Abundan los predicadores excelentes en nuestras iglesias. Nuestros institutos bíblicos producen homiletas de buen nivel, capaces de exponer un sermón edificante en las iglesias en las que pastorean o ministran por invitación.

Gracias a Dios por los hombres y las mujeres que toman con seriedad la exposición de la Palabra. Sin embargo, de pronto nos encontramos con algunos predicadores que se cargan sus vicios y los exhiben en el púlpito cada vez que los escuchamos. Los ejemplos que presentamos en esta ocasión son botones que sirven de muestra. Cualquier parecido con la coincidencia es mera realidad.

El etimologista

Un predicador citaba a Evis Carballosa para explicar un pasaje de Apocalipsis, en el cual dice en español: Pero no dañes el vino ni el aceite. Su explicación exegética rezaba: El verbo “dañar” (adikeiseis) es el aoristo subjuntivo, voz activa de adikéo, que significa “hacer daño”, ” lesionar”. Dicho verbo va precedido de la partícula negativa mei (“no”). En honor a la verdad, no se requiere ser tan analítico para saber que nada añadió la explicación etimológica y gramatical al sentido del mensaje tal y como está en el texto castellano. Es una ofensa para la inteligencia del oyente pasearlo por el koiné para decirle que no dañes, significa no hacer daño.

El académico

Otro expositor de la Palabra dictaba cátedra sobre el Padrenuestro y en cada parte de su discurso citaba a los grandes expertos. Nunca mencionó nombres de sus fuentes, pero en cada frase su explicación era precedida con una alusión a los especialistas. Por ejemplo: Santificado sea tu nombre:
La mayoría de los especialistas en los idiomas originales coinciden en que esta frase implica adoración.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy:
Los expertos en análisis bíblico señalan que aquí cabe orar por todas nuestras necesidades personales, pues el pan es simbólico para la necesidad humana.
Perdónanos nuestras deudas.
Todos los teólogos reconocidos concuerdan en que deudas aquí se refiere a pecados.

Es impresionante la capacidad que tienen algunos de convertir un mensaje sencillo y claro en uno rebuscado. De pronto una explicación agradable de cinco minutos la hacemos una tediosa de 10 por querer exhibir una academia superior. Es cierto que en ocasiones la exposición de la semántica textual de los idiomas bíblicos aporta, enriquece e ilustra, pero debiéramos ser más selectivos para asegurarnos que la nota no resulte en una redundancia innecesaria. La predicación se trata de comunicar la verdad divina en el idioma del pueblo que la recibe, de la forma más sencilla y comprensible, con el fin de que el reino de Dios gane terreno en la persona y la comunidad. Nunca se trata de que el predicador luzca su nivel académico o teológico, ni de que el receptor se dé cuenta de su ignorancia, más bien es cuestión de que la verdad de Dios llegue del emisor al receptor sin obstáculos.

El gritón

Escuché a un evangelista predicar un mensaje lleno de fervor, saturado de fuerza y prolongado como la carretera 57. La voz del orador gritaba a todo lo que podía su garganta desde el inicio hasta el fin. Las bocinas eran potentes así que el volumen impactaba. Nunca bajó la intensidad, como arrancó, culminó. Igual declaraba con voz tronante frases como aquella mañana llovía, que la sangre de Cristo tiene poder.

Pensé: quisiera la mitad de la voz que tiene este colega. Pero escuché a Fernando Figueroa comentar: Necesita bajar la voz y elevar el argumento. Es que no faltan los predicadores que piensan que la penetración de su mensaje en el corazón de los oyentes radica en el tono y el volumen del hablante. Es increíble que haya quienes crean que la unción se manifiesta y fluye de acuerdo a la intensidad de la expresión. La verdad es que no resulta tan grato escuchar un mensaje a puro grito y regaño. La modulación de la voz también aporta al buen discurso, los cambios en el tono y la intensidad de las expresiones deben acomodarse a la consistencia de lo que se va a expresar. El mensaje incluirá explicaciones que se pueden dar en tono normal, aplicaciones que se harán en voz fuerte y frases de entonación interrogante o de admiración que requerirán modulación distinta. Claro que se ha de respetar el estilo de cada uno, pero lo ideal es que la personalidad del orador se refleje en su predicación

El porrista

Ahora abundan los predicadores cuyo sistema de ministración depende del ánimo que manifieste la gente durante su exposición. Consideran que la predicación efectiva depende del buen ambiente en la congregación y demandan la colaboración del público a lo largo del sermón. Quieren que el pueblo confirme sus declaraciones con alabanzas, aplausos y expresiones de júbilo. Entonces desde que toman el lugar comienza la promoción, y a cada rato interrumpen su discurso para asegurarse de que no baje la adrenalina: ¿Cuántos alaban al Señor? ¿Alguien puede alabar más fuerte? ¿Quién se atreve a gritar con todas sus fuerzas aleluya? ¡Un grito de júbilo! No se le ocurra a la iglesia callar un momento, porque el ministro le diagnostica muerte espiritual, falta de gratitud para Dios, inconciencia de la presencia divina, y un largo etcétera. El predicador entra en crisis porque piensa que su mensaje no impacta y experimenta una sensación de que es ineficaz si no hay algarabía de por medio. El problema es que muchas veces las porras ocupan una gran parte del tiempo del mensaje. Luego si no le responden como quiere abandona la estructura del sermón y se lanza contra la pasividad de la gente. Luego un momento instructivo y precioso como el de la exposición de la Palabra, que es para nutrir la fe, se torna en uno en que prevalece la animosidad sin esencia ni consistencia.

El sensacionalista

Hay predicadores que permanentemente andan en busca de frases apantalladoras para lucir en sus ministraciones. Algunos son creativos y tienen gracia, por lo que caen bien a la hora de exponerlas; otros no tanto. El dramatismo es parte de su mensaje y en ocasiones pueden llegar al extremo del sensacionalismo y hasta puede sonar grosera su expresión. A veces los pastores tiemblan por la preocupación de que un predicador se extralimite cuando anuncia: No me importa que el pastor no me vuelva a invitar por lo que voy a decir, pero yo voy a cumplir con lo que me dicta el Espíritu Santo. Entra en crisis el pastor y se pone alerta para analizar lo que viene. Piensa el predicador que con eso le da carácter y autoridad a su compromiso con la verdad, pero en realidad falta al respeto a quien lo invitó o le permitió ocupar el púlpito. Lo ideal siempre es honrar la figura pastoral ante la congregación. Algunos utilizan un método veterotestamentario con frases como: si no pasa esto o aquello no hay profeta de Jehová en este lugar.

El místico

No pocos utilizan frases como las siguientes: En este momento no hablo yo, sino el Espíritu Santo a través de mí. Antes de predicar le dije al Señor: No quiero que hable mi carne, sino que tú me des exactamente lo que debo predicar. Hay algunos que dicen que el Espíritu los inspira, les da el pasaje bíblico y les dice todo lo que deben expresar. Algunos hacen ademanes y movimientos que hasta parece que oyen a Dios que les habla directamente, y ellos responden: Sí Señor, sí. Luego miran a la congregación y continúan su discurso. Una vez le pedí a un ministro que orara por mí, y me dijo: Espérate mañana que esté tras el púlpito y que esté bajo la unción. Conciben la unción como un poder que va y viene cuando ministran, baja y sube cuando es necesario. Sienten que el éxito de su ministerio es que la gente perciba que ellos tienen una relación superestrecha con Cristo y hacen todo lo posible por que se note su espiritualidad.

El egocéntrico

Es el predicador que hace girar el sermón en torno a su persona. Toma el texto bíblico como un trampolín que lo catapulta hacia su bagaje de experiencias personales. La gente escucha sus aventuras ministeriales, sus hazañas en la misión, sus tragedias en el camino y sus logros en el servicio. Habla de Dios, de Jesucristo y del Espíritu Santo, pero sólo para comentar cómo lo ha usado el Señor y las manifestaciones de su gloria en la vida del siervo. Los verbos de su mensaje preferentemente se conjugan en la primera persona del singular. El yo inicia el sermón y lo culmina; el mí y el me, brotan espontánea y abundantemente a cada rato durante su mensaje. Es el modelo de resistencia, el ejemplo de santidad, la encarnación de la fidelidad, el dechado del sacrificio. Aunque siempre al final culmina su sermón con una alabanza para el que tuvo el acierto de llamarlo, escogerlo y ungirlo a él. Debemos ser cuidadosos con la forma en que utilizamos el púlpito. La predicación tiene que ver antes que nada con la persona y la obra de Jesucristo. Las virtudes divinas, sus bondades y perfecciones deben ser alabadas en nuestra exposición. El apego a la Escritura, interpretada correctamente de acuerdo a su contexto será lo que determine en qué nivel nuestra predicación es palabra de Dios. Tenemos que ser más intencionales en procurar que el Espíritu Santo rija y dirija nuestro ministerio de la palabra. Si un pastor o líder nos da el privilegio de compartir en su congregación, siempre lo hemos de honrar y le hemos de agradecer la bendición. Procuremos también dar el mejor trato a la congregación que nos escucha. Evitemos las actitudes y los desplantes sensacionalistas, no regañemos a los oyentes. No utilicemos el tiempo del mensaje para katarsis propia. Que nuestros sermones glorifiquen a Dios, edifiquen a la iglesia y conduzcan a las personas a Cristo.

fuente: aviva 2014, edición 10

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