Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo (Proverbios 11:14)

Introducción

¿Qué es visión? Según la definición más básica y sencilla, es simplemente la capacidad de ver. Ver lo que Dios está haciendo y lo que quiere hacer en nuestra vida, nuestro ministerio, y en nuestra iglesia. Visión es ver con el corazón y no con la vista natural. Es observar con ojos espirituales lo que el Señor desea hacer en y por medio de nosotros. Visión es un retrato o cuadro de condiciones que todavía no existen pero que existirán cuando ésta se cumpla. Nuestra visión contesta la pregunta: Cuando se cumpla, ¿qué clase de iglesia será la nuestra? En otras palabras, ¿cómo será?, ¿cómo se verá?, ¿qué características tendrá? Finalmente, visión es una imagen mental clara de lo que Dios desea crear – es decir, del “producto final”. Veamos los beneficios de trabajar bajo el poder de una visión.

I. Beneficios de tener visión Una visión

cuando la abrazamos en nuestro corazón y la nutrimos con oración y diligencia, cumple varias funciones en nuestro ministerio:

  • Una visión nos guía.
    Establece la dirección y el rumbo que hemos de seguir. Nos salva de vagar en un desierto de incertidumbre, indecisión, indeterminación y titubeo. Ilumina nuestra senda con claridad y seguridad. Una persona con visión sabe hacia dónde va. Aun en tiempos de pruebas y reveses no se desvía del camino porque está siendo guiada y llevada por una mano invisible – la de la visión. La orientación que la visión provee es indispensable para el éxito en el ministerio.
  • Una visión nos impulsa.
    Cuando nos cansamos y somos tentados a desmayar, la visión nos anima a seguir adelante, sin ceder ante las presiones contrarias que se oponen a nuestro avance y el cumplimiento de nuestro propósito y misión. Visión provee la energía necesaria para superar los obstáculos y perseverar.
  • Una visión determina quiénes somos.
    Nuestra visión nos define. Es parte de nuestra identidad. Nos identificamos con nuestra visión de tal forma que la gente nos conoce en relación con ella. Una visión determina lo que somos y lo que hacemos, cómo lo hacemos, nuestra conducta, las actividades que realizamos, las reuniones que convocamos, el entrenamiento que ofrecemos, cómo nos relacionamos con la congregación, con otros líderes, y aun con Dios; todo es determinado por la visión que llevamos en el corazón.
  • Una visión determina cómo ministramos.
    Nuestra manera de dirigir, de predicar y enseñar, de discipular y equipar, es delimitada por la visión que Dios nos ha dado. Por ejemplo, el que no tiene y no opera bajo el poder de una visión sólo predica “sermones”; mientras el que la posee predica o enseña estratégicamente, para llevar a la iglesia hacia el cumplimiento de la visión. Toda acción del líder visionario se alinea con su visión.
  • Una visión llena nuestra vida de propósito.
    Una persona de visión, cuando se levanta cada mañana, no tiene que preguntarse ¿qué debo hacer hoy? La visión que tiene ha llenado su corazón de propósitos, Su trabajo no es una carga, sino un gozo. No pierde el tiempo haciendo “muchas cosas buenas”, pero sin relación a su propósito y visión.

Un hombre contaba a su amigo el problema que tenía con la vista. Decía que veía miles de puntitos. El amigo le preguntó si había visto un oftalmólogo. El primero, después de enfocar los ojos intensamente replicó, “no, no lo veo. Solamente veo puntitos”. Cuando nosotros no tenemos una visión clara, sólo vemos “puntitos” en vez de ver lo que Dios desea revelarnos de sus planes y deseos para nosotros.

II. La diferencia entre visión y misión

Entendemos mejor lo que es visión cuando vemos la diferencia entre visión y misión. Las dos son importantes, pero no son una y la misma cosa.

Por ejemplo:

  • Visión es ver lo invisible; misión es la acción de hacerlo visible.
  • Misión es el compromiso necesario para que la visión se cumpla. Es lo que uno tiene que hacer antes de que se haga realidad.
  • Visión contesta la pregunta: ¿Qué veo? Misión contesta la pregunta: ¿Qué debo estar haciendo para que la visión se cumpla?

III. El costo de no tener visión

Si tener visión nos enriquece, la falta de ella nos empobrece porque nos roba lo que Dios desea dar a su pueblo.

  • A muchos creyentes les falta la visión para ver y recibir todo lo que Dios ha provisto para su vida cristiana, su matrimonio, su familia, y su ministerio.
    ¿Cómo pudo Moisés dejar Egipto, dar la espalda a las riquezas de Egipto y “los deleites temporales del pecado”, sufrir en el desierto, volver a Egipto, soportar las quejas del pueblo por 40 años, etc.? Porque tenía puesta la mirada en el galardón, y se sostuvo como viendo al Invisible (Hebreos 11:25-27). La visión de un pueblo libre, de una nación nueva y santa, y de un pueblo escogido por Dios, lo sostenía.
  • Los líderes en las iglesias locales deben ser personas de visión.
    La razón por la cual la Iglesia del Señor Jesús no avanza más y con mayor impacto en el mundo, es la falta de fe y visión en su liderazgo. Visión en los líderes inspira confianza en los seguidores. Cuando éstos ven que los que están al frente avanzan con valor, fe y visión, nada puede bloquear su paso hacia la victoria en Cristo y el cumplimiento de sus propósitos.

IV. Lo que impide tener visión

Existen por lo menos tres obstáculos que bloquean la capacidad de abrazar adecuadamente una visión:

  • El conformismo religioso.
    Mantenerse en una rutina religiosa, ligados a un costumbrismo tradicional. No esperar en Dios lo suficiente para recibir su visión para nosotros y nuestro ministerio. Si no tenemos una visión clara de lo que el Señor desea hacer a través de nosotros, debemos esperar de rodillas para recibirla de él y luego definirla, digerirla e implementarla. Las iglesias que no están creciendo han perdido la visión de crecer. Hay que renovar o pedir a Dios una visión
  • Tener una mentalidad de “límite”.
    Hay una historia que arroja luz sobre este tipo de mentalidad. Dos hombres se encontraban pescando en un lago. Uno se quedaba con los pescados pequeños y los grandes los volvía a echar al agua. Su compañero, al observar esto, le dijo: Hombre, lo estás haciendo al revés; se queda uno con los grandes y echa los pequeños de nuevo al agua. El primero replicó: Si entiendo, pero mi sartén sólo tiene 15 centímetros. Cuando Dios nos da una idea o visión grande, a veces la “echamos al agua” porque no cabe en nuestra mente. Necesitamos una fe que estire y agrande nuestra mente para poder recibir de Dios una visión más amplia. Es necesario cambiar nuestro “sartén” por uno más grande.
  • No estar abiertos a cosas nuevas.
    Una mente cerrada impide que Dios pueda depositar en ella algo nuevo. El profeta Isaías dijo: He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz… (43:19). El pueblo se gloriaba en el rescate de Egipto bajo el liderazgo de Moisés. Jehová era conocido como “el Dios que sacó a su pueblo de Egipto”. Pero ahora el Señor deseaba hacer una nueva proeza: sacar a su pueblo de Babilonia para restaurarlo nuevamente en Israel. Les exhorta: No os acordéis de las cosas pasadas (el éxodo), ni traigáis a memoria las cosas antiguas (milagros en el desierto). En otras palabras les dice: “déjenme hacer algo nuevo, no estén siempre mirando atrás”. Seguir la tradición en vez del Espíritu nos puede dejar atorados en una rutina estéril.

Conclusión

Nuestra visión debe tener cuatro dimensiones.

Debemos:

  1. Mirar hacia afuera para ver las multitudes, las necesidades de la gente, la cosecha, el potencial, etc.
  2. Mirar hacia arriba para ver la ilimitada provisión de Dios para respaldarnos.
  3. Mirar adentro, para ver si en nosotros hay algo que impide o bloquea lo que Dios desea hacer por medio de nosotros.
  4. Mirar hacia adelante para ver las grandes posibilidades y el futuro que nos espera.

Bibliografía: Larry Schnedler. Establezca su Iglesia.

fuente: Aviva 2014 – edición 13

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