[dropcap]L[/dropcap] as encrucijadas de la vida son momentos propicios para el análisis, la reflexión, la toma de decisiones… Aunque hay extremos.

En ocasiones el marco de confort pudiera hacer pensar que es innecesario cambio alguno. En contraposición se pudiera asumir que ya es demasiado tarde para intentar algo diferente, que las oportunidades fueron totalmente desaprovechadas; que el tren de bendiciones ha partido sin llevarnos a bordo; que el barco de salvamento pasó de largo.

En ese panorama el relato de Marcos 10:46-52 plantea un hecho por demás alentador. Dice la descripción marquiana que el milagro referido ocurrió al salir de Jericó. Ya muchos estaban pensando que Jericó había quedado atrás, que ya era parte del pasado mismo. No faltaría el que daba por desahuciada la existencia de quienes hasta ese momento no habían sido tocados por Cristo Jesús. El fragor de los que seguían la marcha contrastaba enormemente con el desasosiego y el sentimiento de abandono de los que se quedaban atrás, con sus proyectos a medias y sus anhelos alejados. Alguien de la avanzada quizá incluso ya estaba vislumbrando lo que en la siguiente ciudad les esperaba. Y para curarse en salud quizá los zaqueos de la comunidad siguiente habían buscado ya un buen árbol donde encaramarse. Pero cuando los cálculos humanos apuntaban que ya no habría nada nuevo, el Dios de la Historia tenía todavía algo que hacer…

De entre la nube de polvo que la multitud dejaba tras su paso se alcanzó a escuchar un clamor que desgarraba el aire. Un grito que incomodaba a las débiles conciencias de la época. Una voz que daba a oídos de todos semejante título que jamás, ni de sus propios discípulos había escuchado: Jesús, Hijo de David… ¿Quién se lo adjudicaba con tanta libertad? ¿Quién osaba desafiar a los colegios de encumbrados fariseos llamándolo de esa forma? ¿Quién había descubierto -finalmente y con un aleluya interpuesto- que él no era tanto el maestro de Galilea ni el profeta de Nazaret ni el Elías que habría de venir ni el profeta levantado en lugar de Moisés ni el hijo del carpintero de la comunidad, sino el mismo Hijo de David, el Redentor de Israel, el Mesías de carne y hueso?

Espérense. El clamor obliga; hay que detener la marcha. Jerusalén puede esperar unos minutos más. Traigan al hombre del grito ensordecedor. ¿Leyendo a qué profeta le fue revelada la magnificencia del Rey? ¿En qué escuela había estudiado? ¿Qué maestro de renombre lo había discipulado? ¿Era de una familia de abolengo sacerdotal? ¿Los conocidos suyos se sentaban a la mesa del gobernante en turno? ¿Tenía amigos poderosos? ¿Disfrutaba de una condición socioeconómica estable? ¿Vestía con la propiedad de la etiqueta? Nada de eso; se trataba de un invidente, de un hombre a quien la vida parecía haberle hecho una jugarreta. En las encrucijadas de la vida no podía elegir porque no tenía elección. En los altos del camino no podía detenerse a considerar su futuro porque no lo tenía. En las tertulias no podía compartir sus logros porque no había algo memorable en su vida. En su fuero interno la única esperanza que tenía era que alguien le dejara caer en el regazo vacío un mendrugo de pan que hiciera silenciar el gruñido estomacal y aplacara el dolor que el hambre le producía.

Pero el mendigo fue capaz de hacer detener la marcha del hombre más poderoso que jamás haya existido, ni existirá. Y le fue preguntado lo que a nadie se le había ofrecido: ¿Qué quieres que te haga? La enormidad del grito merece una respuesta igualmente singular. ¿Un lugar en el reino? ¿A la derecha del Rey? ¿Aves que te alimenten todos los días? No, Maestro. Tan solo que recobre la vista. Tan solo que mis ojos físicos vean lo que mis ojos espirituales entendieron. Tan solo que te contemple por un instante. Tan solo que te pueda abrazar. Tan solo que al postrarme ante tu presencia mis ojos contemplen tus pies. Tan solo que la ceguera de mi vida sea reemplazada por la visión de tu gloria. Tan solo que a la desesperanza de mis días inunde la paz de tu mirada celestial. A partir de entonces todo cambió y la historia de su vida comenzó a ser reescrita. De ser un don Nadie destinado al olvido ahora -siglos después- lo seguimos recordando. De estar sentado junto al camino mendigando a ser un seguidor del Salvador. De tener que ser guiado por otros a ser un guía de multitudes.

Nunca es tarde para que Cristo Jesús detenga su marcha. Hay que clamar y guiar al pueblo en un clamor como nunca haya hecho para recibir lo que nunca antes se haya obtenido. Aunque la multitud de escaso compromiso se incomode y silencie, el clamor se clarifique y fortalezca. En la gracia de Dios la fuerza del clamor devocional sigue componiendo vidas y encauzando voluntades.

En Apocalipsis 3:20 dice: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

Así que si no acudiste a la cita del desayuno y de la hora del almuerzo no te diste cuenta y ya incluso se pasó la hora de la comida, no todo ha terminado. No todo está perdido. Hay algo extraordinario: él sigue esperando y tocando. La cena nos espera. La mesa está servida. Es cierto, quizá, que las oportunidades humanas sean calvas, pero a las celestiales las acompaña larga cabellera. En el tiempo de Dios nunca es demasiado tarde. que este año sea el año de las decisiones, de la devoción excepcional y de la bendición cumplida. Dios continúa escuchando el clamor de nuestras plegarias. Amén

fuente: aviva 2013

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