La adoración y el servicio a Dios se han de realizar en sus términos. El Señor demanda de nosotros obediencia y santidad

Levítico 10:1-7 Reina-Valera 1960 – El pecado de Nadab y Abiú

10  Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová. Entonces dijo Moisés a Aarón: Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado. Y Aarón calló. Y llamó Moisés a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel tío de Aarón, y les dijo: Acercaos y sacad a vuestros hermanos de delante del santuario, fuera del campamento. Y ellos se acercaron y los sacaron con sus túnicas fuera del campamento, como dijo Moisés.  Entonces Moisés dijo a Aarón, y a Eleazar e Itamar sus hijos: No descubráis vuestras cabezas, ni rasguéis vuestros vestidos en señal de duelo, para que no muráis, ni se levante la ira sobre toda la congregación; pero vuestros hermanos, toda la casa de Israel, sí lamentarán por el incendio que Jehová ha hecho. Ni saldréis de la puerta del tabernáculo de reunión, porque moriréis; por cuanto el aceite de la unción de Jehová está sobre vosotros. Y ellos hicieron conforme al dicho de Moisés.

Objetivos:
Conocer las causas del castigo sobre Nadab y Abiú. Valorar la santidad de Dios. Servir al Señor en obediencia y santidad.
Introducción:
Nadab y Abiú eran los dos hijos mayores Aarón. Ellos tuvieron el privilegio de subir ante Jehová al Sinaí junto con su padre con Moisés y los setenta ancianos de Israel (Éxodo 26:1-9).
Posteriormente fueron consagrados como sacerdotes (Éxodo 28:11 Levítico 8-9). De ellos se esperaba una vida de santidad por cuanto se acercarían diariamente a ministrar delante del Señor. Sin embargo, como veremos, estos hombres tuvieron en poco la santidad del Altísimo y pagaron muy cara su irreverencia.
La presente historia es un claro recordatorio de que la adoración verdadera está apegada a lo que está escrito en la Palabra de Dios. Es un llamado de atención para tomar en cuenta que el Señor demanda de nosotros obediencia y santidad.

I- CONSAGRACIÓN Y SANTIDAD

Nota complementaria
La gloria de Jehová revelada por fuego a normalmente en la Escritura un símbolo visible de la presencia y de las actividades misericordiosas del Señor a favor de su pueblo. Moisés la observó en la sarza ardiente, y los hijos de Israel en la columna de fuego que los guiaba en el desierto. En el día de Pentecostés, la presencia del Espíritu Santo se describe como lenguas de fuego que se posaron sobre los apóstoles (Mara ]. Benz. La Biblia Popular Levítico. págs 85-86).
Aarón y sus hijos fueron consagrados como sacerdotes de Israel, los sacerdotes eran mediadores entre Dios y su pueblo. Ellos eran los encargados de ministrar en el tabernáculo. Presentaban diversas ofrendas y sacrificios a Jehová y presidían en distintas ceremonias y ritos.
El sacerdocio estaba constituido por un sumo sacerdote y sacerdotes ayudantes. Ellos tenían la responsabilidad de mantener su consagración y vivir en santidad delante de Dios.
Antes del lamentable incidente que hoy estudiamos, se había celebrado la consagración de Aarón y sus hijos como sacerdotes (Levítico 8-9). Ellos habían pasado siete días purificándose para servir. Después de ese lapso, Aarón presentó diversos sacrificios, tanto a favor de ellos como del pueblo. Luego bendijeron al pueblo y la gloria de Dios se hizo presente (Levítico 9:23). En esa ocasión, salió fuego de delante de Jehová (9:24),
y consumió el sacrificio. El Señor había aprobado la ofrenda de sus siervos. De ahí en adelante, los sacerdotes debían trabajar para mantener el fuego ardiendo todos los días.
Sólo con este fuego que representaba la presencia y santidad de Dios debían ministrar.
La Escritura señala que todos los creyentes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa (1 Pedro 2:9). La consagración y la santidad constituyen una exigencia para todos los hijos de Dios, pues todos tenemos la responsabilidad de servir al Señor (1 Pedro 1: 15, 16). Tal servicio va de la mano con la santidad, y todo lo que hacemos ha de ser de acuerdo a a lo que Dios ha establecido en su Palabra, de esta forma tendremos su aprobación.

II. LA IRREVERENCIA DE LOS SACERDOTES

Nota complementaria
Él [Dios] envió su propio fuego como emblema de su presencia, y el medio para consumir el sacrificio. Aquí encontramos a los hijos de Aarón teniendo en poco la ordenanza divina, y ofreciendo incienso con fuego extraño, a saber, fuego común , fuego no de origen celestial; y por lo tanto, el fuego de Dios los consumió (Adam Clarke. Comentario de la Santa Biblia, Tomo I: Génesis a Esther: pág. 189).
Pronto la alegría se convirtió en tragedia. Cuán fácil le resulta al hombre desatender la normas divinas. Nadab y Abiú, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó (10:1).
¿En qué consistió su falta?
Para ofrecer incienso, los sacerdotes debían tomar carbones encendidos del altar de bronce. Al parecer. estos hombres tomaron fuego de otro lugar. Por eso se dice que ofrecieron fuego extraño, que él nunca les mandó (10:1).
Es posible también que el incienso que ofrecieron no se había elaborado según las órdenes divinas (Éxodo 30:34-38).
A la luz de la ordenanza de Levítico l0:8-10, es probable que se hubieran embriagado antes de entrar al tabernáculo. Fallaron terriblemente. tanto en los elementos como en el procedimiento que siguieron. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová (10:2). Dios no pasó por alto la irreverencia de estos sacerdotes. Antes había descendido fuego sobre el sacrificio como muestra de la aprobación divina. Esta vez el fuego venía a causa del juicio divino. Nadab y Abiú fueron fulminados al instante.
¿Por qué un castigo tan severo? Nadab y Abiú introdujeron al culto elementos que Jehová nunca mandó. El había instituido un sistema de ordenanzas que debían obedecerse al pie de la letra. Ministrar según la prescripción divina significaba respetar a Dios honrar sus mandatos y reconocer su santidad. Además, los hijos de Aarón recién habían sido investidos de su dignidad sacerdotal, se les dieron instrucciones claras por lo que no podían acusar ignorancia.
Era necesario que desde el principio entendieran la seriedad de su investidura. Así lo expresa Pablo Hoff: Israel necesitaba aprender que Dios es santo y que el hombre no puede hacer su propia voluntad y seguir agradándole. La iglesia primitiva tuvo que aprender la misma lección en el caso de Ananías y Safira (El Pentateuco. pág. 184). De esta manera, el Señor dejó la advertencia de que la rebeldía trae consecuencias funestas.
Moisés le recuerda a su hermano lo que ya había dicho Jehová con respecto a los que se allegan a él. El propósito permanente de todos los que se acercan al Señor para servirle. será siempre darle toda la gloria. Los hijos de Aarón hicieron todo lo contrario: glorificaron su ego y su orgullo. por lo que Dios se manifestó a su pueblo, trayendo su justo juicio en contra de los rebeldes. Ministrar en la casa de Dios no es un juego. Sin importar el área en la que sirvamos, tenemos una gran responsabilidad de parte del Señor. Todo el que adora y sirve al Señor. debe honrar siempre su santidad: Como santo seré tratado por los que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré honrado (10:3 LBLA).
Esto es posible cuando lo hacemos de la forma correcta. es decir. tal como él lo ha establecido en su Palabra. Debemos acercarnos a Dios según sus reglas.

III. LA ACTITUD DE AARÓN

Nota complementaria:
Los eventos que rodearon a la muerte de Nadab y Abiú, además de ser un ejemplo de lo que los creyentes no debemos hacer. nos deja valiosas lecciones. Muchas personas (y los mismos creyentes) pretendemos justificar nuestro mal proceder ante Dios diciendo: ‘errar es humano”; ‘todos nos equivocamos alguna vez”; “nadie es perfecto”… Todas estas son excusas que de poco sien para justificar nuestra conducta errónea delante de Dios.
El creyente sabio, que entiende el valor de mantenerse puro (2 Corintios 7:1;1 Corintios
10:12; 1 Timoteo 5:22) no procede si (Bernardino Vázquez. Estudios bíblicos ELA; Cómo vivir en santidad (Levítico). pág. -15).
Y Aarón calló (10:3). Aarón aceptó con humildad la intervención divina. Fue una prueba muy fuerte para el sumo sacerdote. Pero él se guardó toda queja y se sometió silencioso a lo que Jehová había determinado. Con esta actitud estaba honrando a Dios en primer lugar.
En todo tiempo Aarón debía guardar la santidad de su oficio. Como sacerdote no podía acercarse ni tocar un cadáver, pues esto le impediría ministrar en el tabernáculo. Por ello Moisés ordena que los primos de Aarón, Misael y Elzafán saquen los cuerpos y los sepulten fuera del campamento (10:4, 5).
Aarón y sus dos hijos restantes no debían guardar luto. Pese a la aflicción que los envolvía a causa de la muerte de sus consanguíneos. La costumbre del luto se extendía hasta siete días. y se requería que ellos estuvieran disponibles para el santo oficio que desempeñaban. Si participaban, podrían dar a entender oposición o desacuerdo con el juicio divino. Al pueblo sí se le permitió lamentar y hacer duelo por el incendio que Jehová había hecho (10:6).
No se les permitió a los sacerdotes siquiera salir a la puerta del tabernáculo para despedir a los suyos, pues, hacerlo les provocaría la muerte. Moisés les recordó el motivo: por cuanto el aceite de la unión de Jehová está sobre vosotros (10:7). Los sacerdotes estaban vestidos con ropas que les recordaba la santidad con la que debían conducirse. Eran los ungidos de Jehová, por lo tanto, propiedad de Dios, y se requería de su servicio continuamente. A los sacerdotes se les exigía un nivel de consagración mayor que al resto del pueblo (Levítico 21:1012).
El llamado a la consagración es para todo el que ha nacido de nuevo. Todos los salvos han sido hechos sacerdotes para Dios (Apocalipsis 1:6). Se les llama, por tanto a consagrarse únicamente para el Señor.
Si realmente queremos agradar a quien nos santificó debemos ocupamos únicamente en los negocios de su reino. Las actividades que conciernen a nuestra vocación han de ser nuestra pasión en la vida. Así como a los sacerdotes se les recordó que tenían la unción de Jehová y que no podían desviar su atención de su trabajo, el
Señor nos recuerda a nosotros también, que somos sus ungidos (1 juan 2:20).

CONCLUSIÓN

La gloria y la presencia de Dios se manifiestan cuando hay un ambiente de obediencia a las normas santas que él ha ajado en su Palabra para su pueblo. Los que sirven y adoran al Señor deben buscar la gloria del que los llamó y no seguir su propia voluntad. Honremos al Padre viviendo en obediencia y santidad.
Lo que Dios nos ha dado en su Palabra es suficiente para rendirle un culto aceptable. No necesitamos ir en busca de fuego extraño para ministrar al Señor. Tenemos a Cristo la presencia del Espíritu está con nosotros.
Contamos con la Palabra nuestra única regla de fe, conducta y adoración. Caminemos en ella en obediencia y el fuego de la presencia de Dios estará siempre con nosotros.
fuente: Milagros

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