LOS CREDOS capítulo 1 de nuestra declaración de fe

LOS CREDOS

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras 1 Cor. 15:3-4).

LA FORMACIÓN DE LOS CREDOS

La palabra credo viene de un término latino que significa yo creo. Y consiste en una declaración hecha con autoridad de los artículos principales de la fe cristiana.

Los verdaderos creyentes siempre han hecho declaraciones condensadas de su fe. Con la muerte de los apóstoles y al cerrarse el canon de las Escrituras. se fue haciendo necesaria la elaboración de un credo donde se plasmara en un resumen las doctrinas principales de la fe cristiana, y de esta manera preservarla de las falsas enseñanzas que la amenazaban.

EL CREDO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

El judaísmo confesaba la absoluta unidad y singularidad de Jehová por medio de un credo sencillo al que llamaba Shaina, el cual es tomado lite- ralmente de la Biblia, dice: Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas (Dt. (3:4-9). Este credo fue introducido en todo el pueblo de Israel hasta que se estableció la costumbre de recitarlo dos veces al día.

EL CREDO EN EL NUEVO TESTAMENTO

Los símbolos de la iglesia, como también se le llama a los credos desde tiempos antiguos, consistían en Declaraciones de Fe y adoración contenidas en el Nuevo Testamento. Con la confesión Jesús es Señor (Ro. 10:9; 1 Cor. 12:3), los cristianos del primer siglo reconocieron que debían hablar de Jesús de Nazaret en los mismos términos que de Jehová, con todos los atributos y majestuosidad que el Antiguo Testamento le atribuye a Dios.

Desde los primeros días del cristianismo ya había una temprana declaración de fe. Cuando Felipe le compartió el evangelio al etíope eunuco, encontró una disposición para aceptar la salvación, de tal forma que llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Entonces aparece la declaración de fe que tal parece se pedía de todo recién convertido; esta declaración representa una afirmación cristiana bautismal de la iglesia naciente: respondiendo, (el etíope) dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios (Hch. 8:35-37).

Otras formas de credo que el Nuevo Testamento contiene afirman la encarnación de Cristo, su muerte salvadora y su gloriosa resurrección: Acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos (Rom. 1:3-4).

A finales del primer siglo en su lucha contra la herejía del gnosticismo (doctrina que afirmaba que Jesús era una representación de Dios y por consiguiente, no había venido en carne), el apóstol Juan elabora una declaración de fe contundente que no sólo refuta el error, sino además enfatiza la sana doctrina: En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios (1 Jn. 422-3).

Otro de los pasajes que contiene grandes declaraciones de fe sobre la humillación y exaltación de Jesucristo es el que presenta el apóstol Pablo a la iglesia de Filipos: …el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojo a sí mismo, tomando forma de Siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:6-11). Hay indicios de que no sólo era un himno que se cantaba en las reuniones congregacionales y bautismales, sino además se esperaba que fuese memorizado y recitado por los recién convertidos.

Otra declaración temprana de fe que fue influyendo en la formación de los credos se encuentra en la carta a la iglesia de Corinto donde se afirma la unidad y la cooperación del Padre con su Hijo Jesucristo: Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él (1 Co. 8:6).

Finalmente hay en el Nuevo Testamento declaraciones confesionales trinitarias que llegaron a ser la fuente para la elaboración de credos posteriores. Una de ellas es la formula bautismal descrita por Jesús en la gran comisión: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19). También encontramos otra declaración en la bendición apostólica expresada por Pablo en su segunda carta a los corintios: La gracia del Señor jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén (2 Co. 13:14).

LOS PADRES APOSTÓLICOS Y LOS CREDOS

Se les llama padres de la iglesia o padres apostólicos a los líderes que surgieron después de los apóstoles en los siglos que siguieron a la formación del canon, es decir, después de completarse el total de libros inspirados de la Biblia. Durante esta época se empezó a dar forma a declaraciones de fe más elaboradas. Surgieron predicadores, maestros y escritores conocidos como apologistas, quienes en medio de una proliferación de doctrinas falsas, elaboraban una colección creciente de enseñanzas en donde exponen la esencia de la fe cristiana.

Lo que los estudiosos llaman el antiguo credo romano. era una forma bautismal trinitaria ampliada: Creo en Dios el Padre todopoderoso y en Cristo Jesús su Hijo, nuestro Señor, y en el Espíritu Santo, la santa Iglesia y en la resurrección de la carne.

En los escritos de los líderes destacados de la época, tales como Ireneo, Clemente de Alejandría, Tertuliano e Hipólito, se encuentran algunas declaraciones bíblicas doctrinales llamadas las reglas de fe o la tradición. Éstas eran una colección informal de enseñanzas que se les proporcionaba a los recién convertidos.

EL PROPÓSITO DE LOS CREDOS

La formación de los credos cumplió con varios propósitos. Y contribuyeron al desarrollo de la iglesia. Algunos de los resultados que sobresalen son:
EN LAS DECLARACIONES DE FE. Se crearon credos como el de los apóstoles, el credo de Nicea y el credo de Atanasio, los cuales son declaraciones de fe elaborados para refutar herejías que surgieron en su momento.
EN EL BAUTISMO. Inicialmente los credos se usaban en un contexto bautismal. El responder a preguntas o recitar ciertas fórmulas que más tarde llegaron a ser fijas para el candidato al bautismo en su confesión de fe en Cristo. Además, los credos se usaban para discipular e instruir a los nuevos convertidos en los fundamentos de la fe.
EN REFUTAR LA HEREJIA.
Los credos también eran usados con fines confesionales, es decir, para refutar y poner al descubierto las enseñanzas falsas que atentaban contra la sana doctrina.
EN LA LITURGIA. Los credos desempeñaron un propósito litúrgico a medida que fueron recitados en varias partes de los servicios de adoración en las iglesias.

LA AUTORIDAD DE LOS CREDOS

Las iglesias ortodoxas orientales atribuyen autoridad a los credos de los siete concilios ecuménicos. Desde el primer Concilio de Nicea (325), hasta el llamado segundo concilio de Nicea (787). Las iglesias orientales no han aceptado los credos occidentales. Roma, por otro lado, reclama infalibilidad para todos sus pronunciamientos oficiales El credo de los apóstoles, el de Nicea y el de Atanasio eran conocidos tradicionalmente como los tres símbolos.
Según Roma, las antiguas fórmulas de credos contienen verdades reveladas por Dios y tienen autoridad para todos los tiempos.

Los reformadores protestantes aceptaron el credo de los apóstoles y los decretos de los primeros cuatro concilios en virtud de su concordancia con la Escritura, la única regla de fe y conducta.

EL CREDO APOSTÓLICO

Desde muy temprano la iglesia tuvo que luchar contra las desviaciones doctrinales que eran introducidas por personas sin escrúpulos. En aquellos primeros siglos llegaban a la fe gente de todo tipo de trasfondo religioso y cultural. Era de esperarse que estos conversos interpretasen el cristianismo según su formación anterior, pero algunos llegaban a tal extremo que despojaban a su nueva fe de su carácter único. Así empezó a surgir una sorprendente variedad de doctrinas que pretendían ser cristianas, pero que atacaban y olvidaban aspectos básicos de la fe.

La existencia de esta diversidad de doctrinas se manifestaron en el Nuevo Testamento, cuyos escritores se esforzaron en detener. La epístola a los Gálatas y a los Colosenses, toda la literatura de Juan y 1 Pedro dejan ver el vigor con que los primeros cristianos se opusieron a tales desviaciones.

Fue después del año 100 d.C., cuando ya no estaba presente ninguno de los apóstoles, que estas doctrinas se lograron desarrollar tanto que provocaron una reacción importante en la historia del pensamiento cristiano.

La necesidad de un credo cada vez se fue haciendo más urgente. Se deseaba condensar las doctrinas fundamentales del cristianismo, y dar respuesta a las enseñanzas falsas que surgían.

Entre las doctrinas que se refutaban se pueden mencionar la de los judaizantes, quienes prescribían la observancia de ceremonias judaicas. Los ebionitas, los cuales negaban el nacimiento virginal de Jesús. El gnosticismo, grupo variadísimo de doctrinas religiosas que negaban la humanidad de Cristo, afirmando que no pudo haber venido en carne, que era sólo una apariencia corporal y que sus sufrimientos y muerte no fueron reales.

Uno de los maestros más peligrosos de la herejía fue Marción. Él enseñaba que el mundo y la materia eran malos y que un Dios santo no podía ser su Creador ni vivir en él. También creía que el Dios del Antiguo Testamento no era el mismo que el del Nuevo Testamento. Según Marción, uno era justiciero y vengativo, mientras que el otro era amoroso. También  surgieron los montanistas quienes proclamaban una nueva revelación por obra del Espíritu Santo, y por otro lado, un grupo al cual se le denominó los monarquianos, pues defendiendo la monarquía de Dios negaban la divinidad de Jesús.

EL CREDO COMO RESPUESTA DE LA IGLESIA

Ante el impacto de las herejías que florecieron en el siglo II, los cristianos se vieron obligados a tomar medidas para evitar su propagación. Una de éstas fue la fijación del canon del Nuevo Testamento, es decir, hacer una lista fidedigna de los libros verdaderamente inspirados. Al mismo tiempo que comenzaba a forjarse el canon del Nuevo Testamento, iba formándose una fórmula que habría de ser luego el credo apostólico.

La teoría según la cual fueron los doce apóstoles quienes compusieron el credo, señalando cada uno una cláusula que debía incluirse en él, aparece por primera vez en la literatura cristiana en el siglo IV, y carece de fundamento histórico, pues desde sus inicios se sabe que aunque representa fielmente la doctrina apostólica, sin embargo, no fue escrito por los apóstoles. Al parecer el credo apostólico surgió no como una fórmula afirmativa, sino como una serie de preguntas que se le hacían al convertido en el acto del bautismo. Estas preguntas eran tres y seguían la antigua fórmula tripartita del bautismo. Al principio se limitaban a preguntar al que se bautizaba en agua si creía en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Pronto se vio la necesidad de que estas preguntas sirviesen para determinar la fe verdadera de quien recibía el bautismo. El punto que se debatía era sobre todo la cuestión cristológica. Se añadieron varias cláusulas a la segunda pregunta. De ese modo surgió una fórmula bautismal de carácter interrogativo: ¿Crees en Dios Padre. . .? ¿Crees en Cristo Jesús, el Hijo de Dios… 7. ¿Crees en el Espíritu Santo. .

ADICIONES AL CREDO APOSTOLICO

A pesar del paso de los años el Credo Apostólico casi no sufrió modificación alguna y las que hubo fueron variantes que no alteraban la sana doctrina. Para el siglo IV el Credo se declaraba de la siguiente manera: Creo en Dios Padre todopoderoso; y en Cristo Jesús único Hijo, nuestro Señor, que nació del Espíritu Santo, y de María la virgen, que bajo Poncio Pilato fue crucificado y murió, al tercer día, resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre, de donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos; y en el Espíritu Santo, la santa Iglesia, el perdón de pecados y la resurrección de la carne.

La única adición es la referente al perdón de los pecados. En cuanto a su forma se ha pasado de un credo interrogativo a uno afirmativo. Se deduce entonces que los rasgos esenciales de este credo ya se habían empezado a usar desde el primer siglo y los encontramos bien estructurados en los siglos siguientes. En cuanto a estructura, el credo es una extensión de la antigua serie tripartita de preguntas bautismales.

ANÁLISIS DE LA FORMACIÓN DEL CREDO APOSTÓLICO

Cada cláusula del Credo Apostólico enfatiza una verdad bíblica y refuta una o varias doctrinas falsas.

En la primera parte lo que se debe señalar es la unión de los términos Padre y Todopoderoso. El término griego que se emplea para señalar el carácter de Dios no significa simplemente Todopoderoso en el sentido de que tiene poder para hacer cualquier cosa que sea su voluntad, sino más aún, que todo lo gobierna. Contrariamente a lo que afirmaba Marción, el que gobierna todo el mundo es también el Dios Padre y no es posible separar entre un mundo espiritual en el que Dios reina y un mundo material que existe fuera o aparte de la voluntad de Dios.

De la segunda cláusula puede decirse que muestra interés en contrarrestar la falsa doctrina. En primer lugar el adjetivo posesivo su que se destaca en el texto griego más que en el castellano, establece claramente la identidad de naturaleza del Padre con su Hijo Jesucristo y como el Dios que gobierna el mundo, cosa que Marción negaba rotundamente.

Por otra parte, la referencia a María la virgen, que indudablemente excluía a los ebionitas quienes negaban el nacimiento virginal de Jesús y señalaba el hecho de que había nacido de una mujer, y de una mujer en particular; doctrina que la mayoría de los docetistas gnósticos no podían aceptar, pues ellos creían que Jesús no era real y que no había nacido en carne, sino que era una emanación. La referencia a Poncio Pilato como un modo de establecer una fecha, subraya el carácter histórico y no simplemente la expresión teórica de la crucifixión y sepultura de Cristo.

Por último, la referencia al juicio final contradice la doctrina de Marción de la distinción absoluta entre el Dios justo del Antiguo Testamento y el Dios amoroso y perdonador del Nuevo.

En la tercera cláusula la referencia a la resurrección de la carne es una clara argumentación y refutación a la herejía, pues tanto los gnósticos como Marción rechazaban la doctrina de la resurrección y hablaban en cambio de una inmortalidad natural del espíritu humano.

EL CREDO NICENO

Al estudiar la naturaleza de Dios algunos maestros llegaron a conclusio- nes equivocadas negando la divinidad del Hijo. Afirmaban que Jesús no era igual al Padre y por lo tanto, era un ser creado. Esto provocó la controversia arriana y la convocatoria al Concilio de Nicea donde se formuló el credo del mismo nombre, abordando la doctrina de la divinidad del Hijo.

ANTECEDENTES DEL CREDO NICENO

Arrio era un Presbítero que gozaba de cierta popularidad en la iglesia de Alejandría el cual colisionó con su obispo, Alejandro, sobre el modo en que debía interpretarse la divinidad de Jesús. Alejandro pensaba que la divinidad del Verbo encarnado debía salvaguardarse a toda costa, mientras que los contrarios tenían otros conceptos.

Arrio afirmaba lo siguiente: que el Hijo no puede ser una parte de la sustancia u otra semejanza al Padre, puesto que cualquiera de esas posibilidades negaría la unidad y la naturaleza inmaterial de Dios. Además, que el primogénito no puede carecer de principio, puesto que entonces sería un hermano y no un Hijo. Por lo tanto, sí tiene un principio y fue creado o hecho por el Padre de la nada. Antes de esa creación Cristo no existía. Entonces es incorrecto afirmar que Dios es eternamente Padre. Sin embargo, esto no quiere decir que no haya habido siempre un Verbo en Dios, es decir, una razón en la misma esencia de Dios; pero este verbo o razón de Dios es distinto del Hijo, que fue creado después. Cuando se afirma que el Hijo es la sabiduría o Verbo de Dios, es cierto sólo en la base de la distinción entre el Verbo que existe siempre, como razón de la misma esencia de Dios, y ese otro verbo que es el primogénito de toda criatura. Aunque todas las cosas fueron hechas por el Hijo, quien fue hecho por el Padre, y es una criatura y no Dios en el sentido estricto del término. Estos conceptos arrianos niegan la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y se interesaban sobre todo en afirmar la absoluta humanidad de Jesús. Deseaban que esa divinidad se expresara en términos tales que los creyentes pudieran imitarle y repetir sus acciones.

Para Arrio era importante que el Hijo lo fuera por adopción, de tal modo que nosotros pudiéramos seguirle y ser también hijos adoptivos. Aunque al paso de los años su doctrina se fue deformando cada vez más, si se interpreta el arrianismo original no como una especulación sobre la divinidad, sino más bien como surgido de un modo particular de entender la obra de Cristo, es posible comprender el atractivo que el arrianismo tuvo para las masas en Alejandría.

CONVOCATORIA AL CONCILIO DE NICEA

La controversia radicaba en afirmar que Jesús no era Dios por naturaleza, sino una criatura que fue hecha divina por adopción. Precisamente en este punto su Obispo Alejandro consideraba que el arrianismo era inaceptable y tendía a subrayar esta grave afirmación haciendo visible su inconsecuencia con la Palabra y los resultados negativos de esta doctrina sobre aspectos importantes como la trinidad y la salvación.

A pesar de todo la doctrina que negaba la divinidad del Hijo logró amplio apoyo entre el pueblo alejandrino, quienes iban por las calles cantando hubo, cuando no lo hubo. Lo que este cántico significaba es que el Verbo de Dios era creado y no eterno. Alejandro, por otra parte, atacó esta doctrina con todas las medidas a su disposición y tras una serie de acontecimientos convocó a un sínodo en el cual casi un centenar de obispos estuvo presente y fueron ellos quienes condenaron y depusieron a Arrio. Sin embargo, este último no se dio por vencido, sino que escribiendo a sus compañeros logró el apoyo de Eusebio de Nicomedia, quien era influyente en aquel sínodo y lo recibió en su diócesis y le concedió su protección a pesar de todas las protestas del obispo de Alejandría. De este modo la disputa se volvió un cisma que amenazaba con afectar a toda la iglesia.

Las noticias que llegaban del disidente alarmaron a Constantino, que había esperado que el cristianismo unificara al imperio, ya que anteriormente había sufrido la decepción de verse obligado a intervenir en un cisma por motivos doctrinales. Esta nueva amenaza de división, por razones que no alcanzaba a comprender, le exasperaba. Por eso decidió enviar al oriente a su consejero en asuntos religiosos, Hosio de Córdoba, armado de unas cartas en las que el emperador pedía a las partes contendientes que resolviesen su disputa pacíficamente. Cuando Hosio le informó que las razones del altercado eran profundas, y que éstas no podían ser resueltas por meros esfuerzos de reconciliación, Constantino decidió convocar un concilio de obispos que trataría, además de la cuestión arriana, toda serie de problemas que requerían solución.

El Concilio se reunió en la ciudad de Nicea de Bitinia en el año 325, y la asistencia fue de más de 300 obispos. Para estos obispos. la mayoría de los cuales había conocido la persecución, esta asamblea bajo los auspicios del imperio era un verdadero milagro. Los más distinguidos de entre los ministros de Dios de todas las iglesias en Europa, África y Asia estaban allí reunidos.

LA CONTROVERSIA EN EL CONCILIO DE NICEA

De los obispos que asistieron al Concilio pocos tenían opiniones firmes acerca de lo que había de discutirse. Por una parte estaba el pequeño grupo encabezado por Eusebio de Nicomedia, puesto que Arrio no era obispo y no era miembro del Concilio. Del lado contrario el grupo encabezado por el Obispo de Alejandría, quien iba dispuesto a defender la doctrina de la divinidad eterna del hijo. Pero la mayoría no parece haberse percatado de la gravedad del asunto. Además el emperador, cuyo interés estaba en la unidad del imperio más que en los asuntos relacionados con Dios, se inclinaba a buscar una fórmula que fuese aceptable para el mayor número posible de obispos.

No obstante los arríanos, que después sabrían actuar con más tacto, interpretaron mal el sentir de la mayoría y esto ocasionó su caída. Al parecer Eusebio de Nicomedía, creyendo que esa era la mejor política, leyó ante la asamblea una exposición de la fe arriana en su forma más extrema. Ante tal exposición la indignación de los obispos fue grande y desde ese momento la causa arriana estuvo perdida. Sobre esta base se trató de producir un documento que haciendo uso de citas bíblicas declarase que el Hijo no es una criatura; pero los arrianos cambiaban la interpretación de todos los textos. Fue entonces que el emperador intervino y sugirió que se añadiese el término consubstancial (homousios), a fin de aclarar el carácter divino del Hijo. Con esta indicación (que es posible que haya sido sugerida al emperador por Hosio de Córdoba), el credo que Eusebio había propuesto fue revisado y transformado por un grupo de obispos que estaban decididos a mantener la pureza de la doctrina bíblica. El resultado fue el credo que con el tiempo adquirió el nombre de la ciudad donde se elaboró, el credo de Nicea o credo niceno.

LA INTERPRETACIÓN DEL CREDO NICENO

¿Cómo interpretaban los obispos reunidos en Nicea este credo? Para los teólogos de occidente el término homousios debe haber sido una traducción aproximada de la unidad de sustancias que había venido a ser doctrina tradicional en el occidente, aunque esta interpretación no corresponde a la realidad del problema que se debatía que era la divinidad del Hijo más que la unidad del Padre y el Hijo. La mayoría de los obispos que temían más al sabelianismo (movimiento fundado por Sabelio, durante el siglo III, quienes estaban en contra de la doctrina trinitaria) que al arrianismo dieron su apoyo a esta declaración pensado en el impacto negativo que les produjo la afirmación de fe leída por Eusebio de Nicomedia. En cierto sentido también por la presencia del emperador y ante una interpretación de homousios como una afirmación definitiva de la divinidad del Hijo.

Aunque en el papel esto solucionó la situación, la práctica demostró que era necesaria mayor firmeza y unidad en la declaración doctrinal. Por más de 50 años el arrianismo continuó con fuerza en el seno de la iglesia hasta que el Concilio en Constantinopla en el año 381 confirmó con argumentos más sólidos el credo de Nicea.

CONCLUSIÓN

En términos generales los credos exponen lo que siempre se ha creído, en todas partes y por todo el mundo. Pero finalmente aun las mejores fórmulas humanas deben ser regidas por la Palabra infalible de Dios. En suma, por virtud de su concordancia general con la Escritura, los credos con sana doctrina proveen un resumen valioso de las creencias cristianas universales, refutando aquellas que son ajenas a la Palabra de Dios. Los credos son benéficos para la instrucción y la adoración cristiana.

La amenaza de las herejías provocó toda una serie de reacciones que tendría grandes consecuencias para la vida futura de la Iglesia. El credo apostólico y la formación del canon del Nuevo Testamento son dos de estas reacciones y nos muestran el celo con que la iglesia de ese tiempo defendió la fe. En la actualidad enfrentamos retos que demandan que con diligencia atendamos a lo que a nuestra fe se refiere, para conocerla y defenderla con celo y sabiduría.

El valor de este credo y su confirmación es incalculable. La preservación de la sana doctrina se logró por la intervención directa de Dios al usar a sus siervos como elementos fundamentales en cada etapa de la iglesia. Podemos agradecer al Señor su provisión y disponemos a defender la fe recibida con la misma convicción.

fuente: Nuestra declaración de Fe, de las Asambleas de Dios Mexico.
transcrito y formato para web.

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