Y le dijo: ¡Sansón, los filisteos sobre ti! Y luego que despertó él de su sueño, se dijo: Esta vez saldré como las otras y me escaparé. Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de él (Jueces 16:20)

S ansón tenía la certeza de que Dios estaba con él, tanto que hasta lo declaró en su fuero interno confiando que podría seguir haciendo proezas como en otras

ocasiones y escapar así de los filisteos. Lo cierto es que a pesar de su convicción personal, y en contra de lo que pensaba, Dios ya se había apartado de él.

En otro escenario y en circunstancias muy diferentes, la Biblia relata las palabras de Jacob cuando dijo …ciertamente Jehová está en este lugar y yo no lo sabía (Génesis 28:16). Aunque Jacob no presuponía “la presencia de Dios”, ni tampoco la había invocado en aquel paraje del desierto, la presencia de Dios sí estaba en ese lugar. Estos dos pasajes en fulgurante contraste, nos enseñan que la presencia de Dios no obedece como en el caso de Sansón a nuestras certezas, o como en el caso de Jacob, a nuestras incertidumbres. La presencia de Dios tiene que ver más bien, y por encima de estas cosas, con su soberanía.

La certeza de la presencia de Dios en la vida de un creyente maduro y espiritualmente sano, debe tener su fundamento tanto en la soberanía y la Palabra del Todopoderoso; el “escrito está”, que recurrentemente se presenta en las páginas de la historia sagrada, es más contundente que todas nuestras posturas personales y experiencias particulares que sobre la presencia de Dios hayamos vivido; experiencias que aunque genuinas y muy abundantes en la vida de los creyentes pentecostales, nunca podrán sustituir a lo que “escrito está” en la bendita y eterna Palabra de Dios. …donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mateo 18:20).

Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mateo 28:20), son escrituras que nos aseguran que él está entre nosotros y que deberían de ser suficientes para que todo creyente tuviera plena certidumbre de que la presencia de Dios es una continua realidad para la Iglesia.

¿Qué es pues lo que nos hace dudar de esa presencia de Dios tan firmemente prometida en las Sagradas Escrituras? Muy probablemente es que no hemos entendido lo suficientemente bien, que la presencia de Dios debe ser explicada desde un punto de vista teocéntrico, más que desde la orientación egocéntrica que se ha venido popularizando en la práctica litúrgica de nuestros días. La corriente moderna se enfoca en esperar que él se presente en nuestros cultos, en nuestros devocionales, en nuestros congresos o retiros espirituales, cada vez que se lo pidamos. Es desde esta perspectiva moderna esperar que su presencia nos siga a donde nosotros vayamos y nos asista según sea la necesidad que nosotros mismos le vayamos señalando. Es manejar la presencia de Dios como un asunto u objeto con el que se puede negociar, algo que puede estar o no estar, según nuestra propia voluntad o capricho. Por el contrario, si nos apegamos a lo que enseña la Escritura, mucho deberíamos aprender de aquella frase de Elías que frecuentemente decía: vive Jehová de los ejércitos, en cuya presencia estoy.

Tal expresión debe hacernos pensar y llevarnos a la conclusión de que no era Dios quien seguía a Elías y se hacía presente cada vez que él lo solicitaba, sino que era Elías quien esmeradamente debía acudir y permanecer ante la presencia de Dios con todo lo que ello implicaba. En un sistema monárquico no es el rey quien debe presentarse ante la presencia de un súbdito cuando este lo requiere, sino es el súbdito, el que debe comparecer ante la presencia de su rey quien como soberano y al estar sentado en su trono desde allí lo ordena y lo domina todo. …en cuya presencia estoy, va más allá de lo que infinidad de creyentes hoy en día entienden por “presencia de Dios”. Piensan que ésta es algo que hay que procurar diligentemente en pos de una satisfacción propia y un goce personal que finalmente les hará sentir mejor.

Desde su visión antropocéntrica (el humano es el centro de todo) piensan además que ellos son los artí- fices de esa presencia, ya sea por la fe que ejercen en tal sentido, o bien por la tenaz insistencia de sus múltiples rogativas y de sus lágrimas abundantes que derraman convencidos de que así conmoverán el corazón de Dios y él, como premio, se presentará en el culto para bendecirlos.

Es para ellos el refrigerio espiritual que les dará el incentivo necesario para continuar su vida cristiana hasta el próximo domingo. Entonces volverán a la iglesia para repetir la liturgia acostumbrada y así lograr que él se haga presente otra vez y poder enfrentar de esa manera, una semana más. …en cuya presencia estoy, significa que el creyente lleva una vida de plena comunión con Dios y está continuamente sometido a las exigencias de amor, santidad, fe y obediencia que Dios le demanda en su Palabra.

Un creyente que después de vivir una semana “en su presencia” y viene al culto afligido porque se negó a mentir y a cometer fraude en su trabajo, por lo que están a punto de correrlo; diezmó fielmente y en consecuencia no pudo cubrir con holgura los gastos para sus necesidades básicas; también le robaron “la túnica” y tuvo además que regalar “la capa”; lo hirieron en una mejilla y puso la otra; perdonó el mismo agravio 27 veces a uno de sus vecinos; saludó a su enemigo y éste lo dejó con la mano tendida; vino al culto de oración y al de su sociedad entre semana, postergando cosas urgentes del trabajo o de su vida personal; testificó de Cristo ganándose el desprecio y la burla de sus “amigos”… en fin, un creyente que así llega al culto del domingo, ni siquiera tendrá que invocar la presencia de Dios en el templo, porque antes de que lo haga, el Señor ya se le habrá adelantado y su manifestación de inmediato se estará derramando sobre él poderosamente…

Amados hermanos, no confundamos los términos, antes que invocar “su presencia” esforcémonos por “estar en su presencia”. ¿Cuántos hoy en día en el ejercicio de nuestro llamado podemos decir junto con el profeta Elías: …vive Jehová de los ejércitos, en cuya presencia estoy?

fuente: Aviva 2013 – Edicion 9

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