La Biblia dice en Isaías 40:3-5: Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.

Este pasaje revela que cuando el elemento humano actúa en obediencia obtendrá como resultado la manifestación divina. Dios dice que sus pensamientos y caminos no son nuestros pensamientos y caminos, y que existe una distancia insalvable entre unos y otros (Isaías 55:8-9).

Es por eso que reiteradamente el creyente entra en conflicto con la voluntad de Dios. Voluntad, sin duda alguna, buena, agradable y perfecta, pero a veces difícil de entender y mucho más de aceptar.

¿Cómo puede el que fue formado del polvo de la tierra, comprender la voluntad de Aquél que sopló en su nariz aliento de vida?

¿Cómo se prepara ese camino para que se manifieste la gloria de Jehová?

La respuesta es: Orando.

La Biblia honra la memoria de aquellos que primero actuaron y como consecuencia vieron a Dios obrar: Moisés primero extendió su mano sobre el mar, después Jehová hizo que el mar se retirase.

Naamán primero se sumergió en las aguas, después fue sanado. Los diez leprosos primero obedecieron encaminándose a ser examinados por el sacerdocio, luego recibieron su milagro. Así como estos, hay muchos otros más.

El creyente debe incorporar en sus convicciones el hecho de que aceptar la voluntad divina no siempre será un camino sencillo. Implicará humillación, quebrantamiento y renuncia. Es la oración la que prepara el camino hasta llevarnos a la aceptación de voluntad de Dios. Nuestro referente en todo es Jesucristo, y en este tema no es la excepción. La Biblia lo describe en el Getsemaní, allí le sobrevino una especie de tsunami de tristeza y angustia.

La noche más oscura en la vida de Jesús se caracterizó por una crisis tras otra. ¿Cómo pudo enfrentar semejante presión? Jesús hizo una apelación angustiosa: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú (Mateo 26:39).

Esa no fue una oración calmada y serena. Mateo revela que el Señor comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera (26:37).

En Lucas también se dice que él estaba en agonía y que era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra (22:44). Como alguien expresó: Jamás la tierra ha ofrecido una petición más urgente… y jamás el cielo ofreció un silencio más ensordecedor. Jesús oró, y aparentemente nada cambió pues la Biblia dice que: Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo… Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron (Mateo 26:47, 50).

Sus discípulos le dejaron, la gente a la que tanto ayudó le rechazó y la voluntad de Dios fue muy distinta a lo que pidió.

¿Cómo se puede bregar con todo esto? Orando.

Jesús oró intensamente, el camino había sido ya preparado. Se levantó, se adelantó y con una fortaleza inexplicable enfrentó esa dolorosa realidad preguntando: ¿A quién buscáis? El discípulo de Cristo muchas veces experimentará un abismo entre lo que espera y lo que en realidad experimenta y eventualmente puede producirle una especie de desilusión con Dios.

A la vuelta de cualquier esquina nos estará esperando una crisis, la oración no siempre cambiará nuestras circunstancias, pero nos cambiará a nosotros, y nos daremos cuenta de que haber orado como un estilo de vida nos preparó el camino para aceptar la voluntad de Dios y entonces nos enfrentaremos a todo, por más complicado o doloroso que resulte

fuente: aviva 25, edicion Enero 2018

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