LA HONESTIDAD por Pbro. Samuel Gilberto Cordero Jaramillo

Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza,
y la equidad no pudo venir. Y la verdad fue detenida (Isaías 59:14-15).

Desde el punto de vista secular, la honestidad tiene que ver con la congruencia de obrar de acuerdo a lo que se piensa, a lo que se siente o a lo que se habla. Es sin lugar a dudas una cualidad. Pero en la Escritura, la honestidad va mucho más allá. Tiene estrecha relación con la santidad, la justicia, la rectitud y la integridad del corazón, todas cualidades esenciales para poder aspirar a una comunión íntima con Dios, como bien lo expresó el salmista: Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón (Salmos 15:1, 2).

Desde este fundamental punto de vista, la honestidad debe ser la aspiración de todo creyente, y más que nada, de todo ministro. La grandeza del servicio está ligada a la grandeza de la honestidad del siervo. Sea que realice su trabajo en lo poco o en lo mucho, lo que marca la excelencia es su fidelidad y honestidad (Mateo 25:21). Carlos Spurgeon dijo en uno de sus discursos: Nosotros necesitamos que se tenga por ministros de Dios a la flor y nata de las huestes cristianas, a hombres tales que si la nación necesitara reyes, no pudiera hacer cosa mejor que elevarlos al trono… El ministro no debe conformarse con caminar al mismo paso que las filas del común de los cristianos; es preciso que sea un creyente maduro y avanzado, porque los ministros de Cristo han sido llamados con toda propiedad lo más escogido de su escogimiento, lo selecto de su elección, la iglesia entresacada de la iglesia.

La honestidad fue el criterio que mencionó Jetro a Moisés cuando le sugirió escoger hombres que lo auxiliaran en el trabajo de juzgar a Israel: Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo… (Éxodo 18:21). Era también un requisito indispensable de todos aquellos que ejercían la diaconía en la iglesia primitiva: Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia (1 Timoteo 3:8, 9). Si de entre los santos hay quienes son observados con severidad y cuidado, estos somos precisamente los ministros (Tito 2:7, 8). Es a nosotros, más que a ninguno, que aplican las palabras del apóstol Pablo: procurando hacer las cosas honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres (2 Corintios 8:21). Nuestra honradez gira en torno a áreas específicas en donde nuestra honestidad se manifiesta. Por ello, me permito enumerar algunas de ellas con la esperanza de que sean de gran provecho:

1. Honestidad financiera

La honestidad tiene un gran escaparate en nuestras finanzas y no es ningún secreto. No podemos tapar el sol con un dedo al decir que hay grandes deficiencias en nuestros hábitos financieros, especialmente en lo que se refiere a dar nuestros diezmos en forma fiel y sistemática en nuestro distrito. Si en este primordial aspecto no somos honestos ni con Dios, ni con nuestro distrito, se cumplirá en nosotros la sentencia de Cristo: Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? (Lucas 16:11). Comprar piratería, evadir impuestos, mentir en las aduanas fronterizas, pedir prestado y no pagar, codiciar… todo lo anterior define la tremenda falta de honestidad que en ocasiones caracteriza a muchos.

2. Honestidad doctrinal

En la Biblia, la honestidad tiene que ver con “hablar la verdad”. En muchos sentidos el ministro se sentirá tentado o será seducido a predicar o enseñar doctrinas por beneficio personal o por simple comodidad, pero que no van de acuerdo a la verdad divina. De ello deriva la solemne conjuración de Pablo: Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina… cumple tu ministerio (2 Timoteo 4:1, 2, 5). Si un médico no dice la verdad a su paciente acerca de su diagnóstico, el tal sería tachado de inmoral por mentir a un hombre sobre su situación de salud y probablemente hasta se encontraría en riesgo de perder su licencia como doctor. Igual pasa con muchos ministros que no enseñan todo el consejo de Dios.

3. Honestidad ministerial

Es la ausencia de motivaciones equivocadas o carnales en el ejercicio del ministerio, especialmente en lo que respecta a nuestros consiervos y a nuestras congregaciones en las que el Señor ha tenido a bien ponernos como pastores. Acerca de nuestras relaciones ministeriales, es Pablo quien expresa mejor el concepto cuando dice: Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo (Filipenses 2:3). El apóstol Pedro, por su parte, nos recuerda la honestidad en el ejercicio ministerial en lo que concierne al trato de las ovejas que pastoreamos: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey (1 Pedro 5:2, 3).

4. Honestidad laboral

Un niño de una iglesia que no pertenece a nuestra organización, decía que cuando fuera grande quería ser pastor como su papá, porque los pastores “sólo trabajaban el domingo”, a pesar de que pertenecía a una denominación que se distingue precisamente por su disciplina metódica y sistemática. Muchos de nosotros no somos honestos laboralmente, dedicando el tiempo necesario al estudio, a la consejería y a la preparación personal; no hay horarios de trabajo, disciplina ni esfuerzo. Uno de los mejores ejemplos que he visto es el del ministerio del Pbro. Mario Carrasco, que con puntualidad inglesa mantiene un horario de trabajo pastoral impecable, siempre se le encuentra en horario en su oficina, y es fiel a su labor de visitación como pastor; cabe decir que en el área financiera es de la misma manera un ministro ejemplar.

5. Honestidad familiar

Mi abuela decía: Candil de la calle, y oscuridad de su casa. La predicación del púlpito se debe reflejar en la vida familiar. Muchas historias tristes hay de hijos que le reclaman a su padre su deshonestidad pues no hay congruencia entre lo que predica y lo que vive en el círculo íntimo de la familia. La prudencia, la mesura, la misericordia, la santidad que se proclaman, tienen nuestro más severo examen en las miradas de nuestros hijos, que siempre alzan un clamor mudo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos… no creeré (Juan 20:25).

La honestidad del ministro tiene su dictamen más certero en los que viven bajo su mismo techo. Quiero concluir con una experiencia personal. En una ocasión en el Distrito Federal, alguien me hizo esta pregunta: –¿Qué tantos honestos aguantas? Cuando le contesté a mi interlocutor que no entendía su pregunta, me dijo: –Déjame ayudarte… ¿eres honesto?, a lo que contesté rápidamente que sí. –Pero… –siguió mi amigo– ¿muy honesto? Entonces ya no volví a contestar afirmativamente tan pronto. Sin darme tiempo de nada, me interrogó de nuevo: –pero… ¿muy, muy honesto? En ese momento entendí lo que me quiso decir al principio. El ministro debe tener una honestidad a toda prueba, ya que ello honra grandemente a Dios y refleja el carácter de Cristo. Ésta sigue siendo un principio fundamental de éxito en todas las áreas de la vida… ¿Qué tantos “honestos” aguantas?

fuente: aviva 18, edición Enero 2016

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