Al tiempo que escribo estas líneas y también al tiempo que usted las lee, en el mundo están sucediendo muchos cambios; cambios que si bien no son del todo agradables o edificantes, de una u otra manera nos afectan a todos por igual.

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Actualmente en nuestro país estamos en una etapa de cambios fundamentales y drásticos; maestros discutiendo lo que a su parecer es justo; personas aglutinadas cerrando calles, manifestándose por las propuestas actuales en temas de reforma energética, en fin, un mundo de cambios que a este país le esperan, y muchas de las personas involucradas en ambos lados de la tribuna defienden lo que creen es correcto.

Existen refugios para personas activas y otros para personas que desean refugiarse para no hacer nada. Es deber de la Iglesia contemporánea considerar el debate de temas relevantes para nuestro país y también para el pueblo de Dios, no podemos cerrar lo ojos ante tal cantidad de incidentes; sin embargo, parece que la iglesia contemporánea se está refugiando en el rincón de la inactividad, en ese refugio donde no pasa nada y donde todo parece caminar correctamente. Los niveles de violencia y de pecado en los que estamos viviendo, pueden ser comparados con los niveles por los que Dios destruyó la tierra con el gran diluvio, y lo más triste es que pocos están construyendo un arca en tiempos en los que las nubes aún no están cargadas de la torrencial lluvia que acabará con todo; se pueden ver claramente en el horizonte nubarrones que no son el mejor consuelo para la situación que nos ha tocado vivir. Sería lamentable acostumbrarse a llevar un rumbo diferente al que Dios nos ha mandado llevar; tenemos más personas del mismo sexo casándose, que hombres y mujeres dispuestos a compartir una vida juntos, tenemos los índices de violencia más altos del mundo, pero aparentemente todo marcha con tranquilidad. Es tiempo que la Iglesia despierte y comience a levantar la voz para alcanzar al perdido.

Por centenares de ocasiones escuchamos la historia de un hombre que es tragado por un gran pez; Dios prepararía (preparó) ese gran pez para ser usado para tragar al profeta Jonás; este es un espejo donde la iglesia hoy en día se puede ver, una iglesia que es enviada a predicarle al perdido, tal y como Dios le mandó al profeta Jonás que hiciera con la ciudad de Nínive o una iglesia que va en sentido contrario tomando el barco del conformismo y de la autosatisfacción. Una iglesia que se está moviendo más en alcanzar al cristiano que al perdido, un sentimiento que fue compartido por el profeta Jonás, al no querer ir a predicarle a esa nación que tanto le había hecho mal al pueblo de Israel; hoy hace falta la voluntad de predicarle a la prostituta, al violador, al secuestrador, al homicida, al que fornica o adultera, etc. Pareciera ser que la Iglesia va en sentido contrario al que nuestro Señor enseñó al venir a esta tierra, a salvar al perdido, porque no vino a justos sino a pecadores.

El profeta Jonás tuvo que aprender su llamado en un refugio divino, refugio que estaba diseñado para él, un lugar que tendría las medidas exactas del profeta para entrar en aquel gran pez. Hay que entender que los refugios divinos no siempre serán los más agradables. Jonás tenía un refugio diseñado y creado por Dios, pero, éste era para hacerle entrar en razón.

La Iglesia está en una situación en la que el barco se tambalea de un lado para otro y la tempestad es tal, que los únicos que se percatan de ella son los “incrédulos”, mientras la Iglesia descansa en su refugio en la parte baja del barco. Sin duda, tuvo que ser necesario que Jonás fuera echado del barco al percatarse que su apatía a la salvación de esa nación había ocasionado que las vidas de terceros estuvieran en peligro por su desobediencia.

Me llama mucho la atención como los incrédulos tuvieron más compasión por una vida, que Jonás por la de miles, dado a que se percataron que a causa de Jonás se hundía el barco, él les dijo que lo echaran al mar, pero ellos prefirieron regresar a tierra que hacer eso, al ver que esto no era posible, clamaron a Dios por perdón y lo echaron fuera del barco.

¿Será que la Iglesia necesite ser echada del barco que nos mantiene a flote en nuestro refugio de inactividad con toda esa gente abordo, y tener que comenzar a flotar por nuestra propia cuenta?

El refugio divino que Dios había preparado para Jonás sería puesto a prueba y en efecto el profeta sería su único pasajero. Hoy muchos voltean a ver qué es lo que la Iglesia está haciendo, y lamentablemente es triste que los obreros son pocos a la hora de actuar; pero, aún hay un recurso y ese se llama refugio divino, un lugar hecho para los disidentes, y que está listo para ser usado en cuanto alguien vaya en una dirección diferente a la que Dios ha marcado.

La Iglesia debe tener más amor por el perdido, que por el refugio conformista que nos da saber que tenemos 100, 200 o miles de miembros. No me imagino a Jesús diciendo id y proclamad el evangelio a 20,000 o más personas; él dijo: id y proclamad a toda criatura, y si revisamos el dato de cuantas personas habitamos este mundo o este país nos daremos cuenta que ni 1,000, ni 10,000 son suficientes para predicar el evangelio. Es este fuego el que debe de existir en nuestros corazones el saber que el mejor refugio que jamás tendremos es el cobijo de su amor, por que si es cierto que le amamos, entonces debemos amar sus mandamientos.

Es urgente que una voz sea escuchada, porque actualmente el mundo ha perdido el respeto a los estatutos divinos, y si bien es cierto que por cuanto abundó el pecado sobreabundó la gracia, no podemos conformarnos a tener la gracia sosteniendo nuestro conformismo; tenemos la urgente labor de predicar no sólo desde un púlpito, sino todos los días con nuestro ejemplo a los demás, si aprendemos la exégesis debemos también aplicarla al compartirla con aquellos que aún no tienen una fe correcta. Jonás tuvo la opción de cumplir su cometido, y al hacerlo únicamente habría sido avergonzado por el rey de aquella nación; sin embargo, tenemos a un Jonás avergonzado por un grupo de incrédulos que le dijeron levántate dormilón y clama a tu Dios… sin duda, esto es un ejemplo de lo que nosotros tenemos que hacer, despertar y clamar a Dios, no sólo porque el barco se tambalea, sino porque siempre estemos en su voluntad perfecta.

El ejemplo de Jonás nos debe de enseñar:

  1. De Dios no se puede huir.
  2. Dios refina en la tribulación.
  3. Al arrepentimiento sigue el perdón.
  4. En cuanto a la salvación eterna,

Dios no tiene favoritismos.* Así que si Dios no hace acepción de personas, nosotros como cuerpo del Señor, tenemos la encomienda de refugiarnos en él, en el refugio divino de su amor no para hacerlo exclusivo de un grupo, sino un regalo eterno de salvación que está dispuesto para todos. *Henry, M. & Lacueva, F., 1999. Comentario Bíblico de Matthew Henry, 08224 TERRASSA (Barcelona): Editorial CLIE. Pág. 1006

fuente: aviva 2013– edicion 9

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