Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego (Filipenses 4:6).

De acuerdo a Hechos 17:1 el apóstol Pablo, despues de pasar por Anfípolis y Apolonia, llega a Tesalónica, capital de la provincia Romana de Macedonia hacia el año 50; despues de fundar la iglesia en Filipos. Y como tenía por costumbre se dirigió a la sinagoga a predicar de Jesucristo, de su muerte y resurrección, y como resultado de la exposición de las Escrituras nace la comunidad de Tesalónica. El efecto que esto produjo en los judíos, celosos de ese lugar, fue una terrible persecución llevando algunos conversos ante las autoridades de la ciudad, gritando ¡Estos que trastornan el mundo entero han venido acá! (Hechos 17:5, 6) el clima de hostigamiento y violencia creció en Tesalónica, por lo que Pablo sale de ese lugar y llega a la ciudad de Berea; es por ello, que el apóstol, en la carta que escribe a los Tesalonicenses, les exhorta a orad sin cesar.

Para orar sin cesar necesito entender el concepto

La oración es el milagro de la comunicación entre Dios y nosotros, ésta no es unilateral por que no se cerraría el ciclo comunicativo como tal en su definición. El ejercicio de la oración presenta un proceso de transmisión y recepción de ideas en el particular aporte de los que se relacionan objetivamente, no es un discurso o monólogo, en el que yo hablo y hablo.

En este tipo de oración, el receptor es pasivo por que sólo escucha y no debemos faltarle el respeto a Dios convirtiéndolo en un depósito de oraciones en este caso no existiría la retroalimentación (mensaje de retorno) y si no lo hay, entonces mi oración fue de manera informativa y no comunicativa, en el sentido de relación, hablante-oyente, oyente-hablante.

Para orar sin cesar necesito aprender a escuchar su voz

He aquí estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡y cuan leve es el susurro que hemos oído de él! (Job 26:14). El oír, es uno de los sentidos del cuerpo; el escuchar, es una virtud que se desarrolla; el oír, te lleva al conocimiento; el escuchar, te lleva a la obediencia; al oír, tenemos activado el sistema auditivo; al escuchar, tenemos activado el corazón. Debemos orar sin cesar, pero debemos aprender a escuchar su voz, de tal forma que podamos decir como el profeta Samuel Habla Jehová por que tu siervo oye y no me refiero a entrar al síndrome del misticismo, porque éste hay que acotarlo; ni tampoco a esa patología de la alteración de la realidad y de la percepción escuchando voces.

El profeta Oseas escribió: Y conoceremos y proseguiremos en conocer a Jehová (Oseas 6:3). A las personas que conocemos, son con quienes nos relacionamos y con quien nos relacionamos son las personas a las que escuchamos. Jesucristo dijo: Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen (Juan 10:14) Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen (Juan 10:27).

La voz de la tormenta son los truenos, la voz de la poesía es la rima y la prosa y la voz de Dios ¿la alcanzas a escuchar? Sobrenaturalmente, él habla por medio de sueños, visiones y revelaciones; naturalmente, él habla por su Palabra, la cual es viva y eficaz. Mas cuando ves una flor abrirse puedes apreciar la palabra proceso; cuando ves el sol y la luna, en sus veinticuatro horas del día, escucharás la palabra ciclo. Jesucristo, cuando se refirió a las aves y los lirios del campo habló de la palabra provisión.

Para orar sin cesar debo desear estar con él

La fuerza de nuestro clamor mostrará nuestra pasión; el alcance de nuestra oración reflejará nuestra fe y la forma de expresarlo hablará del grado de intimidad que tengo con él. Es que la oración ¡No es una máquina para cumplir deseos! No es para cambiar a Dios a mi voluntad, mucho menos un departamento de quejas.

La oración es el tiempo en el que, en el silencio de mi corazón, una voz de timbre singular se escucha; lo conozco muy bien, en la tempestad a pesar de la tormenta la pude escuchar y es que fue más fuerte su voz que la del mismo trueno, lo escuché: ¡La voz de mi amado! He aquí él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados (Cantares 2:8).

La sensación que experimento y que recorre mi ser es siempre la misma, cuando él llega; su presencia destila sándalo y mirra, atrapa de inmediato mi espíritu, seduce mi alma; es que él llega con el viento y la luz, con la lluvia y el otoño, creando una atmósfera paradójicamente cálida y fresca, tersa y fuerte. Me siento tan bien en su presencia; firme como el monte de Sión, volviendo a vivir como la vara de Aarón y en un fuego abrazador, como la zarza de Moisés. Por esto y mucho más deseo estar con él y anhelo orar sin cesar (1 Tesalonicenses 5:17)

 

 

 

fuente: Aviva 2013 – Edicion 7

 

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