En las páginas de los evangelios se nos presenta al Señor Jesucristo como modelo de vida devocional.

La comunión con el Padre siempre fue prioridad para el Maestro.

Así quiso enseñar también a los suyos sobre la importancia de la oración. La instrucción que el Hijo de Dios nos legó está en la Escritura, tanto en el aspecto teórico y doctrinal, como en el aspecto práctico y cotidiano. El Espíritu Santo inspiró a los autores de la Escritura para consignar los detalles importantes y trascendentes de la vida del Señor. Los santos hombres de Dios nos dejaron testimonio de episodios cumbres en los que el Maestro enseñó sobre la oración como medio para satisfacer la necesidad más esencial que tiene el ser humano: la comunión con el Eterno. Diversos pasajes bíblicos refieren que en Jesucristo esta era una práctica regular, frecuente y cotidiana.

Cristo instruyó sobre la importancia de la oración

En el sermón del monte incluyó el Maestro ordenanzas específicas sobre la oración y la actitud piadosa que debemos manifestar los herederos del reino. Hemos de responder a las agresiones de manera distinta a la que lo hace el mundo. El odio y el rencor, el desprecio y la maldición son reacciones naturales hacia los enemigos; pero los hijos de Dios tenemos que orar por los que nos ultrajan y persiguen (Mateo 5:44, 45).

La enseñanza del “Padre nuestro” pretende sentar las bases de la sincera devoción en cuanto a las disciplinas espirituales. Sobre la oración tiene esta porción aspectos negativos, que señalan los vicios a evitar a la hora de entablar plática con el Creador. La familiaridad debe prevalecer y la intimidad ha de procurarse haciendo a un lado los protocolos que buscan la gloria del que ora más que la de Dios. Tenemos que ir más allá de la superficialidad, no perseguir la justicia propia ante los hombres, no atraer los reflectores de modo que ganemos fama como personas superespirituales. Si buscamos ser vistos por los demás perderemos la recompensa del Padre que está en los cielos (Mateo 6:1).

De acuerdo a lo que enseña Cristo debemos evitar la hipocresía en la oración. Señala el Maestro como reprobable las pretensiones y las formas de los que aman ser admirados por sus semejantes. Habla de personas que procuran lugares y tiempos estratégicos como plataformas para presumir su devoción. Se trata de hombres que aprovechan los lugares públicos y concurridos para levantar clamor. Fingen que se dirigen al Creador, pero apuntan a ser escuchados y observados por los circunstantes. Esa es su recompensa, que las multitudes se impresionen con su espectáculo (Mateo 6:5).

La sinceridad ante todo, la devoción por encima del hambre de reconocimiento. La privacidad es importante, porque lo que el Creador ve en secreto lo recompensa en público. En la oración no se trata de lucir, sino de estar en la presencia de Dios. No nos acercamos primordialmente por cuestiones ministeriales, sino por necesidad de su amor y gracia. Anhelamos su bendición y por ello separamos tiempo para habitar en la hermosura de su santidad. En la intimidad de la casa, a puerta cerrada, sin grupos que nos observen, será la mejor forma de platicar con nuestro Padre (Mateo 6:6).

Las repeticiones vanas y la abundancia de palabrería solemne no es lo ideal para la vida devocional. Es más bien un artilugio de los líderes espirituales del mundo para impresionar a sus seguidores (Mateo 6:7). Ante el Padre celestial hay que presentarse de forma sencilla, franca y confiada. Dios responderá con agrado a la franqueza del alma que expresa palabra espontánea, sincera, con una actitud humilde. No hay manera de conseguir más del Señor mediante declaraciones rimbombantes ante su presencia. La elocuencia no asegura mayor respuesta del Eterno. Él sabe lo que necesitamos y antes que las peticiones salgan de nuestra boca ya las conoce todas. No tenemos que convencer al Altísimo de que debe bendecirnos, más bien, debemos mantener la convicción de que quiere hacerlo (Mateo 6:8).

La oración modelo presenta una serie de factores que no deben faltar en nuestro devocional:

El reconocimiento de la supremacía divina. Dios está en los cielos. Su nombre es santo y debe ser santificado. Su grandeza es inalcanzable y su jerarquía está por encima de todo. Es nuestro Padre, y nos acercamos a él confiados, pero siempre le guardamos la reverencia debida (Mateo 6:9).

El reconocimiento de su reino como nuestra esperanza suprema. Oramos porque venga su reino, y que se haga su voluntad, como en el cielo, también en la tierra. Intercedemos por la exaltación divina y el cumplimiento de sus propósitos redentores en el mundo. Antes de cualquier exposición de peticiones personales, mostramos interés de la gloria de nuestro Dios. Anhelamos la manifestación de su majestad sobre todas las cosas (Mateo 6:10).

El reconocimiento de nuestra dependencia absoluta de Dios. Nuestra oración confiesa fe en su provisión a diario. Cada día queremos que nos otorgue su favor. No importa cuán seguro parezca nuestro futuro, con cuántos recursos materiales contemos, pedimos al Señor que nos sustente (Mateo 6:11).

El reconocimiento de nuestra necesidad de perdón. Rogamos a diario que nuestros pecados y ofensas sean borrados. Que la gracia divina nos limpie de todo factor contaminante. Que nuestra alma aprenda a pedir y a otorgar el perdón cuantas veces sea necesario (Mateo 6:12).

El reconocimiento de nuestra debilidad carnal. Nos humillamos ante Dios y le rogamos que no nos meta en tentación, que no nos ponga a prueba, que no nos deje caer en los lazos y las trampas que nos tienden el diablo y el mundo. Imploramos que su misericordia nos sostenga de pie hasta el final de la carrera (Mateo 6:13).

El reconocimiento de nuestra necesidad de protección divina. En la oración imploramos ser librados del mal, del maligno, de toda la perversidad que se levante contra nosotros. Queremos ser cubiertos por el poder y la gracia de nuestro Padre celestial.

El reconocimiento de la dignidad absoluta de la gloria del Padre. Como empezamos la oración adorando, así la concluimos. Atribuimos al Creador el reino, el poder y la gloria que le pertenecen eternamente. El amén final habla de nuestra convicción y certeza de que adoramos al Dios que posee toda la potestad sobre nuestra vida, y toda la suficiencia para sustentarnos (Mateo 6:13).

Jesús nos motiva a descansar en la presencia divina a través de la oración. Todos los afanes y las preocupaciones de lo material deben pasar a segundo término en nuestra devoción. El Padre conoce bien nuestras necesidades, y él hará que los recursos vengan por añadidura a quienes buscamos el reino de Dios y su justicia (Mateo 6:31-33).

También instruyó Jesús a sus discípulos a orar para la satisfacción de las necesidades de la obra del Dios. Ante la necesidad de obreros para congregar a las ovejas descarriadas y cuidar a las desamparadas, así como la urgencia de siervos para atender los problemas del campo, llamó a los doce para que rogaran al Señor de la mies que enviara refuerzos suficientes (Mateo 9:38). Ministros y maestros abundaban en aquel tiempo, pero no realizaban el trabajo que se requería. No se trata, pues de amontonar personal o tener multitud de acreditados en las listas ministeriales, sino de que lleguen los hombres y las mujeres que de verdad empeñarán su vida e invertirán sus fuerzas y recursos para cumplir el llamado divino de servir. Por ello tenemos que pedir al Espíritu Santo que él sea quien intervenga para suplir lo que la misión requiere.

En la expresión de su celo radical ante los comerciantes del templo, cuando con un látigo azotó y volcó las mesas de los cambistas y los vendedores de animales que lucraban con la fe de los adoradores, Jesucristo demandó volver al propósito original de la edificación del templo como casa de oración (Mateo 21:12, 13).

Siempre motivó a los discípulos a orar creyendo que los resultados serán de bendición. En el contexto de la higuera que se secó a la orden del Maestro, cuando sus seguidores le preguntaron por qué el árbol se murió enseguida, Jesús les responde que es cuestión de creer y no dudar, y luego les refiere que el respaldo de la fe es la oración anticipada a la acción (Mateo 21:18-22).

Jesús instruyó en una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar (Lucas 18:1-8). El relato presenta a un juez que no tenía temor de Dios ni respeto por los hombres. Era un impío, sin sentimientos nobles ni atisbos de gentileza. En la misma ciudad habitaba una viuda agraviada, que en su necesidad no dejaba de pedir al magistrado que la socorriera y acabara con la injusticia de quienes la habían perjudicado. La mujer pobre y desamparada, sin recursos y llena de desventajas, no recibe atención del varón, quien la desprecia por un tiempo. Pero ella tenía como virtud principal la persistencia. No se le despega al representante del estado. No se rinde a pesar de que el hombre parece implacable. No lo deja ni a sol ni a sombra. No descansa hasta lograr su objetivo.

Llegó el momento en que el juez se cansó de la insistencia de la viuda. Él no temía a Dios ni a hombre, no tenía una conciencia piadosa que lo impeliera a socorrer a una desvalida, pero supo que la única forma de deshacerse de la aferrada dama era haciéndole justicia. Entonces decidió quitársela de encima y darle trámite a su demanda.

El Señor utiliza este ejemplo para ilustrar cómo hasta en el mundo impío la persistencia es clave para el alcance de los objetivos. Ese principio se debe aplicar en la oración. Las peticiones nuestras que de verdad nos importan deben ser presentadas a Dios a toda hora. Si un juez injusto responde a la constancia, ¿cómo no obrará el Padre de justicia a favor de los escogidos que claman a él de día y de noche? (Lucas 18:7, 8).

En el Getsemaní con vehemencia enfatizó el Señor a sus tres íntimos discípulos sobre la fuerza que proporciona la oración contra las tentaciones (Lucas 22:40). Ellos no habían podido velar con él ni siquiera una hora en un momento de tanta crisis. Mientras él agonizaba en su clamor, ellos dormían dominados por el cansancio. La fatiga pudo más que la necesidad. Llegado el momento de partir el Señor les recriminó su falta de disciplina. Les advirtió que la comunión con Dios es la forma de vencer la tentación (Lucas 22:44- 46). No importa cuánto anhelemos hacer la voluntad divina en nuestro espíritu, la carne es débil y no responderá adecuadamente ante el desaliento, a menos que nos fortalezcamos en el Señor (Mateo 26:40-41).

Cristo dejó un modelo devocional práctico con su vida de oración

En el inicio de su ministerio encontramos al Señor en comunión con Dios. Luego de ser bautizado por Juan, lo primero que hizo nuestro Salvador fue orar. Y mientras Jesús hablaba con el Padre el cielo se abrió, entonces descendió el Espíritu Santo y reposó sobre él en forma corporal. La unción y la comunión van de la mano en la persona del Hijo del Altísimo (Lucas 3:21, 22).

A su programa de misión integró Cristo el ayuno bajo la dirección del Espíritu Santo. Se consagró por completo a Dios en un programa de oración y meditación. Fue un período de preparación espiritual para la misión. El diablo lo tentó de múltiples formas, con los ataques más severos en su mente y sus deseos personales. Pero la gracia divina lo capacitó y la Palabra fue baluarte para salir triunfante de ese tiempo de prueba. Salió del desierto a la ciudad saturado de fuerza y poder para iniciar la obra de predicación, ministerio y sanidad, como el Ungido de Jehová (Mateo 4:1-21).

Antes del llamamiento de los doce que lo acompañarían a lo largo de su ministerio el Maestro habló largamente con Dios. Su prioridad fue siempre mantener la sintonía con el Padre, conocer su voluntad y ejecutarla sin retraso (Lucas 6:12, 13). La integración de su equipo era asunto primordial en la misión. Los elegidos cumplirían un propósito específico en el proyecto divino y mediante ellos haría trascender su obra y su doctrina hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. Era necesario, pues, procurar la dirección del Espíritu Santo en esta parte del plan de salvación.

No pocos pasajes permiten ver la disciplina de Jesús en la oración como estilo de vida. No eran esporádicos los momentos de comunión, sino que tenía por costumbre agendar lapsos de privacidad con Dios. Eran tiempos a solas con el Eterno, se apartaba hasta de sus más íntimos discípulos para platicar únicamente con el Altísimo. En múltiples ocasiones de noche o en la madrugada, antes del amanecer, en la oscuridad acudía al desierto o a las montañas para tener su devocional (Mateo 14:23; Marcos 1:35; 6:46; Lucas 5:16; 6:12; 9:28).

Jesús termina su ministerio en oración ferviente. La plegaria que registra Juan por la unidad de sus discípulos evidencia su profunda comunión con el Padre. Ruega al Creador que guarde a los fieles del mal, que los proteja del mundo. Antes de partir al lugar de gloria intercede por los que permanecerán más tiempo en la tierra. Implora para que sean santificados en la verdad y que lleguen a la meta de estar con Cristo en la presencia majestuosa del Eterno (Juan 17).

Luego lo encontramos en Getsemaní, en terrible angustia, en dolorosa agonía. En su máximo punto de quiebra, en su mayor expresión de debilidad, Cristo ruega al que lo envió, que haga pasar la copa de la cruz, pide ser librado del tormento. Su carne se quiere rebelar contra la misión. Sin embargo, el espíritu se antepone y el clamor final manifiesta rendición absoluta: Que no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas 22:41, 42).

Una y otra vez se retira de los tres que lo acompañan para estar a solas con el Padre. Su cuerpo suda sangre, su alma siente un miedo horrible, pero en la presencia divina se refugia y se fortalece. En el momento de mayor estrés viene del cielo un ángel para brindarle aliento (Lucas 22:42, 43). La oración es su arma efectiva, mediante ella descansa, se libra de la tensión, se entrega a Dios sin reservas. Sus momentos devocionales le permiten salir triunfante aun de la más cruda lid. Gana con anticipación la batalla y vence al tentador desde su intimidad con el Altísimo.

En la cruz también encontramos al Señor orando hasta el fin. Su plegaria es poderosa, trascendente, sacrificial, como su vida entera. Ruega por el perdón de sus verdugos. Pide que se disculpe a sus sicarios, porque actúan bajo ignorancia (Lucas 23:34). Luego la agonía se potencia y siente en su carne el peso del pecado de la humanidad. Entonces levanta un clamor lleno de amargura, y saturado de esperanza, mediante un grito en el que se dirige al Padre como su Dios, y pregunta la razón del abandono (Mateo 27:46; Lucas 15:34). Al final suspira una oración el Salvador y entrega su espíritu al Eterno (Lucas 23:46).

La vida devocional de Jesucristo constituyó parte importante de su disciplina. Para la vida y el ministerio, para la misión de salvación universal y el trabajo específico de cada día, Jesús se comunicaba con Dios. Su ejemplo nos debe inspirar a integrar una práctica constante y persistente de oración. Si procuramos seguir las pisadas del Maestro en este aspecto, gozaremos los mayores triunfos y disfrutaremos las mejores experiencias con el Señor. En la comunión íntima con el Todopoderoso avanzaremos hacia el cumplimiento de nuestra vocación sin que nada nos impida consumar la obra que se nos encomendó.

fuente: aviva 25, edición Enero 2018
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