Al inicio de la vida cristiana, el recién convertido a Cristo tiene muchas interrogantes. Una de ellas es con relación al consumo de las bebidas embriagantes. Tanto en el tiempo del Antiguo como del Nuevo Testamento se tomaba el vino como parte de la alimentación. En la época del Antiguo Testamento contenía un porcentaje bajo de alcohol, 7-10 por ciento, y se rebajaba con agua para su consumo. El proceso de destilación de aquella época era muy distinto al moderno.

En este tiempo, en los países europeos el vino ligero se usa con la ingestión de alimentos. Con la salvedad de que actualmente en el proceso de destilación se obtiene entre 40-50 por ciento de alcohol. En cierta ocasión, cuando visitaba a un misionero que sirvió al Señor en España, éste me comentó que los cristianos en aquél país acostumbran tomar vino. Los pastores le explicaron que ellos sabían hasta qué cantidad podían tomar para no embriagarse y que desde su infancia lo han ingerido.

En nuestro caso como mexicanos la experiencia es muy distinta, ya que la embriaguez ocurre en un porcentaje muy alto y no hay la idea de tener un límite en el consumo de licor. En nuestra cultura, tomar vino es con el propósito de embriagarse y no como parte de nuestra alimentación.

Desde mi punto de vista, la costumbre del brindis en bodas y quinceañeras que ya se ha filtrado en los medios evangélicos, puede propiciar el uso indebido de bebidas embriagantes.

Entonces, como cristianos, ¿podemos o no, tomar vino? ¿Qué fundamento bíblico tenemos para aprobar o desaprobar el consumo de vino? Primeramente, diremos por qué los cristianos no debemos tomar vino:

  • Porque se pierden los valores morales.
    En Efesios 5:18 se dice: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu. Disolución significa relajación de las buenas costumbres.
  • Por causa de los débiles en la fe.
    Si un recién convertido ve a otro cristiano tomar vino, quizá se vea contristado y tal vez se aparte del camino del Señor (Romanos 14:15).
  • Porque se pierde el control de sí mismo.
    El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra no es sabio (Proverbios 20:1). Escarnecer significa burlarse de una persona de manera cruel con la finalidad de humillarla o despreciarla.
  • Por sus múltiples malas consecuencias.
    El proverbista sentencia: ¿Para quién serán los ayes? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas sin razón? ¿Para quién los ojos enrojecidos? Para los que no dejan el vino, para los que van probando mixturas (Proverbios 23:29- 30 RVR1995). Enseguida también nos advierte que ni siquiera debemos poner la mirada en el licor: No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en la copa. Se entra suavemente; mas al fin como serpiente morderá, y como áspid dará dolor. Tus ojos mirarán cosas extrañas, y tu corazón hablará perversidades. Serás como el que yace en medio del mar, o como el que está en la punta de un mastelero. Y dirás: Me hirieron, mas no me dolió; me azotaron, mas no lo sentí; cuando despertare, aún lo volveré a buscar (23:31-35).
  • Dios manda no embriagarse.
    Establece con claridad la Escritura que quienes practican la borrachera no heredarán el reino de los cielos (Gálatas 5:21, Efesios 5:18, 1ª. Pedro 4:3). El Señor dio una orden explícita a sus servidores: Y Jehová habló a Aarón, diciendo: Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni sidra… estatuto perpetuo será para vuestras generaciones, para poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio (Levítico 10:8-10). Y nosotros como hijos de Dios somos real sacerdocio, pueblo santo (1 Pedro 2:9). Lo que nos dice la Biblia acerca de los casos en que sí se puede tomar vino:
  • Como medicina.
    Pablo a Timoteo le dice: …bebe un poco de vino por causa de tus constantes enfermedades (1 Timoteo 5:23). Se usaba también vino para el desfallecimiento (Proverbios 31:6). El buen samaritano curó con vino las heridas del hombre golpeado (Lucas 10:34).
  • En la Santa Cena.
    El vino que se usa en la celebración de la Santa Cena es jugo de uva. El Señor lo llama el fruto de la vid, a diferencia del mosto, un vino fuerte al que hacen referencia los que acusaron falsamente a los creyentes que recibieron el bautismo en el Espíritu Santo, pues decían: Están llenos de mosto, o sea, están ebrios (Marcos 14:22-25; Mateo 26:26-29; Lucas 22:17-20; 1 Corintios 11:23-26).

En conclusión, independientemente de las culturas y los tiempos, la norma de fe y práctica es lo que Dios nos dice en las Sagradas Escrituras. Dejarnos llevar por los usos y costumbres puede resultar muy perjudicial para la vida.

fuente: aviva 21, edición octubre 2016

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