La oración es uno de los recursos más productivos que tenemos los seres humanos. Cuando lo usamos, nuestra vida cambia. La vida del que se entrega a la oración tiene una transformación que sólo se obtiene con la comunión e intimidad con Dios.

La oración es un privilegio, una necesidad y un deber. La práctica de la misma proporciona esperanza, demuestra la confianza en Dios, permite descansar en él y nos ayuda a despojarnos de las cargas de nuestro corazón. Esta es la razón por la cual Jesús nos exhorta a orar y nos aclara que todo lo que pedimos en oración, cuando lo pedimos con fe se hace realidad: Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá (Marcos 11:24).

Estas palabras nos estimulan a orar con fe y a esperar la respuesta divina, pero no podemos desasociarlas de su contexto, ni aislarlas, porque Jesús llama nuestra atención a conducirnos por el camino del perdón. El que ora debe practicar el perdón: Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas (Marcos 11:25).

El acto de perdonar es cuestión de voluntad y no de sentimiento. Debemos decidir otorgar el perdón porque es un acto volitivo. La acción de perdonar requiere algo más que sólo emociones; requiere decisión. El perdonar libera del pasado. Al otorgar el perdón ya no se permite que lo que causó la ofensa o daño siga invadiendo o repercutiendo en nuestra calidad de vida. Cuando perdonamos ponemos un límite a la ofensa en sí y no a la persona que causó la ofensa. El que perdona se libera a sí mismo y libera a su ofensor, de esta manera se encamina a poner fin al dolor, al sufrimiento, a la ira y al resentimiento. Cuando se otorga el perdón, se cancela la deuda moral del ofensor. Se perdona al que es culpable, y esto se hace como un acto de amor, de misericordia; como un acción de obediencia a lo que Dios nos demanda que hagamos. Asimismo, se considera un ejercicio de reciprocidad, pues el Padre nos perdona para que nosotros también perdonemos. Cuando oramos con sinceridad Dios restablece en nosotros los sentimientos adecuados. La oración requiere la práctica constante del perdón hacia los que nos ofenden, hacia los que nos provocan algún tipo de daño. La Biblia es muy clara con respecto a la oración y el perdón. La Palabra nos insta a establecer correctas relaciones con nuestro próximo.

La oración nos conduce a establecer correctas relaciones con nuestro prójimo. Cuando se otorga el perdón mejoran todas las relaciones del ser humano, mejoran nuestras actitudes, y por ende, cambia totalmente la vida y los conceptos que tenemos sobre la misma. Perdonar no causa ningún daño, sino que tiene múltiples beneficios. El perdón otorgado por Dios a nosotros requiere la práctica de perdonar a los demás. El que practica la oración tiene la encomienda de perdonar. El que disfruta del amor de Dios y goza de su perdón, también debe perdonar.

La oración transforma nuestra manera de vivir. Los cristianos estamos listos para orar cuando practicamos el perdón; y cuando oramos, Dios nos mueve y nos impulsa a perdonar. Cristo es el centro de nuestra vida. La forma de vivir del Señor se distinguió principalmente por la práctica de la oración, el amor y el perdón. La forma en que oramos descubre el conocimiento que tenemos sobre Dios, y lo que hacemos antes y después de orar, revela la trascendencia de nuestra relación con él.

La oración es una conversación secreta, íntima y amigable con el Dios trino, y en ella la bendita Trinidad nos conduce por el camino del perdón. Aún tengo presente las palabras del reverendo Ray De Morelock, que escuché por primera vez allá por el año de 1987, cuando él impartía sus cátedras en el Instituto Bíblico Magdiel: Mucha oración, mucho poder, poca oración, poco poder. En la práctica de la oración, Jesús nos da el poder y la facultad para perdonar a los que de una u otra manera nos ofenden

fuente aviva 25, Enero 2018

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