EL LLAMAMIENTO DE LA IGLESIA — Pbro. Samuel Vázquez S.

Martín Lutero dijo las siguientes palabras durante su juicio: Ya que su serenísima majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla, clara y precisa, voy a darla, y es ésta: Yo no puedo someter mi fe ni al papa ni a los concilios, porque es tan claro como la luz del día que ellos han caído muchas veces en el error así como en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo cual, si no se me convence con testimonios bíblicos, o con razones evidentes, y si no se me persuade con los mismos textos que yo he citado, y si no sujetan mi conciencia a la Palabra de Dios, yo no puedo ni quiero retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!

Agradezco a los editores esta oportunidad de escribir en la revista oficial del Concilio por corresponder el criterio u orden de invitación a los Tesoreros de Distrito, y quien suscribe ocupa ese cargo en el Distrito Yucatán, al invitarme me comunicaron que el tema que me fue asignado era El Llamamiento de la Iglesia dentro del tema general La Iglesia. Escribir o predicar sobre el llamamiento de la iglesia es muy amplio, por ejemplo podría haber escogido escribir en términos generales: la iglesia está llamada a ser la sal de la tierra (Mateo 5:13); la luz del mundo (Mateo 5:14); a ser santa (1 Pedro 1:16); a predicar el evangelio y hacer discípulos (Mateo 28:19), a amarse (Juan 15:12), a esperar la venida del Señor (Apocalipsis 22:17) y otros muchos llamados más.

Pero el aspecto que quisiera abordar brevemente es que la iglesia está llamada a crear, a producir, a desarrollar entre sus miembros un aspecto muy importante como lo es la conciencia. Es decir, lograr que los creyentes adquieran conciencia en todo los aspectos de la vida. Porque uno de los riesgos de la globalización, y de la masificación contemporánea es la conversión y discipulado en masa de los creyentes, sin enseñarle a tomar conciencia individualmente de las cosas de Dios, de la vida y en el peor de los casos sin razonar ni pensar las cosas.

Quizá habrá quienes se abstengan de enseñar la toma de conciencia, porque prefieren gentes sometidas, que no piensen, que no indaguen, que no cuestionen, que se sometan a la palabra del líder, pero lo anterior es contrario a nuestra herencia protestante, que enseñaba a la gente a razonar a tener una conciencia de las cosas. Los manipuladores, vestidos de pastores y líderes religiosos, prefieren a la gente que no pregunte, que no cuestione, que crean en sus palabras sin preguntar el porqué de las cosas.

Un ejemplo clásico e inicial de esta toma de conciencia lo hallamos en las 95 tesis que el reformador Martín Lutero el 31 de octubre de 1517 enarboló en Wittemberg, en contra de la venta de indulgencias papales, en las que resaltan algunos aspectos fundamentales, su enérgica protesta por la comercialización de la fe, la ignorancia del pueblo y de muchos poderosos que se “tragaban” los decretos de Roma sin cuestionarlos ni razonarlos siquiera. Por eso algunas de las tesis empiezan con las palabras: debe enseñarse o hay que instruir o hay que enseñar. Planteado desde esta perspectiva para Martín Lutero la ignorancia y la falta de conciencia era el enemigo a vencer. Por usar un término contemporáneo, había que acabar con el borreguismo y sembrar en las mentes y corazones de la gente una conciencia y libertad de pensamiento, de libre albedrío que chocaba con la masificación romana y choca aún con la de nuestro tiempo.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua, da diversas acepciones de la palabra conciencia, por ejemplo dice que la conciencia es la propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta. Pero hay una que dice que conciencia es el conocimiento reflexivo de las cosas. A esa conciencia me refiero, y afirmo que la iglesia está llamada a crear en sus miembros el conocimiento reflexivo de las cosas es decir, por qué creemos lo que creemos, por qué hacemos lo que hacemos. El pensamiento protestante es reflexivo y de libertad.

En Daniel capítulo 3 encontramos un claro ejemplo de esa conciencia reflexiva y de libertad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, le dicen al rey Nabucodonosor: Y si no sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado. Conciencia de lo que eran, que Dios podía librarlos del horno de fuego. Pudieron haber sido del montón y no lo fueron, hacer lo que todos y no lo hicieron. Reflexión y libertad, aunque la vida iba en juego, pero confiaban en Dios, que no los iba a dejar. Juan el Bautista, en Lucas capítulo 3 predicaba mensajes que producían conciencia, reflexión: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer haga lo mismo. Les dijo a los soldados no hagan extorsión, no calumnien, estén contentos con su salario. Eso era crear soldados pensantes, reflexivos. Diferentes al montón y al pensamiento común entre las tropas, de aprovechar el oficio para delinquir.

Y qué decir del Señor Jesús que en muchas oportunidades creó una conciencia diferente, reflexiva, la del nuevo pacto, más allá de la ley. Como por ejemplo: dar al César lo que es del César; dar la otra mejilla al que te hiera, llevar la carga dos millas; hasta saludar a los enemigos, dar de comer al hambriento; ayudar a los forasteros, visitar a los presos y a los enfermos. Jesús vino a traer a la humanidad una nueva conciencia, con un conocimiento reflexivo de las cosas.

Pablo también aporta la libertad de conciencias en sus epístolas, en muchos aspectos, e incluso cuando él decide apelar al emperador romano para ser enjuiciado en la capital del imperio, por ser ciudadano romano. Pero también en las epístolas de Santiago, Pedro, Juan, hay principios bien claros de que los creyentes tenían que desarrollar una conciencia reflexiva basada en la Palabra de Dios.

Conclusión

El desafío para nosotros, si Cristo no viene, es crear una generación que sea formada con libertad de pensamiento reflexivo y que desarrolle su propia conciencia de la vida cristiana y de lo que suceda. Lo reclama nuestra herencia cristiana y protestante. Usemos los métodos que mejor nos gusten para crecer y aumentar la grey de Señor, pero enseñémosles a pensar, a desarrollar una conciencia reflexiva, individual y de libertad. No tengamos el temor de que se atrevan a pensar por sí mismo ni que razonen libremente. Jesús dijo: Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. ¡A eso también hemos sido llamados!

fuente: Aviva 2014 – edición 12

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