SALMOS 22:27-31; 100; 77:14-20

VERDAD CENTRAL : Los salmos inspirados por el Espíritu Santo nos brindan abundantes principios sobre la adoración; nuestro culto se verá enriquecido si integramos las actitudes y acciones que honren al Señor. La gratitud, el fervor y la pasión deberán formar parte de los programas si queremos que Dios reciba la gloria y su pueblo la bendición.

I –  LA RELACIÓN ENTRE LA ADORACIÓN Y EL TEMPLO

1 El lugar de Adoración por excelencia
El templo para los hebreos es un espacio sagrado que invita a la comunión con el Creador. Es el lugar en el que se inspira el alma para adorar. Es el terreno santificado por el Eterno para que su pueblo ore, alabe y rinda homenaje al Hacedor de maravillas. Allí sentían ellos que se concentraba la gloria divina. Los sacerdotes ejecutaban el culto a Jehová, los hombres traían sus ofrendas por el pecado y las de paz. Los votos se pagaban en la casa de Dios. Era el anhelo de todo israelita devoto que llegara el tiempo en el que le correspondía peregrinar hacia Jerusalén para entrar en la morada del Altísimo, con el fin de mostrar gratitud por las misericordias abundantes que a lo largo del año recibía del Todopoderoso (Salmos 5:7; 65:4).

2 La actitud excelente en la adoración
El Salmo 100 integra la actitud y el ánimo que debían caracterizar a los que tenían el privilegio de acudir a la casa de Dios. Habían de justipreciar el honor de llegar al lugar de encuentro con el Señor. Mostrarían su placer y gratitud por la bendición de presentarse en el santuario. Desde el momento de pisar las puertas para entrar lo harían con acciones de gracias. Recorrerían los atrios para entregar sus ofrendas con alabanzas. Cada paso que dieran, cada dádiva que trajeran, cada instante que permanecieran en la casa de oración tenía que acompañarse de abundantes expresiones de honra para el Creador. Por la vida, por la fuerza, por la inteligencia, por las oportunidades de servir, trabajar, producir; por los recursos para el viaje, por la protección en los caminos, por la salud de la familia y el bienestar de la casa, las razones sobran para abrir los labios y dejar que fluya la bendición y el reconocimiento al nombre de nuestro Sustentador y benefactor (Salmo 100:4, 5).

II- LOS NIVELES DE ADORACIÓN

1- La adoración individual
En los salmos se expresa la adoración en el nivel individual. Esta es la nota más recurrente de las declaraciones de gloria a Dios en los himnólogos bíblicos. La declaración en primera persona del singular predomina. Los compositores le hablan a Dios para rendirle alabanza, honra y honor (Salmos 5:7). También se dirigen a sus semejantes para proclamar las maravillas divinas y engrandecer el nombre del Señor (Salmos 34:1). Ya sea que canten a Jehová o acerca de él, siempre muestran una devoción singular, apasionada, extrema, que evidencia un corazón ardiente por la contemplación de la majestad del Creador y presto para hacer abundar las acciones de gracias por el privilegio de contar con la bendición del Eterno.

2- La adoración en familia
La adoración no sólo se rinde a nivel individual, sino que es principio bíblico rendir gloria al Creador involucrando a la familia entera. Era deber de los padres y los abuelos instruir a hijos y nietos en el camino de Dios. La enseñanza integraba la comunicación de la historia de la redención divina desde la elección de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, de los cuales viene la nación escogida. Luego se tenía que poner especial énfasis en la narración de la liberación poderosa de la esclavitud en Egipto, con todas las maravillas que ejecutó Jehová a través de Moisés. Tenían que inculcar en las generaciones el orgullo de pertenecer al pueblo santo, pero, sobre todo, de la incomparable gloria de ser objeto de la misericordia y el favor divinos.

Los padres no debían ser adoradores en secreto ni en privado. No se reservarían la fe para ellos solos. En el seno del hogar se proclamaría el nombre divino y se haría abundar la expresión continua de acciones de gracias, alabanzas en voz alta. Los hijos crecerían escuchando y observando a los mayores alabar y bendecir el nombre de Dios recurrentemente. Luego, al llegar el tiempo de acudir a Jerusalén para las fiestas que honraban al Señor harían todo lo posible por llevar a la familia entera para que se presentara ante el Eterno y cada miembro de la casa retornara a su nación con la bendición del Soberano (Salmos 22:27). De ese modo se aseguraría la fe en Jehová para la posteridad. Las generaciones adorarían al Creador, se acostumbrarían a acudir al santuario y proclamarían en toda la tierra las obras del Omnipotente (Salmos 22:30, 31).

3 – La adoración nacional
Los salmistas ponen especial énfasis en el deber de Israel de adorar a Dios por gratitud. Tenía mucho por que agradecer el pueblo. En primer lugar, la elección. El hecho de haber sido santificados como nación santa y pueblo especial, sacerdocio para Jehová era un honor inmerecido (Salmos 76:1, 2). De todas las razas de la tierra, el Creador eligió a Jacob, y eso merecía reconocimiento a la misericordia divina (Salmos 44:1-3). Además, también a los hebreos les dio el Señor a los profetas, al sacerdocio aarónico, a los grandes monarcas (Salmos 77:15, 20). Las mayores hazañas de la historia y los milagros más portentosos se ejecutaron a favor de los redimidos del Señor (Salmos 77:14—19; 78:12—16). Los ilustres nombres de Moisés, Aarón, Elías, Eliseo, David y Salomón eran de casta israelita (Salmos 103:7; 104:26). La revelación de la Palabra inspirada también había de provocar expresiones abundantes de alabanza para el Eterno. La sabiduría y la ciencia supremas, puras, infalibles e inerrantes le fue entregada al mundo a través de los cerebros y las manos de los hijos de Jacob.

No tenían que convertir estas ventajas y privilegios a Israel en una nación soberbia, pedante y orgullosa, sino en un pueblo que adora y sirve al Señor con humildad y gratitud. Las bendiciones y honores que el cielo nos brinda deben ser detonantes de expresiones de gloria y alabanza para el Todopoderoso (Salmos 106:47, 48). Porque el enfoque correcto se da cuando apuntamos a Dios y le rendimos absoluta honra por su misericordia y por su verdad (Salmos 115:1).

4- La adoración universal
Los Salmos proclaman que Dios es digno de adoración universal, y anuncian el futuro cumplimiento de este acontecimiento. Toda la tierra debe rendir honor al Creador. Cada ser humano de este mundo ha de entender que Jehová merece la gloria y que sus obras se deben alabar continuamente (Salmos 66:1—3). Llegará el momento en que se haga justicia en el cosmos y se levantará canción para reconocer la majestad divina (Salmos 66:4). Cuando se comparan las leyendas y los mitos de las deidades ajenas con los portentos y las maravillas de Jehová se revela la nulidad de los ídolos y el poder incomparable de nuestro Señor. Entonces de los corazones entendidos brotan las expresiones de pleitesía y honor para el único Dios que es grande, sublime y omnipotente (Salmos 86:8-10).

lll. LAS EXPRESIONES DIVERSAS EN LA ADORACIÓN

El salmo 100 nos habla de acciones concretas de los adoradores:

1- Los adoradores cantan a Dios
La alegría de estar en la presencia del Señor es indescriptible. La emoción del alma que percibe la cercanía con su creador provoca expresiones ricas que honran al Ser supremo. Las poesías conjugadas con la música vuelven exquisita la declaración de la gloria del Eterno. Los himnos y coros facilitan el flujo de la adoración. La memoria tiene grabadas porciones de cantos que proclaman una virtud, una historia, una obra del Omnipotente. y cuando somos dirigidos por los que saben entonar salmos y bendecir a jehová con denuedo entonces el culto toma dimensiones gloriosas.  

2- Los adoradores sirven a Dios
Se honra al Eterno no sólo con palabras, sino también con acciones. Reciprocamos cuando trabajamos por el Señor, actuamos para honrar su nombre y cumplimos con los deberes que la fe nos impone. Creemos en el Señor y nos involucramos en su obra. Nos disponemos a hacer su voluntad y cumplir sus propósitos para nuestra vida.

3- Los adoradores reconocen a Dios
El texto bíblico nos dice que debemos reconocer su divinidad, su carácter creador y su sustento para nosotros. Él nos hizo, nos bendijo y nos alimenta cada día. Somos ovejas de su prado, comemos de sus pastos, vivimos en su tierra. Nada es nuestro, todo es del Señor. Por eso ofrendamos con gusto y diezmamos con honor. No nos adjudicamos la gloria por el progreso y las riquezas que obtenemos, más bien lo honramos a él con nuestros bienes.

4- Los adoradores alaban a Dios
Se nos ordena alabar y bendecir su nombre. No nos alcanzará la vida en este mundo ni la eternidad para corresponder como debemos a los beneficios que de Jehová recibimos. Jamás apreciaremos lo suficiente el honor de contar con la bendición del Rey de reyes y Señor de señores. Lo mejor que podemos hacer es tomar tiempos y espacios cada día para adorar al que es bueno, cuya misericordia es para siempre, y su verdad por todas las generaciones.

CONCLUSIÓN
Somos el pueblo que adora al Creador de los cielos y la tierra, el único Dios verdadero, el soberano de los reyes del mundo y el que es digno de todo honor. Nuestra prioridad es la gloria del Señor. Contemplar su hermosura en su santuario es un privilegio, proclamar sus maravillas es un honor, dedicarle nuestra Vida a su servicio es nuestra gloria. Compartir su mensaje de amor y gracia con el mundo es una bendición.  Jamás nos cansaremos de honrarlo y reconocerlo en todos nuestros caminos.

fuente: Libro dominical, LA TEOLOGIA DEL CULTO – Eccad – tema 7

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