Bueno, no tanto; cuando menos no todo el tiempo. Hablando de la naturaleza de la Iglesia, como para abonar hacia una eclesiología en el tercer milenio, no está exenta del sinsabor, aunque tampoco habría por qué esperar que así no lo fuera. Entre la promesa del entonces y la plena consumación del todavía no, se implica la crisis del día a día, pero el Maestro, al anticiparlo, nos insta a poner la confianza que lo vence o lo supera todo, al decir: pero confiad, yo he vencido al mundo.

La confianza es la naturaleza de la iglesia. La hay, cuando menos, para hacer competentemente la tarea (2 Corintios 3:4-6); para tener acceso a Dios por medio de la fe (Efesios 3:12); para que Cristo sea magnificado en nosotros (Filipenses 1:20); para presentar nuestras oraciones (1 Juan 5:14).

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La ἐκκλεσίαν τοῦ θεῦ (ekklesían tou teu, en su forma transliterada) que es como se escribe en griego la porción de Hechos 20:28 que la Reina Valera traduce como iglesia del Señor, de donde precisamente los padres conciliares tomaron esta expresión para darle el nombre bíblico que lleva nuestra denominación, porque la forma más precisa de traducción, aunque nosotros la ponemos en plural, es: Asambleas de Dios. Pues bien, estas Asambleas son enteramente concientes de que son ya cincuenta las generaciones de creyentes que se han sucedido desde aquel mandato redactado en forma y con los términos de un pacto: id, y haced discípulos… y la visión en ningún momento se ha hecho a un lado.

El transcurso de los siglos no ha mermado la fuerza sino al contrario. Los recursos allá han estado, fluyendo sin cesar. Desde siempre los embajadores de Cristo Jesús han estado enfrascados en ello de lleno, no exentos de adversidades pero inmersos de la gracia celestial. Porque Dios está con nosotros. Han habido gobernantes cuyo anhelo había sido que su legado de nación durara mil años, y ni a una centuria lo lograron. La Iglesia los ha trascendido y lo seguirá haciendo hasta que el Rey arrebate a ese pedazo de cielo en la tierra llamado Iglesia y la traslade a las moradas de una eternidad cuyo inicio disfrutamos desde ya a través de la reconciliación del Gólgota. Esto igualmente es lo de su naturaleza, el tiempo nunca la podrá hacer palidecer.

Es verdad, el Maestro estableció el basamento de la Iglesia en lo general pero es Pablo quien le da forma, estructura y gobierno a las congregaciones locales. Entendió muy bien el propósito divino de una iglesia local autogobernada, autosostenida y autopropagable pero sin autonomía sino bajo la subordinación a la dirección del colegio eclesiológico jerosolimitano, dándose de lleno a la misión que le consumía, pero dependiendo totalmente del poder de Dios. Nunca llevada a cabo la tarea por habilidosos, retóricos, egotistas, pactistas, pero siempre en el poder de la fuerza del Señor y en su divina y soberana elección. En este sentido el ungimiento en el Antiguo Testamento denotaba la elección para la misión de Dios, que se trataba de consagración o dedicación a su servicio exclusivo. Desde entonces ya se habla de la unción, que no es apotropaica cuando algunos la quieren hacer ver. Vamos, no es un rito ni una fórmula que aleje el mal o propicie el bien (como para algunos lo puede ser la cruz, la señal de la cruz, la Biblia abierta o las estacas). La gente mezcla sus inclinaciones y fascinaciones esotéricas u ocultistas con las Escrituras y les resulta lo que sea, hacen su propio camino. Pero no cabe duda que las alusiones tipológicas de la unción del Antiguo Testamento verían su cumplimiento en la obra neotestamentaria del Espíritu Santo, donde la luz reemplaza aquella sombra de los bienes venideros. Así, en la vida de Cristo y sus apóstoles y de los constructores del reino y de los viandantes del Camino había esta manifestación especial del Espíritu Santo, a la cual llamaban unción, que viene a ser esencial a la naturaleza de la iglesia, punto de partida donde la divinidad se glorificaba y se sigue glorificando en la humanidad del que sirve, a la que separaba para un fin bastante singular.

Así, ἔχρισέν (se lee éjrisen) es ungido; de ahí viene χριστός, que es Cristo en su forma transliterada, el ungido porque se le aplicó la unción. En el idioma del Antiguo Testamento equivale al término Mesías (se pronuncia mashíaj y significa ungido). Así lo testimonia Lucas 4:18-19. Más tarde Pablo también destaca que la aceptación de su apostolado no se basaba en recursos ni en habilidades retóricas, sino especialmente en la demostración del Espíritu y de poder (1 Corintios 2:4); esto era así, afirma, porque había recibido la unción de parte de Dios (2 Corintios 1:21).

Entendida así, la unción es la elección divina para una tarea, para un oficio determinado, acompañada con el poder para ministrar con eficacia, según el dictado y los propósitos del Espíritu Santo. Está la otra expresión de la unción, puesta a disposición de todos los creyentes pues ofrece ayuda para la fidelidad a la verdad y permanencia en la sana doctrina: Pero vosotros tenéis la unción del santo, y conocéis todas las cosas (1 Juan 2:20). En este lugar señala el comentario de la Biblia Pentecostal:

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A todos los hijos de Dios se les da la unción para ayudar a guiarlos a la verdad. Mientras los creyentes permanecen en Cristo y leen la Palabra de Dios, el Espíritu les ayuda a entender sus verdades redentoras. Así, los creyentes tienen dos salvaguardas contra el error doctrinal: la revelación bíblica y el Espíritu Santo. Aquí la unción es un acto soberano de la impartición del poder de Dios, habitualmente aplicado a personas consagradas, mediante el Espíritu Santo y por la intercesión de Jesucristo, para vivir en santidad, en el servicio cristiano y en la ministración eficaz y con poder de las verdades del evangelio, ayudando al ungido a permanecer en la verdad y en la vida eterna. La naturaleza divinamente manifestada en la iglesia pasa asimismo por la autoridad que le ha sido delegada y que ejerce no como propietaria sino como delegada o empoderada (Mateo 10:1; 28:28; 2 Corintios 10:8). La palabra es ἐξουσίας (exusías).

La naturaleza eclesiástica también es κράτος, fuerza, poder, dominio, aunque con implicaciones para sujetar la vida personal, dando paciencia y longanimidad (Colosenses 1:9-11). Es poder para el dominio propio. Está ἰσχύος (se pronuncia isjíos), que es tener fuerza, ser fuerte, resistir la adversidad y la oposición, como dice Efesios 6:10. Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder (krátos) de su fuerza (isjíos). No en el poder de nuestros recursos ni en la fuerza de la denominación ni en la capacidad de la gente. La unción es poder de Dios en obrar milagros, o poder milagroso, como se asienta en Hechos 1:8, pero recibiréis poder (aquí es δύναμιν), cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. ¡No es meramente ejercer un derecho ni recibir una autoridad: es fuerza más allá de la fuerza para servir con la fuerza del cielo! No dejemos pasar por alto que la obra del cielo ha de llevarse a cabo con los recursos y el poder de lo alto, nunca de lo bajo. ¿No fue acaso el profeta filósofo quien escribió: en mis alturas me hace andar? La NVI lo dice así: me hace caminar por las alturas. Es en la plenitud de la fe; en la totalidad de la comunión; en la felicidad de la vida; en la grandeza de los éxitos; en los impensables logros; en la gracia abundante; en el camino de eternidad.

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Allá es donde Dios eterno nos quiere y ha dado lo necesario a su iglesia para hacerlo. Así que, a superar los reveses, a sobreponerse a la adversidad, a sacar las fuerzas del cielo. Adiós a los abismos de desilusiones. Hay se ven valles de mediocridad. A un lado las cuevas de la conformidad. ¡Vamos a las cimas de nuestros montes! Sí, porque aunque seamos golpeados por la vida, junto con el profeta Abrazo (que al parecer es el significado de Habacuc), también nosotros decimos: con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza. ¡Amén! Muéstrenme a un ministro quejumbroso y les mostraré a alguien demasiado sumergido en su humanidad y un tanto distante de la unción santa. Pero con la unción yo expreso deserción y Dios confirmación; yo pongo la imperfección y Dios la perfección; yo contribuyo con mis errores y Dios con su infalibilidad; yo aporto egoísmo y Dios entrega total; yo soy experto en arruinar todo y Dios en componer todo; yo voy por el mundo cayéndome y Dios que me levanta y nos hace estar en pie. Es por su poder, por su gracia, por su unción en nosotros. ¡No somos grandes, pero sí hay grandeza en nosotros…! A veces el peso de la tarea es ligero como una pluma. En otras, es tan pesado como una pesada plancha de hierro. Amenaza con aplastar, con inmovilizar.

No puedes dejar de pensar en esa parte de 2 Reyes 19:3 que dice: los hijos están a punto de nacer, y la que da a luz no tiene fuerzas. Aparece el sentimiento de vulnerabilidad. ¿Entonces qué hace uno? Empequeñecerse ante el gran tamaño de la obra. Imaginar escenarios y no hallar la forma de avanzar. Pero además, orar, implorar, buscar una nueva llenura de la unción. Entonces viene ese relampagueo al corazón, a la conciencia, al espíritu: no te dejaré, ni te desampararé; harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Alguien te habla desde algún lugar indistinguible pero entendible: Haz lo que está en tus manos, y deja que yo me encargue de lo demás. Dios está en el asunto, porque es su asunto. Alabas, das gracias, confías y sigues adelante. Hay alguien en el cielo que está de tu lado porque estás en sus propósitos. Entonces haces del Salmo 90:17 una doxología a modo: Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma. Gracias, Señor. Finalmente, está la vocación hebraica de la iglesia. Dice Génesis 14:13. Y vino uno de los que escaparon, y lo anunció a Abram el hebreo… Así se le llamaba porque era un haivrí (un hebreo) porque cruzó del otro lado. Literalmente hebreo significa el que viene del otro lado, de donde toma viso de gentilicio para los descendientes de Abraham. De aquí la insistencia en el señalamiento de salir de, de cruzar al otro lado, como el que se hace en Génesis 11:31 Y tomó Taré a Abram su hijo (Nacor y Harán), y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán; y vinieron hasta Harán, y se quedaron allí. Este es el contexto de Josué 24:2-3. Y dijo Josué a todo el pueblo:

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Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños.Y yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río, y lo traje por toda la tierra de Canaán, y aumenté su descendencia, y le di Isaac. Es parte del ser de la iglesia la confianza, la continuación de la misión, el fortalecimiento de la congregación local, el moverse el poder del cielo, pero igualmente salir del contexto de origen, dejar a un lado las perspectivas personales, olvidar las formaciones socioculturales del ayer, abandonar la identidad mundana, cruzar al otro lado del río, a la otra orilla del mar, con el poder de Dios y en la comunión del Espíritu Santo.

Allá está la promisión hecha realidad y la omnímoda provisión del Señor. Nadie se quede atrás. Ninguno se conforme con menos. Hay que terminar rememorando la alabanza aquella: Cuando estés frente al mar y lo tengas que atravesar, Llama a este hombre con fe, solo él abre el mar. Hermano no tengas temor si detrás viene Faraón, Al otro lado tú pasarás y allí tu vas a entonar El himno de victoria. ¡Así sea…!

fuente: aviva 24 edición Julio 2017

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