Si te quedas a trabajar conmigo te haré una casa como tú la quieras…

[dropcap]F[/dropcap]ueron las palabras de mi padre el día que tuve que tomar la decisión de obedecer al llamado divino. La oferta era buena y la responsabilidad que sentía de ayudar a mi padre en la administración de sus negocios era grande, por cuanto era el más chico de mis hermanos, ya que estaban casados y en casa yo gozaba de todas las comodidades.

Por un momento me sentí, como comúnmente se dice: entre la espada y la pared; pero días atrás el Señor me había confirmado el llamado al pastorado, así que consiente de ese llamado, tuve que decirle a mi padre: me voy a servirle al Señor, fui al altar del Templo, hable con Dios y le dije: Aquí estoy, sé que no tendré un sueldo, ni una casa grande, pero por servirte, estoy dispuesto a vivir en donde tú me mandes y aun en una casa chica de enjarre y sin piso, cosa que nunca ha sucedido, porque su Palabra dice: Jehová es mi pastor; nada me faltará (Salmos 23:1).

Obedecer al llamado divino ha traído prosperidad a mi vida, en todos los aspectos. Dios ha sido fiel a su Palabra. En mis 20 años de ministerio pastoral, Dios ha suplido todas mis necesidades y aun más; casado felizmente y con 3 hijas, nunca he tenido que pedir un solo peso prestado, ya que en mi juventud fui enseñado a obedecer y a ser fiel en mis finanzas (10%) y esto ha redundado en prosperidad a mi vida y la de los míos. Invertir en la obra de Dios, es la mejor inversión que podamos hacer. Los hombres más ricos que destacan en la Biblia, fueron los que más obedecieron e invirtieron en los proyectos divinos:

Abraham:

Dios tenía un proyecto para él, sacarlo de su tierra y llevarlo a una mejor, obedeció e invirtió sus bienes, sus tierras y su casa para cumplir con el proyecto y por fe salió sin saber a dónde iba, (Hebreos 11:8), entre tanto que pagaba sus diezmos a Melquisedec, (Génesis 14:20); recordemos que el diezmo se paga y las ofrendas se invierten.

David:

Otro hombre obediente y prosperado que tuvo un corazón conforme al corazón de Dios. Cuando David iba a edificar altar y ofrecer sacrificio a Jehová en la era de Arauna; Arauna le regalaba al rey David todo el material para el sacrificio (la tierra, la leña y los bueyes), sin embargo David no aceptó diciendo: …no, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada… (2 Samuel 24:24), y así pagó 50 ciclos de plata, invirtiendo en el altar de Jehová. David reconocía que Dios es el dueño de todo, Quien soy yo y quien es mi pueblo para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosa semejante, pues todo es tuyo y de lo recibido de tu mano de eso te damos (1 Crónicas 29:14).

Los grandes empresarios de hoy, han tenido que invertir fuertes cantidades en sus empresas, llevando el riesgo, muchas veces de perder. Los grandes cristianos, saben que en la empresa del Señor nunca se pierde, porque la salvación que ya fue pagada no tiene precio, porque no fuimos comprados con oro ni plata, ni piedras preciosas, sino con la sangre de Cristo Jesús como de un cordero sin mancha.

Alguien dijo que cuando Dios nos pide, es porque él nos quiere dar, sin embargo la generosidad: no espera que Dios pida. Los hermanos de Macedonia manifestaron esa generosidad, que en medio de su pobreza, rogaron a Pablo que les concediese dar más allá de sus fuerzas (2 Corintios 8:1-4). Y es que, mejor cosa es dar que recibir, cuando damos con el único interés de agradar a Dios. Invirtamos nuestras finanzas en la mejor empresa y seamos fieles en nuestros diezmos, obedeciendo así a la Palabra de Dios, escudriñando las Escrituras cada día y aprendiendo que al ser obedientes y fieles mayordomos encontraremos el camino a la prosperidad

fuente: aviva 2012

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