E n el Edén la serpiente sembró en Adán y Eva la ambición del poder, su decisión de autoexaltación, de ser como Dios pervirtió su inteligencia y desfiguró su personalidad y en este estado altamente vulnerable quedó a la deriva, atrapado en el impetuoso oleaje del mal.

Desde entonces una de las tentaciones que ha hecho abdicar a los siervos de Dios es el poder, el que con una buena dosis de orgullo y egoísmo se ha enseñoreado del ser humano y está pertrechado a las orillas de los caminos para morder el calcañar a los caminantes de la segunda milla.

El rey Saúl incubó este tóxico virus, este deseo embriagante y seductor de “ser grande” y en su oxidada prisión de obsesión paranoica de poder, resolvió quitarle la vida a David, porque lo veía como un potencial enemigo para su reinado. Pero usted lo sabe, el cetro era demasiado pesado para su mano, y la corona de rey le quedaba grande.

El poder es un artístico camuflaje que confunde ambición con visión, a la avaricia le llama fe, a la manipulación le llama orden; y a la ventaja, favor divino.

¿Puede una persona que, de la noche a la mañana, se convierte en ministro de absoluto honor, digerir un cambio tan radical? Y sin maduraciones ni transiciones es puesto en un coto de poder, ahora como un siervo de influencia y autoridad en su geografía de “dominio”, su iglesia, ¿es esto sano? ¿Nuestro esquema mental puede a tiempo hacer el análisis y la estructura correcta al cambio e información recibida? ¿No será esto la causa de adulterios, robos a la denominación y ahora los desertores, los apóstoles de redes?

Observaré ahora la tentación de un hombre que tenía más fuerza que cerebro, más agilidad que santidad, más incongruencia que sentido común, hablo de Sansón y su tentación: la mujer. Pero para referirme a esta hermosa creación de Dios, cito a Napoleón, que en una de sus cartas escribió: Despierto lleno de pensamientos sobre ti, tu retrato y la intoxicada tarde que pasamos ayer han dejado mis sentidos en la agitación.

Adiós, mujer, tormento, dicha, esperanza y alma de mi vida, que amo, que temo, que me inspira sentimientos tiernos y movimientos impetuosos tan volcánicos como el trueno. Dulce e incomparable Josefina.

Puedes imaginar cómo se encontraba la mente de Napoleón; como la mente de cualquier ser humano que puede quedar atrapado por el tergal y la seda de una mujer. La mente es un lugar de trincheras y emboscadas, ahí serpentea el inherente dolo de la lascivia que envuelve, abruma y ahoga y da a luz a la tentación sexual, que se convierte en un sometimiento atraído, que tiene una fuerza tal de arrastre que puede romper algunos fuertes anclajes de convicción, infectando la moral y destituyendo a la pureza.

Debemos de cuidar nuestra mente, estableciendo códigos de conducta:

  1. No hagas provisión en tu mente Vestíos del Señor Jesucristo y no proveáis para los deseos de la carne. Evita ser tan “caballero”, no lleves a su casa a las viudas jóvenes, no vayas tan noche para ver qué se les ofrece, no te preocupes aunque haga mucho frío; ellas tienen con que taparse.
  2. No te ubiques en el sitio incorrecto ¿tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan, andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen? No seas un “buen samaritano”, no aconsejes a las mujeres que tienen problemas conyugales en un restaurante, y a solas, y mucho menos profundices en cuestiones que no necesitas saber.
  3. No disfraces las tentaciones, eres un “superespiritual” y estás preocupado por una mujer que no ha llegado a la iglesia, pero que tú sabes muy bien que ella “anda muy mal”, y desde luego vas a ir sólo, no sea que le “brinque un espíritu” y le entre a tu esposa, y tú la quieres cuidar.

Concluyo estas dos tentaciones: “el poder“ y “el deseo sexual”, no deben ser subestimados, porque han sido aguijón y sepulcro para muchos incautos. Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida

fuente: aviva 2014 edicion 10

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