Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los apóstoles: varones hermanos, ¿qué haremos para ser salvos? (Hechos 2:37).

El apóstol Pedro fue quien predicó este sermón en el fuego del primer avivamiento pentecostal. El mensaje fue tan ungido y lleno de contenido teológico que quienes lo oyeron fueron conmovidos a buscar más información y preguntaron: ¿Qué tenemos que hacer para ser salvos?

Cuando Esteban predicó (Hechos 6:8-10) la reacción de quienes lo escucharon fue diferente, al grado que: se enfurecían en sus corazones y crujían sus dientes (7:54). El mensaje que llega al corazón siempre producirá efectos diferentes e impredecibles. En cualquiera de los casos, nuestra predicación debe ser la solución inmediata a la necesidad de la gente que se siente sin esperanza y agobiada por el dolor, a fin de proyectarlos a la búsqueda de los valores eternos. Es fundamental que el predicador sea ungido con el poder del Espíritu Santo para que llegue al corazón. En la vida del apóstol Pablo encontramos grandes ense- ñanzas. El distintivo de su mensaje era una prédica clara, precisa y determinante; con el firme propósito de que éste llegara al corazón. Como siervo de Dios nos deja elementos importantes que nos sirven de ejemplo para que nuestro mensaje llegue también al corazón. En Hechos 20:18, 19, 23, 24 encontramos algunos de ellos.

1. La transparencia. Vosotros sabéis como me he comportado entre vosotros todo el tiempo (v. 18).

Para que el mensaje llegue al corazón y trascienda es necesaria nuestra trasparencia, es decir, que nada empañe la predicación del evangelio. Nuestra vida privada como creyentes y como ministros está ligada a la vida pública. Tenemos que ser muy cuidadosos para no afectar el crecimiento de la iglesia.

2. La humildad. Sirviendo al Señor con toda humildad… (v. 19).

Si queremos que la gente sea receptiva al mensaje, necesitamos ser humildes. El Señor Jesús dijo: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Muchas veces actuamos como si fuéramos dueños de la obra y nos infectamos del virus de la soberbia. Con frecuencia olvidamos que lo que somos y tenemos se lo debemos sólo a nuestro Dios. El apóstol Pablo dijo: soy lo que soy por la gracia de Dios. No olvidemos que la sencillez y la humildad son el marco de la verdadera grandeza.

3. El quebrantamiento. … y con muchas lágrimas… (v. 19).

El apóstol Pablo nos exhorta a ser sensibles a las necesidades de los demás y a la presencia de Dios. No podemos servirle con los mismos objetivos que hay en el mundo. Es tiempo de servir, pero con un corazón quebrantado para que el mensaje del evangelio llegue al corazón de la gente.

4. Las pruebas. …y pruebas que me han venido (v. 19).

Son inevitables en el ministerio. El apóstol Pablo nos dice que en la vida del creyente, no importa el nivel que tengamos, pasaremos por diferentes pruebas, rechazos, insultos, amenazas, tentaciones, enfermedades, pérdidas de seres queridos, etc. pero nada nos debe hacer claudicar. Tenemos que ser moldeados por Dios para poder ser instrumentos de su gloria a fin llevar un mensaje que toque el corazón de aquellos que lo necesitan.

5. La guianza del Espíritu Santo.

Salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio… (v. 23). Si realmente queremos que el mensaje toque el corazón de la gente para que se conviertan al Señor Jesucristo, es muy importante ser guiados por el Espíritu Santo. Como predicadores esto es esencial. Es bueno tener talentos, carisma, conocimiento, preparación teológica pero es mucho mejor depender de los recursos divinos.

6. El sacrificio.

Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo (v. 24). Pablo pensó que la vida no tenía valor a menos que se usara en la obra de Dios. El costo de seguir a Cristo implica sacrificio, pues tendremos oposiciones, amenazas, daños físicos e incluso el rechazo de nuestra familia. Pero sabemos que el trabajo en el Señor no es vano.

No perdamos la oportunidad de anunciar el mensaje glorioso de salvación. ¡Ese mensaje que llegue al corazón!

fuente: aviva 2014 – edición 10
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