L a fidelidad es, hoy por hoy, una de las palabras más pisoteadas en todas las áreas de la vida humana. La infidelidad ha marcado la vida de la familia en todos los niveles. En los círculos empresariales hallamos empleados infieles, y las instituciones educativas tampoco han escapado a este mal. En el terreno religioso la deslealtad a los principios doctrinales ha llevado a muchos a crear un sinfín de herejías, luego estos promotores de falsas enseñanzas arrastran consigo a muchos creyentes en sus errores; todo por violentar los principios bíblicos. Y qué decir de la infidelidad en la mayordomía financiera, de la que no se escapan muchos creyentes. Al descuidar su responsabilidad, olvidan que un día, como Jacob, pactamos con Dios: …y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti (Génesis 28:22).

Al ir a la Palabra, encontramos que nuestro pacto de fidelidad con Dios en cuanto a la mayordomía financiera va más allá del dinero. Al leer los capítulos 28 y 29 del primer libro de Crónicas, vemos que David estableció un pacto de fidelidad con el Señor al declarar que le construiría un templo. Aunque este deseo no le fue concedido, él decidió ser fiel y generoso, pues adquirió un terreno a Ornan el jebuseo (1 Crónicas 21:24).

Este anhelo de su corazón de construirle casa a Jehová lo notificó a los súbditos del reino, quienes respondieron de manera positiva, trayendo para ese proyecto toda clase de materiales. El rey acumuló todas las donaciones en una cámara grande, pues no fue poco el material que el pueblo trajo para la obra de Dios, todo este donativo otorgado por el pueblo, se guardó para el momento de la edificación del santuario; los artesanos, albañiles y herreros estaban abastecidos de todo lo necesario. David mismo había iniciado desde tiempo atrás, de forma personal, su “guardadito”, él lo llama su tesoro: Además de todo lo que he preparado para la casa del santuario, es tan grande mi afecto por la casa de mi Dios que, en mi tesoro particular, tengo guardado oro y plata, y lo voy a dar para la casa de mi Dios (1 Crónicas 29:3). La voluntad de Dios fue distinta al deseo del cantor de Israel, pero él, al conocer el veredicto divino, con mucha fidelidad entregó aquello que pertenecía al Señor.

<-1535" title="Juan JPG Vol3 12372686752543218 N" /Juan_JPG_Vol3_12372686752543218_n.jpg" alt="Juan JPG Vol3 12372686752543218 N" width="960" height="540" />No era dinero en capital, pero sí era material en especie que era el efectivo del pueblo y su propio efectivo, del cual no debía tomar para sí. Muchas veces, al hablar de mayordomía financiera pensamos sólo en el efectivo, y creemos que únicamente en eso se debe pactar fidelidad. Pero, ¿qué decir de aquellos materiales que son entregados en manos del siervo de Dios para el uso de su casa, para que sean vendidos y canalizadas sus ganancias a las diferentes necesidades de su templo? Debemos pactar con Dios ser fieles en todo, como lo hizo David. El Señor nos deja bases firmes para que nuestro compromiso financiero no sólo sea en dinero, sino aun en los productos o materiales que sirvan a la casa de Dios, sean éstos terrenos, aparatos electrónicos, escrituras, planos de construcción del edificio, equipo de cómputo y todo aquello que sea útil en el templo.

Leemos que los contemporáneos de Jesús diezmaban en especie lo que recogían de sus campos, el Maestro no censura esta práctica, y brinda esa enseñanza de fidelidad incluso en cuanto al producto recogido del campo (Mateo 23:23). Al leer el pasaje de 1 Crónicas 29:14, se pueden percibir tres razones que movieron a David a establecer su pacto de fidelidad con Dios: Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos.

El pacto de la fidelidad con Dios está sustentado en la convicción de que todo lo que se tiene es de él: … todo es tuyo. David tenía una firme convicción de que nada que el hombre pudiera tener, adquirir o disfrutar le pertenecía.

Él mismo había escrito: De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan (Salmos 24:1). De modo que, cuando el rey expresa, todo es tuyo, no deja nada fuera. En 1 Crónicas 29:11, 12, el rey integra algunas otras áreas que atribuye a Dios, la grandeza, la naturaleza y su misma autoridad como rey, son de Jehová. Así que, cuando llegó el momento de entregar aquellos materiales que el pueblo había ofrecido para la casa, él no se quedó con nada de lo recaudado, pues todo le pertenecía al Señor.

David lo entendió perfectamente, y lejos de ser movido por el celo al saber que la voluntad divina no le otorgó la bendición de edificar, abrió las recamaras donde guardaba todo el material reunido. También entregó los planos del pórtico del templo y de todas sus edificaciones, planos de todas las cosas que tenía en mente para los atrios de la casa. Abrió también su propia cámara de riquezas, pues era tal el afecto que tenía a la casa de Dios. Debemos emular la actitud de David. Lejos de llevarnos con nosotros los planos de la construcción del templo en vías de edificar, el día de nuestra renuncia al pastorado en el lugar que un día servimos, debemos entregar aquello que nos fue confiado para la casa de nuestro Dios, pues el pacto de fidelidad no sólo concierne a finanzas, sino también al material destinado a la casa de Dios, porque todo es de él.

El pacto de la fidelidad con Dios está sustentado en la convicción y reconocimiento de que todo proviene de él: …y de lo recibido de tu mano… Todo lo bueno que tengo, lo he recibido de Dios, me ha dado todo en su gracia, me ha dado todo en su amor… decía un coro de antaño. Esa es la actitud con la que se debe dar; tener la convicción de que todo cuanto tenemos en nuestra mano proviene de la del Señor. La actitud de los súbditos del rey David fue bajo ese espíritu de generosidad, al traer cuanto les fue requerido, no hubo ninguna reticencia para abrir su mano.

Estaban convencidos de que el Altísimo los había favorecido y ahora que él les demandaba no se podían negar. Un creyente predicaba en la congregación acerca de dar a Dios. Había traído consigo una bolsa de golosinas, y antes de iniciar la predicación, llamó a uno de la congregación y le dijo: –he sentido traer esta bolsa de golosinas y quiero regalársela a usted. El hermano, con una sonrisa en sus labios tomó el regalo. En cierto momento del mensaje, el predicador le preguntó al que había recibido los dulces si le podía regalar uno de éstos. El hermano con mucho gusto se lo entregó.

<-1523" title="Juan JPG Vol3 8609264175404159 O" /Juan_JPG_Vol3_8609264175404159_o.jpg" alt="Juan JPG Vol3 8609264175404159 O" width="2048" height="1536" />

Luego el predicador le pregunta por qué razón le daba ese dulce. El de la congregación responde: –tú me los regalaste, y ahora yo te doy con gusto. Los contemporáneos de David, no podían atribuir sus riquezas a sus capacidades y habilidades, todo lo habían recibido de la mano de Dios, así que, ahora que él pedía, ellos daban. Proverbios 11:24, 25 dice: Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado. Si el Todopoderoso nos ha prosperado, no podemos negarnos a dar. El pacto de la fidelidad con Dios está sustentado en la convicción de que debemos ser recíprocos: … te damos. Qué enseñanza nos deja David. Él, habiendo sido tomado de en medio de las ovejas fue elegido para ser monarca de Israel. A pesar de sus fallos y errores, siempre hubo en su corazón esa intención de levantar una casa para que Dios habitara. Jehová lo había enriquecido, le había dado poder, autoridad y reconocimiento entre los demás pueblos y reyes, pero también le había dado un corazón generoso, un corazón que pacta y cumple.

Aun antes de iniciar la construcción de esta magna obra, ya había reservado para el Señor toda clase de materiales. Estaba listo para cuando el Altísimo le pidiera; él cumpliría el pacto que había establecido de manera personal y privada para la casa de Dios. Cuando David llegó al poder, llegó con manos vacías. La presencia de Dios en su vida le permitió prosperar y acumular riquezas sin par. Después, cuando llegó ese momento de poner en marcha la edificación del templo, no dudo ni por un instante en dar con liberalidad y abrir las puertas de las cámaras donde había almacenado todo aquello que el pueblo dio. Jesús nos exhorta: Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir (Lucas 6:38). No todos son capaces de dar, algunos sólo esperan recibir.

Dar es señal de un corazón agradecido, y no se ha de hacer por obligación, mucho menos para condicionar a Dios, como algunos enseñan. Debemos dar porque él ya nos dio, y hacerlo con humildad y amor entrañable. Hay quienes por su posición sólo reciben, y no se les acomoda abrir la mano para dar. No saben dar de gracia lo que de gracia recibieron. Reciprocar es reconocer con gratitud que Dios nos da para dar. Pensar que sólo el diezmo en efectivo debe ser consagrado a Dios es no comprender la soberanía de Dios. Todo es de él, y él es digno de recibir todo cuanto dediquemos para su obra.

fuente: aviva 22 edición Enero 2017

Comentarios

Comentarios