Durante el desarrollo histórico, bíblico y teológico de la iglesia cristiana, han surgido diferentes tesis en el ámbito doctrinal y exegético.

Pensadores modernos teorizan sobre la salvación abaratándola, reduciéndola a una experiencia humana de tipo existencialista. Concluyen que el problema del hombre no radica en la naturaleza intrínsecamente mala, antagónica a Dios, sino en la influencia de un entorno social deteriorado por la injusticia.

Algunos más arrogantes afirman que la salvación se obtiene atendiendo preferentemente a los pobres, que deben ser librados de situaciones de explotación y miseria causadas por la opresión de los poderosos o por la corrupción de las instituciones gubernamentales. Una tendencia posmoderna es afirmar que el evangelio ya no debe ser compartido, que estas verdades eternas provocan que la ignorancia sea abatida en lo más recóndito de la conciencia humana y por lo tanto, en esas condiciones, al sacarlos de su error, únicamente se les provoca un mal al exponerlos al juicio divino. ¿Salvación por obras?, ¿falsa misericordia?, ¿justificación personal? ¡Todas estas posturas son rotunda y categóricamente erradas!, ¡antibíblicas en el fondo y en la forma! Las Asambleas de Dios pertenecen a la rama fundamentalista en cuanto a interpretación bíblica. Las doctrinas del Concilio están apegadas concienzudamente a las Escrituras.

Nuestras declaraciones de fe en cuanto a la soteriología son las siguientes:

  • La salvación se recibe por medio del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. Por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, y justificado por gracia por medio de la fe, el hombre viene a ser heredero de Dios conforme a la esperanza de la vida eterna (Lucas 24:47; Juan 3:3; Romanos 10:13-15; Tito 2:11; 3:5-7).
  • La prueba interna de la salvación consiste en el testimonio inequívoco del Espíritu (Romanos 8:16). Y la prueba externa para todos, en una vida de justicia y santidad (Efesios 4:24; Tito 2:12).

De tales afirmaciones se desprende sin lugar a dudas, una de las verdades teológicas más contundentes:

La expiación no sólo quita totalmente la culpa para que los creyentes sean hechos justos, como si nunca hubieran pecado, sino que quebranta también el poder del pecado que los condenaba cuando eran incrédulos. ¡Este es el gran tema que diserta el apóstol de Tarso en su teología de Romanos capítulo 6 al 8! Aunque podemos pecar después de haber recibido a Cristo como Señor y Salvador, pues seguimos siendo criaturas con libre albedrío, con todo, hemos sido librados y tenemos la ayuda del Espíritu Santo para que no pequemos. Aunque existe la posibilidad de caer, Pablo tiembla ante la idea de que alguien que ha sido librado de la esclavitud del pecado, considere siquiera el regreso a las tinieblas (Romanos 6:1).

El autor de Romanos no sugiere en manera alguna, el resquicio de vernos libres de la seducción del pecado a través de una canonjía especial.

¡Siempre estará presente esa desdichada opción! La renuncia debe ser voluntaria y consciente, en el entendido de la nueva vida en el Cristo resurrecto, so pena de perder tan grande salvación. Mientras estemos en este cuerpo físico sobre la tierra, no asumamos la falta de influencia del pecado.

La naturaleza caída puede controlarnos si damos ocasión a la carne (Romanos 8:2-4). No sólo Pablo en Gálatas, sino el apóstol Pedro y el autor de Hebreos confirman en sus documentos las amonestaciones y advertencias de ocuparse en la salvación y cuidar de no caer de la gracia de Cristo.

Se da por hecho bajo la inspiración del Espíritu Santo, el peligro de la apostasía o la reincidencia. ¿Tendría caso tanta consejería apostólica sobre ocuparse de la salvación, no descuidarla y no dar lugar al diablo, si es imposible perder esta garantía? La Reforma lo declaró así: “el hombre es considerado ante Dios como justo, aunque interiormente todo en él puede continuar como antes”.

fuente: aviva 21, ediciión octubre 2016

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