de Emanuel. La primera tiene como senda un camino llamado destrucción, mientras la segunda uno llamado salvación. Los señalamientos del primer camino dicen “maldad”, mientras los del otro “santidad”. De hecho, en esta exhortación, Pablo pone de manifiesto que lo primero que se compromete al practicar la amistad con incrédulos es la santidad de la vida, que debe ser la máxima aspiración de todo creyente, ya que sin santidad nadie verá al Señor (Hebreos 12:14). La idea de un yugo en la Biblia implica la unión de dos partes que se encaminan en la misma dirección y hacia un objetivo común. Es la misma base que define a nuestro esposo o esposa (los que estamos casados), con quien hemos pactado para caminar juntos en la vida como “cónyuges” (unidos a un mismo yugo), y esto tiene una implicación básica de comunión, o mejor dicho, de “unidad en común”. Pablo usa en todo el pasaje términos muy profundos: unidad, compañerismo, comunión, armonía, parte, acuerdo… todos ellos presentados en forma de preguntas retóricas que tienen como respuesta lógica un absoluto ¡nada!

Cuarto parámetro:

No son del mundo… (Cristo; Juan 17:6 ). Cuando Juan dijo que todo el mundo está bajo el maligno, obviamente incluye a cualquier incrédulo. Jesús afirmó que el creyente ya no es del mundo, no pertenece a él, no comparte sus valores, no sirve a su cruel amo, está en contra de su sistema, y su vida y mensaje son diametralmente opuestos. El Señor dijo que el mundo lo iba a aborrecer, ya que el mundo sólo “ama lo suyo”, por lo que la antipatía no sólo se da del lado del cristiano, sino también del lado del incrédulo.

Quinto parámetro:

¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios (Santiago 4:4). Fin del asunto. Este es el argumento más contundente de todos. La amistad con un incrédulo sería prácticamente imposible, impensable e impracticable ya que su consecuencia sería convertirme en enemigo del Dios de quien soy y a quien sirvo. Santiago no tiene ningún empacho además, en catalogar a la amistad con el mundo como un adulterio, una infidelidad flagrante, que en la opinión de Juan demuestra un abandono evidente del amor a Dios: Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él (1 Juan 2:15). La amistad en este contexto implica eminentemente lealtad, y si la amistad es lealtad, entonces la amistad con un incrédulo pone de manifiesto que nuestras lealtades están divididas, y esto, mientras en el asunto esté un Dios celoso, no es una opción para el creyente.

CONCLUSIÓN

Pablo explica que el creyente tiene por fuerza que relacionarse con el incrédulo, ya que una posición extrema implicaría prácticamente salir del mundo (1 Corintios 5:9-10). Esto fue lo que los movimientos monásticosintentaron de alguna forma, pero ello significa errar en el propósito de ser luz al mundo en tinieblas en el que estamos. Sin embargo, relacionarnos con alguien en un vínculo laboral, escolar en el caso de los jóvenes, o familiar (con los familiares no convertidos), no implica caminar en amistad o perder nuestras convicciones como hijos de Dios, sino todo lo contrario: hemos de brillar con mayor fuerza en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecemos como luminares en el mundo (Filipenses 2:15)

fuente: aviva 21 edicion octubre 2016

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