Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo. —Hebreos 3:12

La incredulidad es comparable a una devastación climática, un tsunami, huracán o un tornado; a su paso va sembrando mortandad. Como siervos de Dios estamos en la mira de ella porque ha sido vomitada por el infierno para destruir nuestro ministerio, vida y predicación.

La incredulidad paraliza. Hace que los ministros detengan su caminar hacia el propósito de Dios. Es una fuerza espiritual que provoca o trata de lograr que nos movamos en la dirección opuesta a la que el Señor nos ha dicho que debemos ir; sencillamente trata de lograr que nos quedemos inmóviles, sin expectativas y anhelos de fe, que no avancemos para nada en nuestro caminar en el servició al Señor.

La incredulidad funciona como una semilla, que una vez plantada, principia a crecer, abarcando y cubriendo todo el corazón hasta asfixiarlo para terminar separándolo de Dios.

En muchos lugares nuestras reuniones se han vuelto deprimentes. Nuestro número de creyente está disminuyendo porque más los efectos de la incredulidad y más pastores están abandonando el camino de la fe. Ya no se escucha una Palabra de Dios. Y muchos siguen su ministerio sintiéndose desesperanzados y fracasados. Ellos han perdido todo gozo.

A razón de esto se puede ver que la principal causa bíblica para que un siervo del Señor fracase es la incredulidad. La incredulidad fue la única razón que Jesús mencionó como impedimento para poder hacer milagros: “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos” (Mateo 13:58). Sin lugar a dudas podemos afirmar que un gran número de pastores y líderes no han cumplido sus deseos en el Señor por causa de la incredulidad. Ahora bien ¿será que Dios puede hacer unas cosas y otras no? Definitivamente no. La Biblia dice en: Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará? (Isaías 43:13) Nadie podrá detener a nuestro Dios porque él es todopoderoso y no hay nada imposible para él.

Pero hay una cuestión importante que no podemos pasar por alto. Que mi incredulidad en el ministerio sí limita que él haga su obra en mí. La incredulidad puede detener el mover de Dios en nuestras vidas.

Recordemos también el hecho cuando los 12 espías fueron a inspeccionar la tierra prometida. ¿Cuál fue el resultado de esa investigación? Diez de ellos traían un mensaje negativo de la tierra, pero dos de ellos le creían a Dios. (Números 13 y 14). Por causa del informe incrédulo se acobardaron y se rebelaron contra la voluntad perfecta de Dios. Provocaron el desaliento del pueblo alargando sus bendiciones y recibieron el justo castigo de Dios.

Podemos también escribir, que la incredulidad es algo que Dios detesta y contribuye a nuestro mal. ¿Sabe por qué? Porque la incredulidad hace que él se vea pequeño, débil y malo. Cuando usted dice: “yo no creo”, usted le está diciendo al Señor: “Tú no eres capaz de hacerlo”. Vemos en Éxodo 17, que Israel llegó al desierto llamado Sin. No había señal de agua apta para beber, y el pueblo reprendió amargamente a Moisés: “Danos agua para que podamos tomar” (Éxodo 17:2). Ellos trataron al siervo de Dios como si fuera su obrador personal de milagros como un chamán. Sin embargo, ninguno de ellos acudió al Señor en oración. Nadie dijo, “Miren, recuerdo que Dios ha obrado muchos milagros de agua para nosotros. Él partió el Mar Rojo para salvarnos de Faraón. Y él endulzó las aguas amargas de Mara.

Seguramente que aquí también él proveerá agua potable para nosotros.” Estoy seguro que usted conoce el resto de la historia. Dios dijo a Moisés que se parara delante de una roca y la golpeara. Cuando lo hizo, fluyeron ríos de agua, más que suficiente para calmar la sed del pueblo. Pero el Señor puso un nombre a este episodio de incredulidad. Él llamó aquel lugar Masah, que significa provocación, Dios estaba diciendo a Israel, “Tú me has exasperado totalmente con tu incredulidad.” Por favor ¡entienda!, el Señor no estaba aquí solamente afligido; él estaba exasperado hasta el punto de enojarse. Siervos y siervas, Dios nos libre de cometer semejante osadía y pecar contra nuestro Dios por nuestra incredulidad.

Así mismo, recuerde la historia del piadoso Zacarías, el padre de Juan el Bautista. Fue un fiel sacerdote que sufrió a causa de un episodio de incredulidad. Su historia ilustra precisamente cuán seriamente Dios toma este pecado. La escritura dice que Zacarías fue Justo delante de Dios, y andaba irreprensible en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor (Lucas 1:6).

Aquí está un hombre pío que vestía túnica ministerial, con una posición respetable y envidiable. Él ministraba ante el altar del incienso, lo cual representaba ruego y súplica, actos de pura adoración. Dios envió al ángel Gabriel a decirle que su esposa tendría un hijo. Gabriel dijo que el nacimiento de su hijo sería de motivo de regocijo para muchos en Israel, y le dio a Zacarías detalladas instrucciones sobre cómo criar al niño. Sin embargo, mientras el ángel hablaba, Zacarías tembló de miedo. De pronto, la mente de este hombre devoto se llenó de duda, y se rindió a una terrible incredulidad. Él le preguntó al ángel, ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada (Lucas 1:18). Dios no tomó amablemente la duda de Zacarías, y él dictó sentencia al sacerdote: Ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo (Lucas 1:20).

¿Qué nos dice este episodio? Nos dice que la incredulidad cierra nuestros oídos a Dios, aun cuando él nos está hablando claramente. Esto nos corta de una revelación fresca. Y nos impide una comunión íntima con el Señor, porque ya no oímos de Dios, no tenemos nada de que predicar o testificar. No importa cuán fieles o diligentes podamos ser.

Como Zacarías, traemos sobre nosotros mismos una parálisis de ambos oídos y lengua. Después del nacimiento de Juan, Dios soltó su lengua, y derramó alabanza a Dios y profetizó bajo el poder del Espíritu Santo (Lucas 1:64-79). ¡Que el Dios de la gracia suelte nuestra lengua! también a aquellos que por su incredulidad crónica, niegan el poder divino, entregándose a la influencia del error, la mentira y la maldad que los termina destruyendo totalmente.

Finalmente, seamos confrontados por este versículo en Hebreos: Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad (Hebreos 3:19). Sólo un pecado mantuvo a Israel lejos de la tierra prometida: La incredulidad. Canaán representa un lugar de reposo, paz, fruto, seguridad, plenitud, satisfacción, todo lo que un siervo de Dios ansía. Es también un lugar donde el Señor habla claramente a sus siervos, dirigiéndolos, Este es el camino, caminad en él. Es un espacio a futuro reservado a sus siervos, por tanto atendamos el consejo del escritor sagrado. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea al aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado (1 de Corintios 9:26-27).

A manera de epílogo podemos decir: Amados no estorbemos la obra de Dios en nuestra vida por nuestra incredulidad. Hay muchas más maneras de estorbarlo pero esta creo que es una de las principales armas que el enemigo utiliza para desanimarnos y desactivarnos.

Así que recuerde las promesas de Dios, deseche la duda, no limite a Dios y dele alabanza con todo su corazón

fuente: AVIVA 2013 – edición 8

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