… y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (1 Corintios 2:4).

La presencia de Dios es el elemento principal en el predicador, desde el inicio de elaborar el sermón hasta la presentación del mismo ante la congregación, porque el Señor ha de hablar a través del mensajero y de su mensaje, y a la vez obrar en el auditorio. Respecto a la predicación, la presencia de Dios se manifiesta en tres aspectos: en el predicador, en el mensaje y su proclamación, y en las personas que conforman el auditorio del predicador.

LA PRESENCIA DE DIOS EN LA VIDA DEL PREDICADOR

La comunión con la presencia de Dios se logra por la búsqueda de la misma a través de la oración del predicador. Jesús el Salvador del mundo fue el mayor proclamador del evangelio, pero siempre hizo de la oración parte importante de su ministerio. A través de ella tenía comunión con el Padre y veía su respaldo cuando pregonaba el evangelio del reino y ministraba a las multitudes (Hechos 10:38). Ante la tumba de Lázaro, y en presencia de la multitud, afirma con gran seguridad: Yo sabía que siempre me oyes (Juan 11:42).

El Mesías comenzó y terminó su ministerio aquí en la tierra en oración (Lucas 3:21, 22; 24:49-51). Definió la oración como algo vital para predicar, sanar y liberar a los oprimidos. A diferencia de algunos de los predicadores contemporáneos, Jesús decidió mantenerla como prioritaria en su vida.

La oración precedió los siguientes actos del ministerio del Señor: la predicación del Sermón del Monte (Lucas 6:12, 6:20-49); su exposición acerca del poder de la Iglesia y las llaves del reino de Dios (Mateo 16, 18, 19); el anuncio de su muerte y resurrección (Lucas 9:18, 29-35); y la transfiguración (Lucas 9:18, 29-35). lA presencia de dios en la predicación … y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (1 Corintios 2:4).

LA PRESENCIA DE DIOS EN EL MENSAJE DEL PREDICADOR

Los creyentes corintios fueron impactados y transformados por la predicación de Pablo: y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (1 Corintios 2:4).

Dada la ubicación de la ciudad, seguramente ellos no desconocían las principales novedades filosóficas de su época. Tenían el orgullo de que naciera allí Dinarco, uno de los diez oradores áticos. Sin embargo, la colonia fue más famosa por su inmoralidad. La sabiduría humana había fracasado. Por ello el apóstol llega con un mensaje más efectivo, sin retórica y sin adornos, pero con la presencia poderosa del Espíritu.

Y no sólo el apóstol de los gentiles dependió de la presencia de Dios en su proclamación. En los inicios de la iglesia, el respaldo divino en la predicación del apóstol Pedro logró que el pú- blico sintiera la urgente necesidad de arrepentirse, confesar sus pecados, aceptar a Cristo como Salvador y bautizarse en agua inmediatamente. Fue una conversión masiva: así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas (Hechos 2:41)

Luego de la sanidad del paralítico de nacimiento que se ponía todos los días a la puerta del templo, la predicación que Pedro y Juan dieron al pueblo reunido hizo que ese día se convirtieran cinco mil personas al evangelio. Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil (Hechos 4:4).

La predicación acompañada de la presencia de Dios es la única forma en la que las personas se conviertan al evangelio, como en el caso de Felipe: Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaron hombres y mujeres (Hechos 8:12).

La presencia de Dios hace que el predicador hable con denuedo la palabra de Dios, y de esta manera los oyentes crean el mensaje, tal es el caso de Pablo y Bernabé: Entonces Pablo y Bernabé hablando con denuedo dijeron… (Hechos 13:46).

Ver la manifestación divina en la predicación de la palabra fue el principal motivo de oración de los apóstoles y de todos los predicadores del Nuevo Testamento. La presencia de Dios hizo que ésta fuera poderosa, persuasiva, elocuente, directa e irresistible para las multitudes.

El predicador que quiera impactar y mover la conciencia de la sociedad necesita contar con la presencia de Dios en cada sermón que predica, de lo contrario su discurso sólo hará pasar un rato agradable a las personas, o peor aún, será un simple monólogo aburrido, sin vida. Los altares estarán vacíos sin pecadores que vengan al arrepentimiento, a aceptar a Cristo; no alcanzará a quienes necesitan ser restaurados por el amor y poder del eterno Salvador.

LA PRESENCIA DE DIOS EN EL AUDITORIO DEL PREDICADOR

Así como la presencia de Dios se manifiesta en el predicador y su mensaje, es menester que obre en aquellos que habrán de escuchar el sermón.

Dios estaba detrás del cambio radical ocurrido en los corintios. Pablo les recuerda que su congregación no consistía en lo más selecto de la sociedad. No era la minoría rica y pudiente la que conformaba esa iglesia. No había muchos sabios, nobles, influyentes o poderosos. Por el contrario, el apóstol no tiene empacho en decir que eran lo peor, lo vil y lo menospreciado. Pero esto era la prueba de que sólo la presencia divina trasformó a esta gente para hacer de ellos una comunidad ricamente bendecida (1 Corintios 1:5).

En el caso de la multitud reunida en el día del Pentecostés, durante el sermón del apóstol Pedro: al oír esto se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a otros apóstoles: varones hermanos, ¿qué haremos? (Hechos 2:37).

Siendo muchos de los judíos tan radicales y tan celosos de sus principios y tradiciones religiosas, era humanamente imposible que aceptaran otra creencia religiosa. La conversión tan inmediata y profunda no era obra de las capacidades oratorias de Pedro, sino una intervención directa del Espíritu Santo entre los oyentes; por un lado, usando poderosamente la vida del apóstol, y dando la inspiración y la unción en el mensaje; y por otro lado, obrando en el corazón de las multitudes, hasta llevarlos a entregarse al evangelio del reino de Dios.

La presencia de Dios provoca fe por medio de la predicación de la palabra de Dios, como ocurrió cuando Jesús predicó en aquella casa: E inmediatamente se juntaron muchos de manera que ya no cabían ni aún en la puerta; y les predicaba la palabra (Marcos 2:2).

La palabra anunciada por el Maestro produjo en la gente fe; tanto en los habitantes de la ciudad como en sus alrededores, incluyendo a un paralitico y a quienes lo trajeron.

Conclusión

Las verdades de la Biblia pueden ser predicadas de una forma fría y estéril, o en el poder del Espíritu Santo. El mandato de Jesús a sus discípulos fue que ellos debían recibir primero el poder de lo alto, y después de eso serían testigos eficaces, por medio de la predicación y de las maravillas realizadas por la presencia de Dios en sus vidas y ministerios (Hechos 1:8).

La presencia de Dios obrando en la vida del predicador, en el mensaje y el auditorio explican el éxito de los apóstoles y demás predicadores de la iglesia primitiva. El apóstol Pablo dice a los hermanos de Tesalónica: nuestro evangelio les llegó no solo con palabras sino también con poder, es decir con el Espíritu Santo y con profunda convicción (1 Tesalonicenses 1:5). De la misma manera comenta a los corintios: ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (1 Corintios 2:4).

Tal es el beneficio de la presencia de Dios en la predicación. La oración es complemento supremo junto con la proclamación de la palabra de Dios. El predicador contemporáneo, como siempre necesita un acertado balance entre los diferentes aspectos de la preparación del sermón que dependen de la capacidad humana, y el poder, la gracia y la efectividad que sólo la presencia de Dios pueden producir. El heraldo que representa a Dios en el púlpito debe tener una marcada pasión por la oración, y ha de mostrar diligencia para que pueda anunciar el mayor mensaje de todos los tiempos.

fuente: aviva 2013 – Edicion 9

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